En un gesto que algunos califican de deshielo y otros de puro cálculo, el canciller chino Wang Yi y el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio se reunieron este viernes en los márgenes del foro de la ASEAN en Kuala Lumpur. El encuentro, que duró una hora y fue definido por ambas partes como “constructivo” y “equitativo”, supone el primer cara a cara entre los jefes de diplomacia de ambas potencias desde que Rubio asumiera el cargo en enero pasado. Sin embargo, más allá del tono cordial, los desacuerdos estructurales permanecen intactos: comercio, Ucrania, mar de China Meridional, Taiwán.
Según el propio Wang, la conversación se centró en “fortalecer los contactos, prevenir errores de juicio, gestionar diferencias y ampliar la cooperación”. Una fórmula diplomática pulida que, sin decir nada, sugiere que ambas partes prefieren mantener la temperatura baja mientras reacomodan fichas en el tablero. Rubio, por su parte, evitó adjetivos altisonantes pero declaró que el encuentro fue “muy productivo”, aunque no se trató de una negociación. Ambos coincidieron en la importancia de mantener canales abiertos, sobre todo en un contexto donde cualquier malentendido —tecnológico, militar o financiero— puede escalar con rapidez.
El contexto no puede obviarse: el reciente acuerdo comercial anunciado por Trump en Londres fijó un arancel del 55 % a productos chinos, y Pekín respondió con un 10 % a bienes estadounidenses. Este nuevo equilibrio arancelario, que aún no entra en vigor, crea una tensión de base sobre cualquier intento de acercamiento. Además, en los márgenes del mismo foro, tanto Rubio como Wang se reunieron con el canciller ruso Serguéi Lavrov, una señal más de que los equilibrios multilaterales del Indo-Pacífico son hoy el verdadero centro de gravedad global.
Taiwán, como siempre, permanece como línea roja. Aunque no fue mencionado en las declaraciones públicas, su sola presencia en la agenda implícita basta para comprender que, bajo la superficie del diálogo, se mantiene una rivalidad estratégica de largo plazo. Estados Unidos continúa proveyendo armamento a Taipéi, mientras China no renuncia a la reunificación, incluso por la vía militar. A esto se suma la creciente militarización del mar de China Meridional, donde barcos estadounidenses y chinos se cruzan con frecuencia peligrosa.
La lectura de este encuentro no puede hacerse en clave de reconciliación. Ni Washington ni Pekín están en posición de ceder nada esencial. Lo que sí se juega, y no es poco, es el control de los tiempos y las formas. Mientras la campaña presidencial estadounidense se radicaliza y Xi Jinping lidia con la desaceleración económica, ambos líderes tienen interés en evitar choques directos. Esta reunión ha sido, sobre todo, una señal a terceros: a la ASEAN, a Moscú, a Bruselas. China y Estados Unidos no se entienden, pero aún saben hablar. Que no es poco, pero tampoco suficiente.