Edgar Morin o la resistencia a la estupidez de las certezas

30 mai 2026 - 09:19

Edgar Morin ha muerto a los 104 años. La noticia invita al homenaje, pero quizá el mejor homenaje consista en hacer lo que él hizo durante toda su vida: pensar.

Pensar, en su caso, no significaba acumular conocimientos ni exhibir erudición. Significaba algo mucho más difícil: resistirse a la tentación de simplificar el mundo.

Pocas figuras intelectuales han resultado tan necesarias para comprender nuestro tiempo y, al mismo tiempo, tan incómodas para las certezas que dominan el debate público. Mientras las sociedades contemporáneas se acostumbraban a dividir la realidad en bloques cada vez más rígidos —izquierda o derecha, Occidente u Oriente, patriotas o traidores, buenos o malos—, Morin insistía en recordar una verdad elemental que parece haberse vuelto revolucionaria: la realidad es compleja.

No era una teoría académica. Era una forma de mirar.

La había aprendido mucho antes de convertirla en filosofía. Nacido en París en 1921 en una familia judía sefardí procedente de Salónica, conoció desde muy temprano la fragilidad de la existencia. La muerte de su madre cuando apenas tenía seis años dejó una huella imborrable. Después llegaron la Guerra Civil española, el ascenso de los fascismos, la ocupación nazi y la Resistencia francesa.

Aquella experiencia le enseñó algo que marcaría toda su trayectoria intelectual: la historia nunca es simple. Los seres humanos tampoco.

Como tantos jóvenes de su generación, encontró en el comunismo una esperanza frente a la barbarie. Militó en el Partido Comunista Francés y participó activamente en la Resistencia. Pero también tuvo la lucidez de romper con el estalinismo cuando comprendió que las ideologías pueden terminar devorando los ideales que las hicieron nacer.

Desde entonces siguió siendo un hombre de izquierdas, pero dejó de pertenecer a cualquier iglesia política.

Esa independencia fue una constante. Criticó a Israel cuando creyó que debía hacerlo, sin dejar por ello de combatir el antisemitismo. Defendió la cultura rusa cuando muchos reclamaban su cancelación. Cuestionó los excesos del capitalismo global sin refugiarse en nostalgias autoritarias. Rechazó las unanimidades porque desconfiaba de cualquier pensamiento que expulsara la duda.

En una época que premia la pertenencia a una tribu, Morin eligió la libertad intelectual.

Su gran aportación fue el pensamiento complejo. Una expresión aparentemente académica que encierra una intuición profundamente humana. El conocimiento moderno había logrado avances extraordinarios gracias a la especialización, pero esa misma especialización había fragmentado nuestra comprensión del mundo.

Cada disciplina sabía cada vez más sobre una parcela cada vez más pequeña de la realidad.

Morin percibió el peligro de esa fragmentación y dedicó casi treinta años a escribir El Método, una obra monumental de seis volúmenes que constituye uno de los esfuerzos intelectuales más ambiciosos del siglo XX. Su propósito era reconstruir los puentes que el saber moderno había roto.

Comprender que el ser humano es al mismo tiempo naturaleza y cultura. Que la razón necesita dialogar con la emoción. Que el orden y el desorden forman parte de una misma realidad. Que los grandes problemas del mundo no pueden resolverse desde una única perspectiva.

Por eso su obra resulta hoy tan actual.

Vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de comprensión. Las redes sociales aceleran los juicios. Los algoritmos recompensan la indignación. La política se alimenta de consignas cada vez más simples para problemas cada vez más complejos.

Morin dedicó toda su vida a combatir esa tentación.

No luchó contra una ideología concreta. Luchó contra la simplificación. Contra la comodidad de las respuestas automáticas. Contra la arrogancia de quienes creen poseer verdades definitivas.

A los 104 años, Edgar Morin deja una paradoja. Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para conocer el mundo y, sin embargo, pocas veces habíamos mostrado tanta dificultad para comprenderlo. Él dedicó toda su vida a tender puentes entre fragmentos dispersos de la realidad. Ahora que ya no está, la tarea sigue ahí, esperando a quienes todavía crean que pensar es algo más que elegir un bando.

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