En Colombia, la izquierda está intentando hacer lo que nunca ha sido su especialidad: disciplinarse. Y todo porque Gustavo Petro, ese mismo que hace tres años fue el gran unificador, ahora les pide a sus filas que se abracen sin cuchillo en la espalda. Pero la cosa no ha sido fácil. Van más de veinte reuniones, cafés tibios, abrazos incómodos y acuerdos a medias para que el Pacto Histórico logre unificarse con miras al 2026.
Se trata de una apuesta de alto calibre. Si no logran presentar una candidatura única para la primera vuelta presidencial, el sueño de continuidad del proyecto progresista podría esfumarse en un “suicidio político” —como lo definió el propio Petro— antes de que se imprima el primer tarjetón.
El próximo 19 de julio, durante su convención nacional, el Pacto Histórico deberá revelar las reglas del juego: cómo se elegirá el candidato presidencial, cómo se conformarán las listas al Congreso, y sobre todo, hasta dónde llegará el papel de Petro como “garante” del proceso. Aunque el presidente insiste en que no dará “guiño” a nadie, lo cierto es que pocos en la coalición creen que se mantendrá completamente al margen.
La decisión tomada hasta ahora es que habrá consulta abierta el 26 de octubre de 2026 para escoger al candidato presidencial y a las cabezas de lista. Pero, a estas alturas, nadie puede asegurar si esa consulta será un acto democrático real o un simulacro de consenso con libreto presidencial.
La lista de precandidatos es larga y variopinta: Gustavo Bolívar —más visible que sólido— encabeza los sondeos. María José Pizarro, Carolina Corcho y Susana Muhamad quieren jugar en la cancha presidencial, lo que significaría renunciar al Congreso. Daniel Quintero, desde su trinchera paisa, no confirma pero tampoco se baja. Iván Cepeda, el más conciliador, sigue en vilo por el juicio de Uribe. Y por fuera del núcleo duro se exploran puentes con exministros, exembajadores y hasta exrivales. ¿Frente amplio o feria de egos?
El problema de fondo no es solo quién encabeza la lista, sino quién tiene la capacidad de contener los egos, las cuentas personales y las heridas abiertas que dejó el ejercicio del poder. Porque más allá de lo que diga Petro en la Plaza de Bolívar, muchos sectores del Pacto sienten que la unidad no puede depender del dedo presidencial ni de una convención apurada.
A eso se suma la pelea por las listas al Congreso, que se perfilan cerradas y bajo la lógica de la paridad. Algunos ya saben que si no ganan en la consulta, se quedan por fuera del Capitolio. Y eso ha encendido alarmas. En política, nadie quiere quedar como seguidor sin silla cuando suena la música.
A todo esto se agrega la lentitud del Consejo Nacional Electoral para resolver la personería jurídica del Pacto y la escisión de MAIS. Decisiones que parecen técnicas, pero que están atravesadas por una desconfianza institucional cada vez más profunda. Si el CNE actúa con cálculo, puede dejar en vilo todo el andamiaje político de la izquierda.
Petro quiere dejar escuela, pero su propio salón parece más un curso rebelde de undécimo: todos hablan de unidad, pero nadie quiere hacer el examen el mismo día ni con el mismo profesor. El 19 de julio será apenas la entrega del syllabus; el verdadero parcial será en octubre. Y si el tambor del presidente no logra afinar la comparsa, tocará que sea el electorado el que decida quién dirige la banda en 2026.