España y Francia se han convertido en los países más golpeados por los incendios forestales en Europa, con un total de personas evacuadas que superaba las 350.000 este fin de semana. Italia y Escocia afrontan también focos de gran magnitud en suelo europeo, mientras Argelia y Canadá viven sus propias crisis fuera del continente, en un patrón que los expertos vinculan a una combinación de calor extremo, sequía y abandono del medio rural que se repite cada vez con mayor frecuencia.
La ola de incendios forestales que asola el centro de la península ibérica no es un fenómeno aislado. Francia y España son en este momento los países de Europa más afectados por el fuego, con un total de personas evacuadas que superaba las 350.000 durante el fin de semana, mientras otros Estados europeos afrontan desde hace días situaciones igualmente alarmantes. España, además, se ha convertido en el país de la Unión Europea (UE) con mayor superficie quemada acumulada en lo que va de 2026, según el sistema de vigilancia por satélite Copernicus.
El fenómeno, sin embargo, no se limita al continente europeo. Argelia atraviesa su propia emergencia en la franja norte del país, y Canadá afronta una de las temporadas de incendios más intensas de su historia reciente, lo que confirma que la combinación de calor extremo y sequía que golpea a España este verano forma parte de una tendencia de alcance mucho más amplio, presente de forma simultánea en distintos continentes.
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Francia: el fuego de Gironda y la costa atlántica
El incendio más grave en territorio francés se originó cerca de Saumos, al oeste de Burdeos, y desde entonces las llamas han avanzado hacia el sur devorando la costa atlántica en una de las zonas turísticas más pobladas de la época estival. Las autoridades evacuaron en barco a miles de turistas que se encontraban en el cabo Ferret, una zona de dunas muy frecuentada en verano, tras advertir que las llamas se mueven en todas direcciones y realizan saltos de hasta un kilómetro. El balance de personas evacuadas en Francia superaba las 110.000 durante el fin de semana, con veintisiete bomberos heridos y dos brigadistas fallecidos mientras combatían otro foco de menor tamaño cerca de Burdeos.
El presidente francés, Emmanuel Macron, confirmó que su país solicitó la activación del mecanismo de protección civil de la Unión Europea para reforzar el trabajo del millar de bomberos franceses desplegados, y calificó la situación de «gran tensión». Las llamas amenazan además los bosques de pinos de Arcachón, un espacio reconocido por su riqueza natural, así como la región vinícola de Burdeos, donde miles de personas han sido desalojadas de forma preventiva ante el avance del fuego por las condiciones de sequía y viento que se repiten en gran parte del sur de Europa este verano.
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El «cóctel perfecto»: abandono rural y matorral seco
El profesor de Ingeniería Forestal de la Universidad de Lérida Víctor Resco explica que el problema de fondo no depende tanto de las especies vegetales como de «la continuidad del combustible por la falta de un paisaje mosaico que rompa esa continuidad», un fenómeno que se producía de forma natural cuando el medio rural no estaba abandonado, con campos de cultivo, pastos y bosques alternándose sobre el territorio. Resco atribuye ese cambio a una combinación de transformación social, burocratización y políticas rurales que fomentan el despoblamiento, y advierte de que un 30% de la superficie forestal española está protegida sin que reciba, según su valoración, una gestión adecuada.
Las lluvias de la primavera convirtieron el matorral en vegetación abundante, que la posterior falta de precipitaciones transformó en combustible fácilmente inflamable, repitiendo el patrón catastrófico ya vivido en Galicia durante el verano de 2025. A ese fenómeno se suma el papel del viento: fuentes del operativo de extinción en la Meseta explican que una zona de bajas presiones situada al oeste de la península provoca que la dorsal sahariana actúe como una rampa por la que ascienden vientos cálidos desde latitudes inferiores, generando rachas de entre 40 y 50 kilómetros por hora que no solo afectaron a Ávila y Madrid, sino también a Aragón y Guadalajara durante los mismos días.
