Aniversario del 15-M: el voto del malestar que ahora alimenta a Vox

16 mai 2026 - 14:49

 La misma energía política que en mayo de 2011 llenó las plazas de España con demandas de más y mejor democracia alimenta hoy, quince años después, a la formación que menos comparte esa aspiración. El sustrato de indignación que convirtió a Podemos en la primera fuerza en intención de voto en noviembre de 2014 ha cambiado de destinatario sin cambiar de naturaleza. Es un descontento que no encontró respuesta institucional, que sobrevivió al fracaso de la «nueva política» y que Vox ha sabido canalizar con más eficacia que ningún otro actor actualmente en liza. El sistema de partidos que el 15-M rompió no ha vuelto a recomponerse de la misma manera, y la fractura que introdujo sigue produciendo efectos que ninguno de sus protagonistas habría anticipado.

El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) inmediatamente anterior al estallido del movimiento registraba un 77,2% de intención de voto combinado para el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP). Ese bipartidismo, solo imperfecto por la dimensión nacional periférica española, mutó primero en un multipartidismo con pretensiones transformadoras —Podemos, Ciudadanos— y ha desembocado tres lustros después en un esquema en que la única mayoría estable obliga a los dos grandes partidos a gobernar juntos o a neutralizarse mutuamente por el mismo electorado, con Vox como la tercera pata de la mesa. Juan Carlos Monedero, politólogo y cofundador de Podemos, lo ha expresado con una crudeza que suena a epitafio: «Las vacunas que puso Podemos para no ser un partido clásico ya no existen».

La formación que prometió traducir aquella energía en reformas estructurales perdió en el camino su perfil propio, acabó fragmentado aún más una izquierda dividida y compartió el espacio electoral con un PSOE que tampoco supo resolver las demandas centrales de aquellas protestas. El vacío dejado por ese doble fracaso no permaneció neutro. César Calderón, director de la consultora Red Lines, ha señalado recientemente en un análisis publicado en medios que la formación de Santiago Abascal es «más eficaz a la hora de construir el relato del agravio» que cualquiera de las fuerzas surgidas de aquel experimento político. Calderón llega más lejos en su diagnóstico: «Vox es el último hijo vivo del 15M», una tesis que entiende el auge ultraderechista no como una reacción a las movilizaciones de 2011, sino como su prolongación torcida.

El problema no se circunscribe a los partidos que prometieron cambiarlo todo desde dentro. Ismael Peña-López, profesor de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), sostiene que la Administración pública ha empeorado desde 2011 en servicios esenciales como la educación, la sanidad o la justicia. Esa degradación ha producido una forma de desencanto cualitativamente diferente al de los indignados, más cercana a la antipolítica que a la reivindicación cívica. La encuestadora Metroscopia estimó el año pasado que el 76% de la ciudadanía considera que el Estado no funciona, una cifra que mide la escala del daño y que no distingue entre quienes bajaron a las plazas en 2011 y quienes crecieron después.

Los datos que más incomodan en este aniversario no son los del desempleo ni los de la vivienda, sino los de la orientación ideológica de quienes tenían entre tres y diecinueve años cuando se instalaron las primeras acampadas en la Puerta del Sól. Ignacio Urquizu, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid y autor de Generación 15-M, ha documentado que el 40% de los menores de 35 años se ubica ya en la derecha, un dato que no tiene parangón en la historia democrática española. El propio Urquizu ha recogido el testimonio de un joven votante de Vox que lo expresa con precisión involuntaria. «El sistema es de izquierdas y yo soy antisistema, por eso voto a Vox». Entre los chicos menores de veinticuatro años, el 51% considera que se ha llegado demasiado lejos en la promoción de la igualdad de género.

Quince años son tiempo suficiente para que un movimiento político se transforme en su contrario. Lo que el 15-M desencadenó no fue un cambio de fondo, sino un proceso de desestabilización que liberó energías sin encauzarlas. Esa fuerza ha tomado formas distintas según el momento histórico, el relato disponible y la capacidad de cada actor para traducir el descontento en votos. En 2011 fluyó hacia la izquierda. Quince años después lo hace, en proporciones crecientes, hacia la derecha. El aniversario no arroja una respuesta sobre si la voluntad transformadora que animó las concentraciones de 2011 sobrevive en ese sustrato de malestar. Lo que sí deja claro es que ese sustrato existe, que sigue siendo determinante y que quienes mejor lo comprenden actualmente son quienes menos comparten sus aspiraciones originales.

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