La España que encontrará León XIV: claves de una fe católica en transformación

06 juin 2026 - 14:47

El papa León XIV llegará a España el 6 de junio en un contexto religioso radicalmente distinto al de la visita de Benedicto XVI en 2011. El porcentaje de católicos ha caído veinte puntos en quince años, hasta el 53% según las series históricas del Centro de Investigaciones Sociológicas. El país no se ha vuelto ateo, sino espiritualmente más complejo: la relación con la fe es más fluida, más individualizada y, entre los jóvenes, experimenta un tímido repunte.

Cuando Benedicto XVI visitó España en agosto de 2011, el 71,7% de los españoles se consideraba católico según las series del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En 2026, esa cifra ha caído al 53%. En el mismo periodo, Italia ha pasado del 75% al 72% de población católica, Polonia del 83% al 83%, y Alemania del 57% al 50%. El ritmo de secularización español es, en términos comparados, acelerado. El Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) de 2025, que incluye a toda la población residente con independencia de su nacionalidad, ofrece un retrato aún más matizado: el 49% de quienes viven en el país dice tener creencias religiosas, frente a un 51% que no las tiene.

La visita de León XIV se produce en este contexto de transformación sostenida. El papa llegará a una España que ha cambiado más en términos de fe que en casi ningún otro ámbito de la vida social en los últimos tres lustros, y lo hará ante una comunidad creyente más pequeña, más fragmentada y diversa en su relación con la institución eclesiástica que la que recibió a su predecesor.

  1. Veinte puntos menos en quince años: el declive del catolicismo en cifras 

La caída de la identificación católica en España tiene una dimensión cuantitativa que las series del CIS documentan con claridad. Del 71,7% de 2011 al 53% de 2026 hay una distancia de casi veinte puntos que no tiene equivalente en ningún otro país europeo de tradición católica comparable. Italia y Polonia mantienen niveles muy superiores de identificación religiosa, y Alemania, con su tradición protestante y católica mixta, retrocede a un ritmo mucho más lento.

El propio barómetro del CIS de mayo de 2026 recoge que el 56,1% de los encuestados se define como católico, practicante o no practicante. Pero cuando se pregunta por la frecuencia de asistencia a misa, solo el 18% dice acudir al menos una vez al mes. La brecha entre identidad declarada y práctica efectiva es uno de los rasgos más característicos del catolicismo español contemporáneo: un catolicismo sociológico, heredado por ósmosis cultural, que coexiste con una desafección creciente hacia la institución y sus doctrinas.

La antropóloga Mónica Cornejo-Valle, de la Universidad Complutense, señala que esa división «no ocurre en todos los lugares del mundo, solo en los países donde ha habido una historia de monopolio católico y una fuerte vinculación Iglesia-Estado». 

  1. España no se vuelve atea: la espiritualidad mestiza

Otro dato que ofrecen los estudios recientes sobre religiosidad en España es que el descenso del catolicismo no equivale a un avance del ateísmo militante. El BREC de 2025 muestra que el 45% de los encuestados dice creer mucho o bastante en la existencia del alma, el 40% en las energías, el 35% en la vida después de la muerte y el 26% en los ángeles. La astrología concita el respaldo del 21% y la reencarnación del 20%. Estas cifras no son propias de una sociedad que haya abandonado la espiritualidad, sino de una que la ha reconfigurado.

Mar Griera, investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautora del informe BREC, describe el fenómeno con precisión: «Históricamente, hablábamos de una población atea y una población católica. Hoy en día es mucho más complejo». Los dogmas son más porosos, la religión ya no se entiende como un conjunto ideológico cerrado sino que cada creyente selecciona lo que le conviene. El ateísmo, por su parte, es menos político y militante, más abierto a experimentar con otras formas de espiritualidad. La conclusión de los expertos consultados por los investigadores es que España no se está volviendo atea, sino espiritualmente mestiza.

