Mientras el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur parece listo para firmarse antes de diciembre, París vuelve a fruncir el ceño. Esta vez, el presidente Emmanuel Macron exige nuevas condiciones ambientales y agrícolas para evitar lo que califica como una “competencia desleal”. Desde el sur, sin embargo, tanto el Gobierno brasileño como la Comisión Europea aseguran que las negociaciones están cerradas y no habrá reescritura.
El jefe adjunto de la Delegación de la UE en Brasil, Jean-Pierre Bou, lo expresó sin rodeos: “El acuerdo fue negociado durante un periodo muy largo. No hay intención de reabrir las negociaciones.” Desde el Ministerio de Agricultura de Brasil, el mensaje es igual de claro: las garantías medioambientales ya están contempladas, y la Amazonía ha registrado una caída de la deforestación en los últimos dos años.
El acuerdo UE-Mercosur, negociado por más de dos décadas, contempla un intercambio comercial de bienes e inversiones que representa más del 20 % del PIB mundial. Sin embargo, el rechazo de los sectores agrícolas europeos —principalmente franceses e italianos— ha sido constante. Alegan que los productos sudamericanos llegan sin cumplir estándares “espejo”, es decir, reglas ambientales y sanitarias equivalentes a las europeas.
Desde Bruselas, la Comisión Europea considera que esos mecanismos ya están incluidos en el texto firmado en 2019. Y aunque todavía resta el proceso de traducción y revisión legal, la intención de la UE es firmar antes de que termine el año y que el proceso de ratificación comience en 2026.
Un acuerdo que divide más de lo que une
Francia no está sola. Austria, Irlanda y algunos sectores de Países Bajos también desconfían del impacto agrícola. Pero Alemania, España, Portugal y los países del Este ven en el acuerdo una herramienta estratégica para diversificar relaciones comerciales y contener la pérdida de socios clave tras el viraje proteccionista de Estados Unidos.
Del lado latinoamericano, Brasil —que ejerce la presidencia temporal del Mercosur—, Uruguay, Paraguay y Argentina (en tono más moderado) coinciden en que reabrir el texto ahora sería una señal de debilidad y desconfianza institucional. “Llevamos décadas exportando con normas sanitarias exigentes. No tiene sentido agregar obstáculos a último momento”, declaró Luis Rua, secretario de Comercio brasileño.
¿Qué se juega América Latina?
Mucho más que un tratado. Para los países del Mercosur, el acuerdo con la UE representa una carta de validación internacional y una vía para reducir su dependencia comercial de China. También es una forma de insertar estándares verdes sin ser castigados por la lentitud legislativa de cada país. Pero si Europa se cierra bajo la presión de los lobbies agrícolas, Latinoamérica podría girar aún más hacia Asia, donde no siempre se exigen reglas sociales o climáticas.
Este lunes 14 de julio, los ministros de Comercio de la UE celebrarán un Consejo clave. Allí definirán si el acuerdo se mantiene como un paquete único o si se fracciona, permitiendo que el capítulo comercial avance con mayoría calificada.
¿Retroceso o punto de inflexión?
Reabrir el tratado podría significar volver a foja cero. Sostenerlo sin cambios pondría a prueba la cohesión europea. Lo que está en juego no es solo una disputa arancelaria, sino la credibilidad de dos bloques históricos que buscan mostrarse como aliados responsables en un mundo fragmentado.
En América Latina, el mensaje ya es claro: no hay más tiempo que perder. El Mercosur quiere firmar. La pregunta es si Europa tendrá el coraje político de decir sí.