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Italia y Escocia: otros frentes europeos
En Sicilia, decenas de incendios forestales han sido atizados por el viento cálido, con un bombero fallecido mientras combatía las llamas y una centena de habitantes evacuados junto con veintidós pacientes de una clínica. El presidente de la región, Renato Schifani, ha desplegado 6.000 efectivos y veinte medios aéreos para hacer frente a cerca de cincuenta incendios simultáneos. En Calabria, al otro lado del estrecho de Mesina, se han contabilizado más de 160 incendios en una semana, con un responsable de la Protección Civil denunciando actos malintencionados, incluidos casos de trapos empapados en líquido inflamable atados a colas de gatos callejeros para propagar el fuego.
En Escocia, los bomberos han luchado durante varios días contra un incendio declarado «incidente mayor» en el parque nacional de Cairngorms, que ha calcinado al menos 600 hectáreas y obligó a evacuar a cerca de 650 habitantes de la localidad de Nethy Bridge, en una zona muy turística del norte del país. Más de 500 bomberos, apoyados por helicópteros con capacidad para transportar agua, han sido movilizados desde que el fuego se declaró el 15 de julio en esta cadena montañosa, lo que confirma que la crisis forestal alcanza este verano a puntos muy distintos del continente europeo, del Mediterráneo al Atlántico norte.
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Fuera de Europa: Argelia y Canadá viven sus propias crisis
Argelia ha vivido una semana dramática en su franja norte, con al menos seis muertos desde el inicio de la ola de siniestros, según el Ministerio del Interior argelino, y cuatro personas detenidas por su presunta implicación en el origen de varios focos en la región de Constantina, acusadas de un delito castigado con la pena de muerte. Aunque el país no forma parte del continente europeo, su proximidad geográfica con el sur de España y la coincidencia temporal de ambas crisis ilustran la dimensión mediterránea del fenómeno, que no reconoce fronteras administrativas ni distingue entre orillas.
Más lejos, Canadá afronta lo que su primer ministro, Mark Carney, ha descrito como una de las temporadas de incendios más intensas de su historia. Cerca de mil incendios estaban activos simultáneamente y tres millones de hectáreas habían ardido desde comienzo de año, una superficie equivalente a la de Bélgica. La práctica totalidad del territorio canadiense se ha visto afectada, con la región de Ontario, donde se ubican Toronto y Ottawa, como la más golpeada. Según explica el profesor Yves Bergeron, del Centro de Estudio del Bosque de la Universidad de Quebec en Montreal, entre el 0,5% y el 1% de la superficie forestal canadiense arde cada año de forma habitual, aunque los incendios de esta temporada resultan por ahora menos devastadores que los de 2023, cuando ardieron dieciocho millones de hectáreas.
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El precedente portugués: de incendios «forestales» a «rurales»
Portugal ofrece un antecedente relevante sobre cómo adaptar la respuesta institucional a este nuevo patrón. Desde la aprobación del Real Decreto 82/2021, el país vecino aplica el Sistema de Gestão Integrada de Fogos Rurais, una reforma legal que dejó de calificar oficialmente estos siniestros como «incendios forestales» para pasar a denominarlos «incendios rurales», un cambio terminológico que, según los expertos consultados, refleja el reconocimiento de que el fuego ya no se limita al monte, sino que se ha extendido a fincas agrícolas y a las poblaciones y urbanizaciones diseminadas por el medio rural.
Los especialistas insisten en que este patrón, lejos de ser excepcional, se repetirá con mayor frecuencia en los próximos años, lo que exige que los municipios cuenten con planes de emergencia como los que establece la normativa española sobre protección civil ante incendios forestales. La experiencia portuguesa, junto con los casos registrados en paralelo en Francia, Italia, Escocia, Argelia y Canadá, apunta a que la respuesta a este tipo de catástrofes tendrá que basarse cada vez más en la prevención estructural del territorio, y no únicamente en la capacidad de extinción una vez que el fuego ya se ha desatado.