Ceuta entra en una espiral de violencia alimentada por la polarización

28 août 2026 - 09:45

La irrupción de grupos de vecinos en asentamientos de migrantes, el bloqueo de la ayuda humanitaria y el ataque sufrido por una patrulla militar elevan la crisis a un nuevo nivel. Mientras las fuerzas de seguridad temen enfrentamientos entre colectivos, el Gobierno reclama una condena política inequívoca de la violencia y los discursos que presentan la inmigración como una amenaza alimentan un clima cada vez más inflamado.

La crisis de Ceuta ha entrado en una fase diferente y mucho más peligrosa. Después de casi un mes marcado por la emergencia humanitaria, las dificultades para identificar y reubicar a miles de migrantes y una creciente frustración ciudadana, la violencia ha irrumpido en las calles. Grupos de vecinos han intentado impedir el reparto de comida y agua, han accedido a asentamientos improvisados y han destruido algunas de las precarias estructuras donde duermen los migrantes. En sentido contrario, una patrulla militar fue atacada a pedradas durante la madrugada. Cuatro soldados resultaron heridos leves y 12 ciudadanos marroquíes fueron detenidos.

El salto cualitativo preocupa especialmente porque amenaza uno de los rasgos que Ceuta ha reivindicado durante décadas, la convivencia entre comunidades. Los casi 9.000 policías y militares desplegados afrontan ahora un escenario en el que ya no basta con gestionar la frontera o proteger instalaciones. Las fuerzas de seguridad consideran probable que tengan que interponerse entre grupos de vecinos y migrantes y contemplan también enfrentamientos dentro de la propia población migrante. A esa tensión se suman delitos graves. La Fiscalía General del Estado ha contabilizado 16 agresiones sexuales con 17 víctimas desde el comienzo de la crisis, la mayoría menores.

De las protestas a los ataques

Las escenas de las últimas horas muestran hasta qué punto ha cambiado la situación. Decenas de personas bloquearon el paso de vehículos de Cruz Roja que llevaban alimentos y suministros a quienes permanecen en las playas. Los voluntarios, algunos de ellos ceutíes, fueron increpados al grito de «traidores». Posteriormente, varios manifestantes consiguieron acceder a Playa Benítez, obligando a los migrantes a alejarse mientras la Policía trataba de impedir el contacto entre ambos grupos. Algunas de sus pertenencias y refugios improvisados fueron destruidos, y se prendió fuego a parte del asentamiento.

No se trata de una violencia de una sola dirección. Horas antes, entre 30 y 40 personas atacaron con piedras a una patrulla militar en Benzú, según las informaciones disponibles. La combinación de estos episodios explica el temor a que una agresión, un delito o incluso un rumor puedan actuar como detonante de enfrentamientos mayores. El riesgo aumenta porque miles de personas continúan viviendo en condiciones precarias mientras las administraciones no encuentran emplazamientos suficientes para alojarlas. La frustración de parte de la población local es real. Convertirla en hostilidad contra quienes permanecen en las playas supone, sin embargo, cruzar una frontera distinta.

Las redes convierten el miedo en movilización

Las redes sociales y los grupos de mensajería se han convertido en uno de los principales espacios de movilización. Por esos canales se convocaron algunas de las concentraciones de los últimos días y circulan mensajes que animan a mantener las protestas hasta que los migrantes abandonen Ceuta. Fuentes sobre el terreno alertan además de la presencia de activistas de extrema derecha llegados desde la Península y señalan expresamente a Núcleo Nacional. Las informaciones disponibles no permiten atribuir a estos grupos la organización de todos los incidentes, pero sí constatan un ecosistema de agitación en el que los mensajes xenófobos encuentran una audiencia receptiva.

El contexto facilita su propagación. Miles de personas entraron en apenas dos días, parte de ellas permanecen todavía en calles y playas y la resolución administrativa será necesariamente lenta. El Gobierno asegura que más del 90% de quienes cruzaron la frontera regresaron ya a Marruecos, pero la población que permanece en Ceuta continúa desbordando las capacidades disponibles. El ministro de Política Territorial y responsable del mando único, Ángel Víctor Torres, ha reconocido que no puede prometer devoluciones inmediatas. Los emplazamientos propuestos por la ciudad necesitan obras y algunos carecen de servicios básicos. Mientras no exista una alternativa, mantener a miles de personas a la intemperie multiplica las posibilidades de conflicto.

La política endurece el marco mientras crece la tensión

Es precisamente en ese escenario donde adquiere especial relevancia la respuesta de los partidos. Vox lleva la crisis al terreno de la «invasión», el «chantaje» de Marruecos y la utilización de migrantes como «arma de guerra». El Partido Popular mantiene un discurso diferente, pero ha endurecido notablemente su posición. Su portavoz, Borja Sémper, reclamó elecciones anticipadas porque considera que la situación está «descontrolada» y sostuvo que todos los que entraron deben regresar a Marruecos «tengan la edad que tengan». Preguntado inicialmente por los conatos de agresión contra migrantes, respondió que «no hay que señalar a la gente» y dirigió la responsabilidad hacia quienes gobiernan. Posteriormente afirmó que el PP está «siempre en contra de la violencia».

La crítica a la gestión gubernamental es legítima y existen cuestiones pendientes que justifican exigir explicaciones. Entre ellas están la anticipación de la avalancha, las contradicciones sobre la información disponible, la lentitud para habilitar recursos y la incapacidad de ofrecer todavía una salida rápida a quienes permanecen en la ciudad. Pero reconocer esas deficiencias no obliga a aceptar que una población desesperada pueda sustituir a las instituciones, impedir que una organización humanitaria alimente a personas necesitadas o atacar a alguien por su origen. Torres y el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, del PP, acordaron precisamente un llamamiento conjunto contra la violencia.

La responsabilidad política resulta todavía mayor cuando el miedo comienza a organizarse colectivamente. Hablar de invasores, presentar a decenas de miles de personas como una amenaza indiferenciada o trasladar la idea de que el Estado ha abandonado deliberadamente a Ceuta puede incrementar una sensación de desprotección que ya existe. Eso no convierte automáticamente un discurso político en responsable de una agresión concreta, pero tampoco permite ignorar sus efectos sobre el clima social. El Gobierno tiene la obligación de recuperar el control efectivo de la situación. Quienes aspiran a gobernar tienen también la de no convertir la indignación en combustible político mientras policías y voluntarios intentan evitar que la fractura de la convivencia sea irreversible.

Compartir el artículo