El papa León XIV visitó este jueves el muelle de Arguineguín, en Gran Canaria, para rendir homenaje a las personas migrantes fallecidas en el Atlántico y lanzar desde allí un llamamiento a los gobiernos, a las instituciones internacionales y a la propia Iglesia Católica. El pontífice, que estuvo acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, advirtió de que el Mediterráneo y el Atlántico no pueden seguir siendo «cementerios sin lápidas» y subrayó que «la dignidad humana no tiene pasaporte».
El papa León XIV —nombre pontificio de Robert Prevost— cerró este jueves la etapa canaria de su visita a España con un acto en el muelle de Arguineguín, en el municipio de Mogán (Gran Canaria), convertido en símbolo del drama migratorio en la ruta atlántica. Es la primera vez que un pontífice visita las Islas Canarias. Acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, León XIV dirigió un discurso en el que interpeló a las naciones de origen, a las de tránsito, a Europa y a la comunidad internacional para que asuman cada una su parte de responsabilidad ante las muertes en el mar. «Este drama debe convertirse en examen de conciencia», afirmó el papa ante los presentes en el recinto portuario.
El lugar elegido para el acto tiene una carga histórica precisa. En el verano de 2020, el muelle de Arguineguín acogió un campamento improvisado en el que miles de personas migrantes llegadas en patera o cayuco permanecieron hacinadas durante semanas en condiciones que la prensa y las organizaciones humanitarias describieron como indignas. El espacio, que pasó a conocerse popularmente como el «muelle de la vergüenza», se convirtió en uno de los momentos más visibles de la presión migratoria sobre las islas en los últimos años. La elección de ese escenario para la intervención del pontífice no fue casual: León XIV aludió expresamente a El Hierro, «esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad», que ha recibido a miles de personas «confiadas a la fragilidad de un cayuco».
El muelle de la vergüenza como escenario
El discurso de León XIV en Arguineguín estuvo estructurado en torno a una interpelación distribuida entre cuatro actores. Las naciones de origen, dijo, «deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo». Las de tránsito están «llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales». Europa «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». Y la comunidad internacional está «llamada a una cooperación eficaz y perseverante». La fórmula del examen de conciencia compartido busca distribuir la responsabilidad sin circunscribirla a un único actor político o institucional.
El pontífice rechazó que la gestión de la migración pueda reducirse a la acumulación de cifras o al refuerzo de fronteras. «No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera», afirmó. León XIV insistió en que el migrante no puede seguir siendo «una categoría y una cifra», y argumentó que la empatía real solo surge cuando se comprende que a cualquiera podría corresponderle esa situación. Solo entonces, dijo, «la conciencia se queda sin excusas». También reconoció el trabajo de Cáritas y de Salvamento Marítimo, dando las gracias «a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento».
Una interpelación a Europa y a la Iglesia
Junto a los gobiernos y las instituciones, el papa dirigió una parte significativa de su discurso hacia el interior de la propia Iglesia Católica. «La Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas», afirmó, advirtiendo de que la atención a los migrantes «no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». León XIV reclamó que la acogida sea una responsabilidad colectiva de las comunidades religiosas y no una tarea externalizada a organizaciones especializadas. «No podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras», señaló, en una formulación que reproduce la parábola evangélica del buen samaritano sin citarla de manera explícita.
El pontífice defendió también el derecho de las personas a «no tener que migrar», es decir, a poder permanecer en sus lugares de origen sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin que la tierra se vuelva inhabitable. Esta distinción entre migración forzada y migración como elección libre lleva décadas en el centro del debate de las organizaciones humanitarias, que sostienen que las políticas de control de fronteras no abordan las causas estructurales de los desplazamientos. León XIV situó el argumento en un marco moral antes que político, pero su formulación coincide en lo sustancial con el enfoque de entidades como Cáritas Internacional o el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
El Pacto de Migración, en el trasfondo
El discurso del papa en Arguineguín se produjo un día antes de la entrada en vigor del Pacto Europeo de Migración y Asilo, el marco regulatorio que el Parlamento Europeo completó esta semana con la aprobación del reglamento de retornos. El texto, que autoriza la creación de centros de internamiento en terceros países fuera de la Unión Europea (UE) para personas cuyas solicitudes de asilo hayan sido rechazadas, fue aprobado con el respaldo del Partido Popular Europeo (PPE) y los grupos de extrema derecha, y contra la oposición del bloque progresista. Organizaciones no gubernamentales (ONG) como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Save the Children y Médicos Sin Fronteras (MSF) han advertido de que la norma «será devastadora» y han alertado de las consecuencias médicas de un mayor número de personas «atrapadas, detenidas y privadas de seguridad y protección en toda Europa».
La visita del papa a Canarias no incluyó ninguna referencia explícita al Pacto europeo ni a sus términos concretos. León XIV optó por un lenguaje de principios antes que por una crítica institucional directa. Esa contención no impide que el trasfondo legislativo confiera a sus palabras una resonancia política inmediata: el pontífice habló de la obligación de proteger a las personas migrantes en las rutas de tránsito en el mismo momento en que Europa culmina la construcción de un marco regulatorio cuya orientación va en sentido contrario, según las organizaciones humanitarias. La pregunta que dejó formulada en el muelle de Arguineguín —«¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?»— no admite respuesta fácil el día antes de que ese pacto entre en vigor.