  1. Los jóvenes: el único grupo donde el catolicismo frena su caída

Entre los menores de 30 años, el porcentaje de quienes se identifican como católicos cayó de manera pronunciada entre 2010 y 2022, pero las series más recientes apuntan a una estabilización e incluso a un tímido repunte. Es el único grupo de edad en el que se observa ese cambio de tendencia. En todos los demás tramos —de 30 a 44, de 45 a 64 y mayores de 65— la curva sigue siendo descendente, aunque con ritmos distintos.

El sociólogo Rafael Ruiz, doctor en Ciencias de las Religiones, atribuye este fenómeno a varios factores que se refuerzan entre sí. La ausencia de educación religiosa previa elimina tanto el rechazo como la obligación, lo que permite una aproximación más libre a la fe. La inseguridad material también opera como factor: en una época en que el acceso a la vivienda o la construcción de un proyecto de vida resultan cada vez más difíciles, «hay una conexión importante entre las posiciones de fragilidad y vulnerabilidad y la pregunta por lo religioso», señala Ruiz.

Lauro Martín, sacerdote y director del Centro Juvenil de Atocha, añade una lectura desde el interior de la institución: «Hemos dejado atrás la generación que vivió la religión impuesta. Muchos de los prejuicios que había antes ya han desaparecido». 

  1. Las mujeres: mayoría en los bancos, minoría en el altar

El BREC de 2025 documenta una brecha de género significativa en la religiosidad española: el 56% de las mujeres se considera religiosa frente al 46% de los hombres. Las mujeres son el sostén demográfico de la Iglesia activa, representan aproximadamente el 80% de la práctica cotidiana y constituyen la mayoría de los voluntarios en eventos como la visita papal. Sin embargo, llevan siglos excluidas de los espacios de decisión institucional.

Cornejo-Valle describe esta paradoja con una imagen precisa: «Las mujeres funcionan un poco como la clase obrera del sistema eclesiástico. Sucede en muchas religiones que, cuando nacen, están más abiertas a los liderazgos femeninos, pero cuando se consolidan socialmente, se las aparta». El papa Francisco intentó revertir parcialmente esa exclusión durante su pontificado, pero el proceso quedó inconcluso. La posición de León XIV en esta materia es uno de los interrogantes que la comunidad creyente española seguirá con más atención durante la visita. El cruce de género y edad introduce matices adicionales: en la franja de 25 a 34 años, los porcentajes de hombres y mujeres creyentes son prácticamente idénticos, en torno al 44%.

  1. La Iglesia como actor político: de los debates morales al pacifismo

La agenda política de la jerarquía eclesiástica española ha experimentado un desplazamiento de foco en la última década. Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, la Iglesia concentró su activismo político en los debates sobre el matrimonio igualitario y el aborto, en una confrontación directa con las legislaturas socialistas de principios de siglo. Ese activismo conservador no ha desaparecido —organizaciones como Hazte Oír o Abogados Cristianos mantienen una presencia mediática relevante— pero la jerarquía ha ampliado su agenda hacia temas más vinculados a la tradición progresista: el pacifismo, la acogida de personas migrantes y la justicia social.

Esta reorientación genera tensiones internas. Cornejo-Valle señala que «hay una guerra cultural interna» en la que «algunos grupos de católicos se han aliado con el mundo evangélico más conservador de Estados Unidos». El escándalo de los abusos sexuales en el seno de la institución ha erosionado además su autoridad moral en amplios sectores de la sociedad: desde 2018, El País ha contabilizado más de tres mil víctimas de pederastia y más de mil seiscientos presuntos agresores. El acuerdo entre la Iglesia y el Estado español para reparar a las víctimas lleva en vigor apenas unos meses. La España que encontrará León XIV es un país en el que la institución sigue siendo capaz de movilizar a decenas de miles de voluntarios, pero donde su influencia cultural y moral ha retrocedido de forma sostenida durante una generación.

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