Un estudio publicado en la revista Nature que analizó datos de 232 millones de personas en 200 países entre 1980 y 2024 revela que la epidemia global de obesidad no avanza a velocidad uniforme. En las regiones más ricas, el ritmo de crecimiento se ha ralentizado o revertido en las últimas décadas; en los países de ingresos medios y bajos, la expansión de la dolencia nunca fue más rápida que en 2024. Los autores advierten de que la tendencia a la obesidad no es inevitable.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) denominó «globesity» al fenómeno de la obesidad como pandemia no infecciosa de escala planetaria, y la comunidad científica lleva décadas manejando esa categoría para describir una de las mayores amenazas de salud pública del siglo XXI. Un estudio publicado en la revista Nature matiza ahora ese diagnóstico sin invalidarlo: la investigación, que analizó datos de 232 millones de personas en 200 países entre 1980 y 2024, revela que la obesidad no ha avanzado con la misma velocidad ni en la misma dirección en todas las regiones del mundo. En los países de altos ingresos, el ritmo de crecimiento se ha frenado o revertido; en los de ingresos medios y bajos, sigue acelerándose.
Majid Ezzati, investigador del Imperial College de Londres y autor principal del estudio, resume el hallazgo con cautela optimista: «Esto ofrece una perspectiva más optimista de que se están logrando avances y cuestiona la visión ampliamente aceptada de que estamos experimentando una epidemia mundial de obesidad». Los autores defienden que la tendencia «no es inevitable» y atribuyen el freno en los países ricos a una combinación de factores sociales, económicos y tecnológicos que influyen en el acceso y el tipo de alimentos disponibles.
El freno en los países ricos: niños primero, adultos después
El patrón que describe el estudio en los países de altos ingresos sigue una secuencia consistente: el crecimiento de la obesidad se frenó primero en los niños y aproximadamente una década después en los adultos. Dinamarca fue la primera nación en registrar esa ralentización, a principios de los años noventa; le siguieron Islandia, Suiza, Bélgica y Alemania. Para mediados de los años 2000, el crecimiento de la obesidad infantil se había estancado en buena parte de los países ricos. Solo Australia, Finlandia y Suecia experimentaron aumentos sostenidos y persistentes en sus niveles de obesidad en menores durante ese periodo.
La mejora llegó antes en mujeres que en hombres en todos los países donde se produjo. Los autores señalan que incluso dentro de las tendencias decrecientes, los países ricos han echado el freno en niveles muy distintos. En Europa Occidental y Japón, la estabilización se produjo cuando la prevalencia de obesidad en adultos se situaba entre el 11% y el 23%. En cambio, en países ricos de habla inglesa como Estados Unidos o Nueva Zelanda, la cifra se estabilizó cuando la obesidad adulta afectaba a entre el 25% y el 43% de la población, umbrales muy superiores que condicionan el punto de partida para cualquier mejora futura.
En España e Italia la obesidad adulta ya disminuye
Entre los países con trayectoria más favorable, el estudio destaca el caso de España e Italia, donde para 2024 la velocidad de expansión de la obesidad adulta se había vuelto negativa: la dolencia no solo se había estabilizado, sino que estaba disminuyendo. Es un dato que los expertos españoles reciben con satisfacción pero también con cautela. Albert Goday, endocrinólogo del Hospital del Mar de Barcelona, describe el estudio como «un poco de luz al final del túnel de la pandemia de obesidad», pero advierte contra una lectura triunfalista: «Se ve que aquel aumento sin parar de la obesidad se ha atenuado en algunas regiones. ¿Nos podemos relajar porque la epidemia está contenida? No. Seguimos con una prevalencia muy alta».
Según datos del Ministerio de Sanidad, el 15% de los adultos y el 7% de los menores en España tienen obesidad, cifras que el propio Goday recuerda como punto de referencia para no perder de vista la escala del problema. Los autores del estudio en Nature también señalan que los nuevos fármacos antiobesidad como el semaglutido —comercializado como Ozempic— son demasiado recientes como para haber influido en las tendencias analizadas, aunque asumen que desempeñarán un papel relevante en la evolución futura de la prevalencia. Su coste, «altamente variable entre proveedores públicos y privados, representa actualmente un obstáculo para aumentar su cobertura y puede incrementar las desigualdades», advierten los propios autores.
En 109 países la velocidad de expansión nunca fue mayor
El contrapeso al optimismo que genera la tendencia en los países ricos es la situación en el resto del mundo. En 2024, la velocidad de expansión de la obesidad fue mayor que nunca entre las mujeres de 84 países y entre los hombres de 109, y casi todos pertenecían a territorios de ingresos medios o bajos. Camille Lassale, investigadora del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), describe el fenómeno como «la transición epidemiológica» que está experimentando el planeta: «Ahora, países de renta media y baja empiezan a tener problemas de países ricos». Ese trasvase está directamente vinculado a la globalización y a la occidentalización de los hábitos alimentarios y de movimiento.
La heterogeneidad dentro del propio mundo pobre es también significativa. En 2024, los niveles de obesidad en países de África Oriental como Etiopía o Ruanda se situaban por debajo del 5%, mientras que en zonas de Europa Central como Rumania o en América Latina se alcanzaban prevalencias de entre el 30% y el 40%. En todos ellos la obesidad aumentaba, pero desde puntos de partida radicalmente distintos. Los autores señalan que los factores determinantes incluyen la distribución de los ingresos, el nivel educativo, las normas culturales sobre la imagen corporal y el acceso a espacios para el ejercicio físico, una combinación de variables que hace que las soluciones deban adaptarse a cada contexto antes que aplicar recetas universales.