Rusia sigue siendo una de las grandes potencias energéticas del planeta, pero la guerra está produciendo una situación que hace pocos años habría parecido improbable: Moscú exporta millones de barriles de crudo mientras necesita importar gasolina y otros combustibles para abastecer su mercado. Al mismo tiempo, la menor entrada de divisas procedente de sus exportadores añade presión sobre el rublo. Dos síntomas distintos de una misma vulnerabilidad: disponer de petróleo ya no basta cuando el problema está en refinarlo, transportarlo y convertir sus ventas exteriores en liquidez interna.
Durante décadas, el petróleo fue uno de los grandes instrumentos del poder ruso. Esa realidad no ha desaparecido: Rusia conserva enormes capacidades de producción y continúa colocando su crudo en los mercados internacionales. Lo que ha cambiado es el eslabón intermedio. Los repetidos ataques ucranianos contra refinerías, depósitos y otras infraestructuras energéticas han reducido la capacidad del país para transformar parte de ese petróleo en gasolina, diésel y otros productos refinados.
Petróleo ruso que vuelve convertido en gasolina
La consecuencia resulta paradójica. Rusia vende crudo al exterior y, simultáneamente, compra combustible refinado fuera de sus fronteras. En los últimos meses ha recurrido a suministros procedentes de Bielorrusia y Kazajistán, pero también a cargamentos marítimos llegados desde India y otros mercados asiáticos.
El caso indio resume perfectamente la anomalía. Un cargamento de unas 68.000 toneladas de gasolina procedente de India llegó en agosto al puerto ártico ruso de Vitino. Parte de esos combustibles procede de refinerías que procesan precisamente crudo ruso. El circuito puede llegar así a resultar extraordinario: Rusia extrae el petróleo, lo exporta, otro país lo refina y el combustible regresa después al mercado ruso.
Las cifras muestran que no se trata simplemente de una operación anecdótica. Las importaciones de combustible aumentaron fuertemente durante el verano y Moscú combinó las compras exteriores con restricciones a las exportaciones para preservar el abastecimiento interno. Rusia, tradicionalmente exportadora neta de productos refinados, llegó incluso a registrar limitaciones de gasolina en estaciones de servicio de Moscú y otras regiones.
Las refinerías, el nuevo frente de la guerra
Ucrania parece haber identificado uno de los puntos sensibles de la economía rusa. Destruir pozos petrolíferos sería difícil y tendría repercusiones internacionales inmediatas; atacar la capacidad de refino produce, en cambio, un efecto diferente: Rusia puede seguir teniendo petróleo, pero encuentra mayores dificultades para convertirlo en los combustibles que necesita su economía.
En julio, las exportaciones rusas de productos refinados descendieron hasta alrededor de 1,18 millones de barriles diarios, su nivel más bajo desde que comenzó la serie de S&P Global en 2016. Sus analistas estimaron entonces que los ataques habían dejado fuera de servicio más de un tercio de la capacidad rusa de refino.
El propio Vladimir Putin reconoció el 1 de octubre que los ataques ucranianos habían alcanzado parcialmente sus objetivos y calculó su impacto económico en alrededor de un punto del PIB. La declaración resulta significativa porque introduce en el discurso del Kremlin algo que los movimientos del mercado ya venían mostrando: la infraestructura energética rusa ha dejado de ser únicamente la fuente de financiación de la guerra para convertirse también en uno de sus frentes.
El segundo problema: las divisas
La otra señal aparece lejos de las refinerías. El Banco Central ruso constató en agosto una reducción del 15,3% en las ventas de divisas realizadas por las empresas no financieras, hasta 18.800 millones de dólares. Entre los mayores exportadores, las ventas fueron de apenas 2.400 millones, uno de los niveles más bajos registrados este año.
El fenómeno importa porque las grandes empresas exportadoras constituyen una fuente esencial de moneda extranjera para el mercado ruso. Cuando venden petróleo, gas, metales u otras materias primas en el exterior y convierten parte de esos ingresos en rublos, introducen dólares, euros, yuanes y otras monedas en el sistema. Cuando ese flujo disminuye, la oferta de divisas se estrecha y aumenta la presión sobre la moneda rusa.
Moscú conoce bien este mecanismo. Desde el inicio de la guerra ha utilizado controles, obligaciones de repatriación de ingresos y exigencias de conversión de divisas para estabilizar el rublo. La obligación formal para los grandes exportadores fue reducida posteriormente hasta cero, pero las autoridades conservan herramientas para volver a intervenir si consideran que la estabilidad monetaria lo exige.
Una vulnerabilidad que el petróleo ya no oculta
Nada de esto significa que Rusia se encuentre sin petróleo ni que su economía energética esté al borde del colapso. Esa conclusión sería exagerada. Moscú continúa siendo un gigante productor y exportador, ha encontrado compradores alternativos para buena parte de sus hidrocarburos y conserva instrumentos importantes para intervenir tanto en el mercado energético como en el monetario.
Pero la imagen de una potencia petrolera obligada a importar gasolina contiene algo más profundo. La resistencia de una economía de guerra no depende solamente de los recursos que posee bajo tierra. Depende de refinerías capaces de procesarlos, infraestructuras capaces de transportarlos, mercados dispuestos a comprarlos y circuitos financieros capaces de transformar esas ventas en divisas utilizables.
Ahí reside la verdadera paradoja rusa de 2026: el país puede seguir teniendo petróleo de sobra y, al mismo tiempo, sufrir escasez de combustible y necesitar más moneda extranjera. La guerra no ha eliminado el poder energético de Rusia, pero está revelando que incluso una superpotencia petrolera puede ser vulnerable en los eslabones que separan un barril de crudo del depósito de un automóvil y de las reservas de un banco central.