Las asociaciones árabes de carácter social surgieron en América Latina desde los comienzos del siglo XX. Su creación respondió, en gran medida, a la marginalidad experimentada por muchos recién llegados en diversos países del continente. Como testimonia un antiguo inmigrante: “Los paisanos necesitaban un lugar donde pasar su tiempo de ocio, puesto que estaban rechazados por la sociedad del café”. Estas entidades aglutinaban principalmente a personas originarias de una misma localidad, ya que, para la mayoría de esos pioneros, el sentimiento de pertenencia solía circunscribirse al ámbito de su pueblo o ciudad natal. Además de las asociaciones regionales, surgieron desde el principio –aunque en número reducido– otras que congregaban a inmigrantes del mismo país.
Los modestos clubes de la primera época, cuyo objetivo era paliar la marginación y exclusión de los inmigrantes árabes, se transformaron a partir de los años treinta del siglo XX en instituciones respetadas, con creciente proyección social y económica. Sus nuevos dirigentes, amparados por su éxito económico, se erigieron en representantes de sus paisanos ante las autoridades de los países de acogida, ejerciendo al mismo tiempo un control hegemónico dentro de la comunidad.
Las asociaciones que alcanzaron este desarrollo se trasladaron a nuevas sedes en edificios de varias plantas, financiadas por dichos líderes y otros miembros de la comunidad que habían amasado importantes fortunas en el comercio y la industria. A partir de entonces, estas instituciones dejaron de ser principalmente refugio para los rechazados por la sociedad receptora y empezaron a volcarse en actividades culturales. Organizaron veladas literarias con la participación de escritores de “al-Mahyar” (La corriente literaria árabe nacida en América). Algunas, como el «Club Sirio-Libanés Honor y Patria» fundado en Buenos Aires en 1932, también promovieron la gastronomía árabe. Sus banquetes contribuyeron a estrechar lazos entre los dirigentes comunitarios y altos funcionarios del gobierno argentino, lo cual se aprovechó para derogar las leyes que restringían la entrada de árabes al país.
Aunque las discrepancias confesionales y regionales afectaban negativamente a estas instituciones –especialmente en momentos de tensión política en los países de origen–, no dejaron de desempeñar, hasta la década de 1960, un papel crucial en la vida de las comunidades árabes, sobre todo en la preservación de costumbres y tradiciones. Sin embargo, con el paso del tiempo, empezaron a perder relevancia al no renovar sus estructuras ni adaptarse a las necesidades de los descendientes, quienes ya constituían la mayoría de la colectividad árabe. Varias de estas instituciones desaparecieron.