La preocupación por el clima cae 25 puntos desde 2019, sobre todo entre jóvenes

18 juin 2026 - 10:42

Un estudio con más de 16.000 encuestados a lo largo de siete años revela que la proporción de españoles que considera el cambio climático un gran problema ha pasado del 67% en 2019 al 42% en 2026, una caída de 25 puntos. El descenso es más pronunciado entre los jóvenes de 16 a 24 años, la generación que mayor exposición a fenómenos extremos sufrirá a lo largo de su vida. Los investigadores distinguen entre despreocupación y negacionismo y apuntan a la fatiga informativa y la policrisis como factores explicativos.

España se preocupa significativamente menos por el cambio climático que hace siete años. La séptima edición del estudio anual sobre consumo sostenible elaborado por CliKoala y el Grupo de Investigación en Psicología Ambiental de la Universidad de Castilla-La Mancha revela que la proporción de ciudadanos que afirma preocuparse mucho por el cambio climático ha pasado del 67% en 2019 al 42% en la última medición de 2026, lo que supone una caída de 25 puntos en el grado de preocupación más intensa. El análisis se basa en 2.000 entrevistas anuales a población española y acumula ya más de 16.000 personas encuestadas desde el inicio de la serie.

Los resultados presentan una paradoja que los propios autores subrayan: el descenso de la preocupación se produce precisamente en el momento en que los científicos advierten de que los fenómenos climáticos extremos serán más frecuentes e intensos en las próximas décadas. Xavier Moraño, director de la investigación, advierte de que la alarma climática puede despertar conciencia, pero cuando se repite sin ofrecer «salidas claras, comprensibles y alcanzables, corre el riesgo de convertirse en cansancio, o algo lejano». El dato no refleja un avance del negacionismo, que los propios investigadores consideran «bastante residual» en España y en Europa, sino lo que el estudio denomina el triunfo de la fatiga y la desconexión emocional.

Una caída de 25 puntos en siete años

La tendencia descendente se inició antes de 2026 y ha sido sostenida a lo largo de toda la serie, con la única interrupción del año 2020, cuando la pandemia concentró la atención pública en una emergencia sanitaria inmediata. A partir de ese punto, la preocupación por el clima no ha recuperado los niveles de 2019. El contexto que los investigadores identifican como determinante es el de la policrisis: la acumulación simultánea de crisis económicas, geopolíticas, energéticas y sociales que han reordenado las prioridades de la ciudadanía. Álex Fernández Muerza, periodista científico y profesor de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), lo resume con claridad: «El conocimiento y la preocupación por el cambio climático siguen ahí, solo que han sido desbordados por otros malos climas como las guerras, la inestabilidad política, económica y social, la vivienda, la sanidad, el empleo».

El mecanismo psicológico que subyace al descenso tiene dos expresiones distintas según el perfil de cada persona. En algunos casos, la menor conexión emocional con el problema se traduce en hábitos de consumo más moderados pero sostenidos. En otros, deriva en distancia, baja implicación y desconexión. Moraño señala que la sostenibilidad «no desaparece, pero pierde centralidad» en la jerarquía de preocupaciones cotidianas, y que los siete años de la encuesta revelan que «funciona mejor cuando conecta con el orgullo, la utilidad y la coherencia personal que cuando se apoya únicamente en la culpa o en la obligación».

Los jóvenes, del 70% al 30%

La brecha generacional es el dato más llamativo del estudio. Los jóvenes, que en 2019 figuraban entre los perfiles más preocupados por el cambio climático, son ahora quienes registran la caída más pronunciada. Entre los hombres de 16 a 24 años, la preocupación intensa ha pasado del 68% al 27%; entre las mujeres del mismo grupo de edad, del 74% al 35%. En el extremo opuesto, los mayores de 65 años muestran una resistencia mucho mayor al descenso, con una evolución considerablemente más estable a lo largo de los siete años de la serie.

La paradoja es que los jóvenes de hoy son precisamente la generación que mayor exposición a fenómenos climáticos extremos sufrirá a lo largo de su vida, incluso en el escenario más optimista de limitación del calentamiento global por debajo de los dos grados centígrados que los expertos fijan como línea roja. Fernández Muerza, que lleva años analizando el conocimiento climático del estudiantado universitario, apunta a una desconexión política como factor explicativo adicional: «No ven la relación entre votar en unas elecciones y su influencia en las medidas climáticas». La falta de percepción de agencia política sobre el problema contribuye, según su análisis, a trasladar la preocupación al plano de lo inevitable antes que al de lo transformable.

Policrisis, resignación y el papel de las redes sociales

Moraño introduce el concepto de resignación como tercer factor explicativo, junto a la fatiga informativa y la policrisis. «La ansiedad que genera un problema se puede canalizar de dos maneras, con acción e implicación, sintiendo que se es parte de la solución, o con frustración, con la sensación de que el problema nos excede y que no hay nada que hacer», explica el investigador. Cuando la segunda respuesta se impone, la preocupación no desaparece pero deja de traducirse en conducta o en demanda política.

El modo en que los jóvenes acceden a la información agrava el problema. Según datos del Reuters Institute for the Study of Journalism recogidos en el estudio, el 39% de los jóvenes de 18 a 24 años señala las redes sociales como su principal fuente de noticias, por encima de las webs y aplicaciones de medios, que han caído al 24%. Sergio Arce García, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja, advierte de que los algoritmos de esas plataformas priorizan «contenidos emocionales, polémicos y llamativos por encima de mensajes rigurosos y veraces» y que existe «una industria dedicada a propagar odio y desinformar» cuyo blanco predilecto es la información climática. El estudio concluye que revertir la tendencia exige no solo recordar la gravedad del problema sino también mostrar que actuar todavía tiene sentido y que las decisiones políticas y económicas tienen un impacto real y verificable sobre el clima.

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