Perú quiere intensificar su comercio con el Mercosur. Hoy su viceministra de Comercio Exterior destaca que el país cuenta con acuerdos con 58 naciones, que representan el 82% del PIB mundial. Suena bien en los balances. Pero las cifras esconden preguntas más profundas.
El comercio con Mercosur llegó a más de 8.000 millones de dólares el año pasado. Brasil concentra el 61%, Argentina el 33%. Sin embargo, las exportaciones peruanas hacia este bloque cayeron 3,69%, sobre todo por menor demanda de minerales no metálicos e insumos químicos. Las importaciones, en cambio, se mantuvieron estables.
Brasil es el socio clave: principal destino de petróleo y prendas de vestir peruanas, y proveedor de bienes de capital. Pero detrás de la balanza comercial, queda la sensación de que Perú exporta productos primarios y agroindustriales con poco valor agregado, mientras importa maquinaria, acero, combustibles y tecnología.
El ACE 58 eliminó aranceles y creó un marco de cooperación, pero su modernización es urgente. Desde 2006, el comercio global se ha transformado con la digitalización, la automatización y la reconfiguración de cadenas logísticas. Hoy, el reto no es vender más, sino vender mejor.
Perú puede ser más que un proveedor de orégano, colorantes de cochinilla y aceite de oliva virgen. Tiene potencial para exportar innovación alimentaria, tecnología agrícola y servicios digitales. El desafío es fortalecer su industria interna, diversificar su matriz productiva y no depender solo de las ventajas naturales.
En un contexto donde Mercosur también redefine su integración, Perú tiene que mirar más allá de las cifras. El comercio exterior no es solo un indicador macroeconómico; es una herramienta de desarrollo si está alineada con políticas industriales y educativas que generen empleo digno y valor nacional.
Firmar acuerdos es fácil. Convertirlos en desarrollo real para las comunidades productoras es la verdadera política de Estado que aún está pendiente.