La crisis ceutí ha llevado al primer plano una división que llevaba tiempo creciendo dentro de la izquierda europea. Dirigentes socialdemócratas españoles e italianos han denunciado ante el Partido de los Socialistas Europeos la posición de Mette Frederiksen, cada vez más próxima a Giorgia Meloni en materia migratoria. El choque plantea una cuestión de fondo: hasta dónde puede endurecerse la socialdemocracia sin asumir los marcos políticos de la derecha radical.
La crisis migratoria de Ceuta ha provocado una disputa poco habitual dentro de la familia socialdemócrata europea. Javi López, vicepresidente del Parlamento Europeo y miembro del PSC-PSOE, y Peppe Provenzano, responsable de Exteriores del Partido Democrático italiano, han trasladado formalmente al Partido de los Socialistas Europeos su malestar con la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Ambos consideran que su alineamiento con Giorgia Meloni durante la crisis española rompe la solidaridad entre formaciones que comparten familia política y contribuye a normalizar el marco migratorio de la derecha radical.
La controversia no surge de una diferencia puntual. Frederiksen lleva años defendiendo una de las políticas migratorias más restrictivas entre los gobiernos socialdemócratas europeos y ha encontrado en Meloni una aliada para promover un mayor número de retornos, centros fuera de la Unión y fórmulas destinadas a impedir que quienes solicitan protección lleguen a permanecer en territorio europeo. Ceuta ha convertido esa proximidad estratégica en un problema político interno para los socialistas, porque la dirigente danesa llegó a reclamar que la Unión examinara todas las opciones ante la crisis española, incluidas restricciones dentro de Schengen.
Una alianza migratoria que viene de atrás
Frederiksen y Meloni han desarrollado durante el último año una interlocución particularmente estrecha sobre inmigración. Ambas han promovido reuniones antes de los Consejos Europeos para reunir a los gobiernos partidarios de una política más dura y explorar soluciones externas para gestionar retornos y solicitudes de asilo. Lo que inicialmente parecía una agenda impulsada por gobiernos conservadores o de ultraderecha ha ido ganando apoyos hasta atraer a buena parte de los líderes europeos y condicionar progresivamente el debate comunitario.
La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha participado también en algunos de esos encuentros, señal de cuánto se ha desplazado el centro político europeo en esta materia. Propuestas que hace pocos años se consideraban propias de la derecha radical, como instalar centros de retorno fuera de la Unión o ampliar las expulsiones, forman hoy parte de las discusiones ordinarias entre gobiernos. Frederiksen ocupa una posición singular porque aporta a esa agenda la legitimidad de una dirigente procedente de una de las tradiciones socialdemócratas más consolidadas del continente.
La socialdemocracia ante el marco de la derecha radical
La protesta de dirigentes españoles e italianos apunta precisamente a ese desplazamiento. En la carta remitida a la dirección del Partido de los Socialistas Europeos se cuestiona que Frederiksen adoptara posiciones próximas a Meloni mientras el Gobierno español afrontaba una situación excepcional. El reproche va más allá de la solidaridad entre partidos. Los firmantes sostienen que la dirigente danesa está incorporando categorías políticas que relacionan inmigración irregular, criminalidad, presión sobre los servicios públicos y pérdida de confianza social de una manera tradicionalmente asociada a la derecha radical.
El conflicto encuentra además un antecedente inmediato en las diferencias entre Frederiksen y Pedro Sánchez. La primera ministra danesa ya había criticado la política española de regularización al considerar que decisiones nacionales de este tipo generan consecuencias para otros Estados miembros. Sánchez, junto a dirigentes como Emmanuel Macron, se ha mostrado más reticente ante la externalización del asilo y los centros de retorno en terceros países. La división no enfrenta por tanto únicamente gobiernos de izquierda y derecha. Atraviesa a partidos que comparten grupo político europeo y que ofrecen respuestas cada vez más divergentes ante el mismo fenómeno.
Dinamarca como laboratorio del endurecimiento
Dinamarca lleva años funcionando como uno de los principales laboratorios europeos de una política migratoria restrictiva impulsada desde la socialdemocracia. Los gobiernos de Frederiksen han endurecido los retornos, limitado determinadas posibilidades de permanencia y promovido incentivos económicos para quienes regresen voluntariamente a sus países. También han desarrollado políticas dirigidas a transformar barrios con elevada concentración de población extranjera bajo el argumento de evitar la formación de «sociedades paralelas».
La estrategia se extiende al ámbito penitenciario y a la externalización. Copenhague ha impulsado acuerdos para disponer de plazas en cárceles fuera del país destinadas a extranjeros condenados que posteriormente deben ser expulsados. La lógica que conecta estas medidas es coherente: reducir la llegada, limitar las posibilidades de permanencia y facilitar el retorno. Frederiksen sostiene que una política migratoria estricta es necesaria para preservar el Estado del bienestar y mantener el respaldo ciudadano a la acogida de quienes realmente necesitan protección.
Ceuta convierte una diferencia interna en conflicto abierto
La entrada masiva en Ceuta ha actuado como acelerador de una discusión que ya existía. La reacción de algunos gobiernos europeos, las propuestas de restringir temporalmente la libre circulación y el temor a movimientos secundarios dentro de la Unión volvieron a colocar la inmigración en el centro de la agenda. El Partido de los Socialistas Europeos respondió defendiendo una discusión basada en hechos y rechazando que la situación pudiera utilizarse para cuestionar de manera general el funcionamiento de Schengen.
El problema para la socialdemocracia es más profundo que una disputa coyuntural sobre España. Una parte de sus dirigentes considera que endurecer la política migratoria es imprescindible para recuperar votantes que han migrado hacia la derecha radical. Otra advierte de que asumir sus diagnósticos termina desplazando todo el debate político hacia posiciones cada vez más restrictivas. La experiencia danesa se ha convertido precisamente en la referencia principal de quienes sostienen que la izquierda puede mantener políticas sociales ambiciosas mientras adopta una línea muy dura en inmigración.
Ceuta ha hecho visible esa contradicción. Frederiksen continúa perteneciendo plenamente a la familia socialdemócrata europea, pero en uno de los asuntos que más está transformando la política continental encuentra más afinidad con Meloni que con algunos de sus propios socios. La discusión que ahora llega al Partido de los Socialistas Europeos no decidirá únicamente cómo juzgar la actuación de una primera ministra. Pondrá a prueba qué frontera política quiere mantener la socialdemocracia europea frente a una derecha radical cuyo marco migratorio ha dejado de estar en los márgenes.