La crisis de Ceuta lleva la diplomacia hasta la monarquía

21 août 2026 - 15:50

El Gobierno llegó a sondear una llamada de Felipe VI a Mohamed VI para contribuir a encauzar la crisis abierta tras la entrada masiva de finales de julio. La conversación no se ha producido y Zarzuela supedita cualquier intervención a su utilidad y a la decisión del Ejecutivo. El episodio muestra tanto la profundidad alcanzada por la crisis como los límites de un canal diplomático que ya no funciona como en tiempos de Juan Carlos I y Hasán II.

La crisis de Ceuta ha escalado desde la gestión migratoria y humanitaria hasta uno de los niveles más sensibles de las relaciones entre España y Marruecos. Un ministro del Gobierno sondeó con la Casa Real la posibilidad de que Felipe VI telefoneara a Mohamed VI para hablar de la situación y agradecer la actuación marroquí durante los días posteriores a la avalancha. La conversación no llegó a producirse. Zarzuela considera que una iniciativa semejante podría ser malinterpretada mientras la crisis permanezca abierta y condiciona cualquier movimiento a que resulte «útil y razonable» y sea solicitado por Pedro Sánchez.

La cautela tiene una explicación institucional y otra diplomática. Felipe VI ha seguido directamente la evolución de Ceuta, recibió de manera poco habitual a Juan Jesús Vivas en Marivent y ha hablado con Sánchez, Alberto Núñez Feijóo y el presidente de Melilla, Juan José Imbroda. Pero el jefe del Estado español no ocupa una posición comparable a la de Mohamed VI dentro del sistema político marroquí. Cualquier intervención exterior de Felipe VI está sometida a la dirección política del Gobierno, mientras el monarca alauí constituye el centro efectivo de las grandes decisiones estratégicas de Marruecos.

Dos monarquías con poderes muy diferentes

La diferencia resulta particularmente importante en una crisis bilateral. Mohamed VI ejerce una influencia decisiva sobre los denominados ministerios de soberanía, entre ellos Exteriores, Interior y Defensa. Felipe VI desempeña, en cambio, las funciones que le atribuye la Constitución dentro de una monarquía parlamentaria. Una conversación entre ambos tendría un evidente peso simbólico y podría facilitar la interlocución, pero no constituiría una negociación entre dos centros equivalentes de poder político.

Ese desequilibrio explica también la prudencia de Zarzuela. Una llamada destinada a agradecer la cooperación marroquí podría ser interpretada como un reconocimiento diplomático en un momento en que sigue abierto el debate sobre lo ocurrido los días 30 y 31 de julio. El Gobierno español ha evitado responsabilizar directamente a Rabat y ha atribuido la movilización a redes sociales y organizaciones que promovieron los cruces. El PP, inicialmente contenido respecto a Marruecos, ha endurecido después su posición y Feijóo ha llegado a hablar de «chantaje».

Una diplomacia personal que pertenece a otra época

La posibilidad de recurrir a los monarcas remite inevitablemente a la relación que mantuvieron Juan Carlos I y Hasán II. Ambos construyeron durante décadas una interlocución personal que permitía abrir un canal paralelo en momentos de tensión. Felipe VI y Mohamed VI se conocen desde niños, pero los materiales disponibles describen una relación considerablemente más institucional y menos cercana. «La relación no es mala, pero es diferente», resumen fuentes diplomáticas citadas por El País.

La propia evolución de las relaciones bilaterales ha reducido el papel de esa diplomacia personal. Bajo Mohamed VI, los vínculos entre ambos países se han articulado crecientemente mediante los gobiernos y las reuniones de alto nivel. España se ha convertido entretanto en el principal socio comercial de Marruecos y las interdependencias económicas, policiales, migratorias y de seguridad han aumentado. La relación es más densa que hace décadas, pero también está más institucionalizada. Recuperar el teléfono entre los dos palacios no equivale, por tanto, a reconstruir el mecanismo informal que existió entre sus padres.

Ceuta convierte cada gesto en política exterior

Hay además una segunda posibilidad sobre la mesa. Felipe VI ha manifestado su disposición a visitar Ceuta y Vivas sostiene que el Rey ha adquirido ese compromiso. Tampoco existe fecha. La decisión requiere coordinación con el Gobierno y encierra una sensibilidad diplomática evidente. La única visita de Juan Carlos I como jefe del Estado, el 5 de noviembre de 2007, provocó una protesta de Marruecos, que reivindica la soberanía sobre Ceuta y Melilla.

Ese precedente obliga a calibrar cualquier gesto. Una visita de Felipe VI puede tener una lectura interna de respaldo institucional a los ceutíes y otra completamente distinta desde Rabat. Una llamada a Mohamed VI puede contribuir a reforzar la interlocución, pero también generar interpretaciones sobre responsabilidades y concesiones en plena crisis. Que ambas posibilidades estén siendo consideradas revela hasta dónde ha llegado el episodio iniciado a finales de julio. Que ninguna se haya ejecutado todavía muestra igualmente la voluntad de Madrid de mantener abierta la cooperación con Marruecos sin añadir otro foco de tensión.

La diplomacia entre España y Marruecos siempre ha necesitado canales capaces de sobrevivir a sus crisis periódicas. Durante una etapa, la relación personal entre Juan Carlos I y Hasán II cumplió parte de esa función. Hoy las reglas son otras y las dos monarquías también. Felipe VI puede contribuir a la interlocución cuando el Gobierno considere oportuno utilizar ese activo institucional. La solución de la crisis, sin embargo, no puede descansar en una llamada entre reyes. Depende fundamentalmente de decisiones políticas y administrativas en Madrid y Rabat.

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