La policía desmanteló el martes los últimos restos del asentamiento de la playa de Benítez, y cerca de doscientos de sus ocupantes eligieron regresar a Marruecos antes que ser filiados. Dos meses después de la entrada masiva, más de 7.000 personas han vuelto por su propio pie, frente a solo 364 expulsiones confirmadas, mientras más de 10.000 siguen en la ciudad.
Aún era de noche cuando los antidisturbios bajaron el martes a la arena de Benítez, a pocos metros de la playa del Trampolín. En el último tramo del asentamiento quedaban unas 400 personas de origen magrebí, casi todos hombres, que entraron en Ceuta durante el cruce masivo de finales de julio. Llevaban dos meses viviendo en tiendas improvisadas. Buena parte del campamento había sido desmontada el domingo, y los agentes terminaron ahora con las decenas de cabañas que aún resistían.
A las ocho de la mañana, la policía empezó a exigirles que salieran de las tiendas. Los migrantes recogían sus pocas pertenencias y repetían la misma pregunta, «¿A Marruecos?», por miedo a ser deportados. Agrupados contra una pared a la espera de los autobuses, la mayoría insistía en que no quería volver. Una treintena rompió el cordón policial y huyó a la carrera. Los agentes solo lograron detener a seis. Un intérprete explicó después en árabe que todos serían trasladados al Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) de El Tarajal.
Dos caminos en la frontera
El CATE es el lugar donde se toman los datos de los migrantes, un trámite conocido como filiación que abre la puerta al expediente de expulsión. Una vez allí, la policía les planteaba dos opciones. Podían entrar, ser filiados y quedar realojados después en el recurso de Loma Colmenar. O podían emprender en ese mismo momento el retorno voluntario a Marruecos. Cerca de doscientos eligieron la segunda vía y cruzaron a pie con sus bolsas. Al otro lado, los gendarmes marroquíes los subían a otros vehículos y los repartían por distintos puntos del país.
«Es un retorno voluntario, pero en realidad es casi obligado», admitía un policía nacional desplazado en la zona. La diferencia con quienes regresan cada día por su cuenta es relevante. Estos últimos llegan caminando hasta la valla sin que nadie los obligue, aunque empujados por el desgaste de los días a la intemperie. Los desalojados de Benítez, en cambio, fueron subidos a los autobuses por la fuerza y colocados ante una disyuntiva inmediata, pocos minutos después de afirmar que no querían marcharse.
El asilo, descartado casi de antemano
La abogada Carmen García explica el fondo de esa decisión. Quien entra en el CATE queda filiado, y con ello arranca el proceso de devolución o expulsión, junto a la posible solicitud de protección internacional. Para los procedentes de Marruecos, el asilo será denegado casi con total seguridad porque el país se considera seguro. Esa resolución tiene además efectos futuros. Si la persona intenta volver a entrar en Ceuta, ya contará con una denegación previa y su expulsión podrá repetirse sin mayores obstáculos.
El balance de estos dos meses refleja esa lógica. Según las cifras oficiales, más de 7.000 personas han firmado el retorno voluntario, mientras el Gobierno solo ha confirmado 364 expulsiones ejecutadas. Saber, de 17 años, fue uno de los últimos en marcharse. Se había fijado un plazo de dos meses para encontrar plaza en un centro de menores, pero la llegada de la lluvia lo adelantó al día 58. «Pero volveré a intentarlo», dijo antes de cruzar hacia Castillejos con una mochila ligera.
Lluvia, carpas y chabolas junto al mar
En las chabolas de Benítez y el Trampolín, las más numerosas de la ciudad, unas 3.000 personas siguen esperando plaza en los centros de acogida. Ante la lluvia, cubren las construcciones con plásticos y levantan barricadas de bolsas rellenas de tierra en primera línea de mar. Moha, de 38 años y con dos hijas en Marruecos, no piensa irse aunque las olas ya golpean su tienda. «¿Cómo voy a volver con las manos vacías?», pregunta. Espera a que lo metan en un centro.
La red de acogida tampoco da abasto. El Gobierno prepara nuevas instalaciones para llegar a 8.000 plazas, pero por ahora dispone de unas 6.000. En las carpas del puerto se hacinan sobre colchonetas unos 1.700 hombres, y algún menor, a la espera de ser identificados. Muchos de ellos pasan el día fuera porque dentro no hay nada que hacer. La policía desmontó la semana pasada los mercadillos del Trampolín, pero la imagen del asentamiento apenas ha cambiado en un mes.
Mientras tanto, crece la presión vecinal. Grupos de WhatsApp coordinan manifestaciones diarias contra lo que llaman «la invasión de Ceuta» y reclaman la expulsión inmediata de todos los migrantes. «Si no se ponen a expulsar ya, todos no caben en Ceuta», resume Antonio, vecino de Benítez. En la víspera de cumplirse dos meses exactos del cruce, otro autobús se detuvo en la frontera y un centenar de personas más regresó a Marruecos. Poco después empezó a llover.