La epidemia, extendida por siete provincias de la República Democrática del Congo, alcanza una letalidad del 48,3 %. La inseguridad, la fragilidad del sistema sanitario y la falta de una vacuna autorizada contra la variante Bundibugyo dificultan su contención.
La República Democrática del Congo (RDC) afronta la epidemia de ébola más grave de su historia. Las autoridades sanitarias han confirmado 9.066 contagios y 4.381 fallecimientos desde el inicio del brote declarado en mayo, unas cifras que sitúan la tasa de letalidad entre los casos registrados en el 48,3 % y evidencian las dificultades para controlar la propagación del virus.
El balance, difundido por el Instituto Nacional de Salud Pública congoleño, supera ampliamente el de la epidemia que afectó al país entre 2018 y 2020, cuando se contabilizaron cerca de 3.500 casos y 2.300 muertes. El brote actual constituye, además, el segundo más importante registrado en el mundo, después de la gran crisis sanitaria de África occidental de 2014 a 2016.
La emergencia comenzó en la provincia de Ituri, en el noreste del país, y se ha extendido a siete provincias, con decenas de zonas sanitarias afectadas. Aunque algunas áreas muestran signos de estabilización, otras continúan registrando nuevos focos de transmisión, lo que impide hablar de un control efectivo de la epidemia.
Una epidemia agravada por los conflictos armados
La expansión del ébola coincide con una situación de profunda fragilidad humanitaria en el este de la RDC. La presencia de grupos armados, los desplazamientos de población y las dificultades de acceso a determinadas localidades complican las labores de vigilancia epidemiológica, aislamiento de pacientes y seguimiento de contactos.
Los equipos sanitarios también deben hacer frente a la desconfianza de algunas comunidades, alimentada por rumores y experiencias anteriores de violencia e inseguridad. Estas circunstancias retrasan la identificación de los enfermos y favorecen que una parte de los fallecimientos se produzca fuera de los centros de tratamiento.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido de que la transmisión continúa siendo intensa y de que la evolución de la epidemia presenta importantes diferencias entre provincias. Ituri sigue siendo el principal foco, mientras que Kivu del Norte mantiene una elevada circulación del virus.
Sin vacuna autorizada contra la variante Bundibugyo
La epidemia está causada por el virus Bundibugyo, una de las especies de virus capaces de provocar la enfermedad del ébola. A diferencia de la variante Zaire, frente a la cual existe una vacuna autorizada, actualmente no se dispone de una vacuna específicamente aprobada ni de un tratamiento antiviral autorizado para combatir la enfermedad causada por Bundibugyo.
La OMS trabaja con las autoridades congoleñas y otros socios científicos para evaluar posibles vacunas y tratamientos experimentales. Entre las opciones investigadas figuran nuevos candidatos vacunales y la posibilidad de estudiar, bajo condiciones controladas, si la vacuna Ervebo ofrece algún grado de protección cruzada.
La organización insiste en que estas alternativas requieren ensayos clínicos rigurosos y que su eficacia no puede darse por demostrada antes de disponer de resultados científicos suficientes.
Mientras tanto, las principales herramientas para frenar la transmisión siguen siendo la detección temprana, el aislamiento y tratamiento de los pacientes, el seguimiento de contactos y las prácticas funerarias seguras.
La crisis también amenaza la salud de madres y niños
El impacto de la epidemia va más allá de las personas infectadas por el virus. El temor al contagio está llevando a numerosas familias a evitar hospitales y centros de salud, con consecuencias especialmente graves para las mujeres embarazadas y los niños.
Según datos de Naciones Unidas recogidos por Reuters, las muertes maternas en Ituri aumentaron cerca de un 70 % entre mayo y julio respecto al mismo periodo del año anterior. También se han registrado importantes descensos en los partos atendidos en centros sanitarios y en la vacunación infantil rutinaria.
Las organizaciones humanitarias advierten de que esta interrupción de servicios esenciales puede favorecer otras enfermedades prevenibles y agravar problemas de salud que ya afectaban a las comunidades antes de la llegada del ébola.
Primeros casos importados y vigilancia regional
La dimensión transfronteriza de la crisis ha incrementado la preocupación de las autoridades sanitarias africanas. Kenia confirmó recientemente un caso importado de una persona que había viajado desde la RDC a través de Uganda y que falleció posteriormente.
Uganda también había registrado casos durante la epidemia, aunque declaró concluido su brote nacional en agosto. Estos episodios muestran la importancia de la cooperación regional, especialmente en territorios donde los desplazamientos humanos y los intercambios comerciales son frecuentes.
La prioridad sanitaria sigue concentrada en interrumpir la transmisión en las zonas afectadas, reforzar los sistemas de vigilancia y recuperar la confianza de las comunidades.
Con más de 4.300 fallecimientos y una expansión que todavía no ha sido contenida, la epidemia congoleña constituye una de las emergencias sanitarias más graves del continente. Su evolución dependerá tanto de la respuesta médica como de la capacidad de garantizar seguridad, acceso humanitario y recursos suficientes para una población que afronta simultáneamente la enfermedad y el conflicto.