Cuarenta días de odisea en el Atlántico: cómo el hantavirus atrapó al Hondius

11 mai 2026 - 22:30

La reconstrucción del brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius revela una cadena de omisiones que se extendió durante tres semanas: una naviera que tardó más de 20 días en activar el máximo nivel de emergencia, 30 pasajeros dispersados por el mundo sin aviso sanitario y un diagnóstico que llegó cuando ya había dos muertos. El episodio expone las limitaciones del marco normativo internacional y la ausencia en España de la agencia de salud pública cuyo reglamento lleva años pendiente.

El 1 de abril de 2026, 114 pasajeros y 61 tripulantes embarcaron en Ushuaia, Argentina, a bordo del MV Hondius para un crucero de expedición polar de seis semanas con destino a Cabo Verde. El buque, operado por la naviera holandesa Oceanwide Expeditions, ofrecía un itinerario por algunos de los lugares más remotos del planeta: las islas Georgias del Sur, Tristan da Cunha, Santa Elena y Ascensión. Las tarifas oscilaban entre 15.000 y 24.000 euros por persona. Cuarenta días después, el crucero fondeó frente a Tenerife con tres muertos a bordo, decenas de posibles contagiados dispersados por el mundo y un operativo internacional de evacuación sin precedentes. Esta es la reconstrucción de lo que ocurrió.

El perfil del pasaje era el propio de un crucero de aventura de alta gama: fotógrafos de fauna, observadores de aves, coleccionistas de lugares remotos y, en un grupo más joven, un puñado de influencers y travel bloggers que documentaban el viaje en Instagram y TikTok. Entre ellos, el turco Ruhi Çenet, uno de los testimonios más completos de lo ocurrido a bordo, y el fotógrafo estadounidense Jake Rosmarin. También 14 ciudadanos españoles, entre ellos el ornitólogo Ricardo Hevia, de Cariño, Galicia.

  1. El primer muerto y el silencio de la naviera

Entre el 4 y el 6 de abril, un pasajero holandés de 70 años que había recorrido Chile y Argentina durante los cuatro meses anteriores al crucero comenzó a presentar síntomas de fiebre, diarrea y dolor de cabeza. Permaneció en su camarote con su esposa sin mezclarse con el resto del pasaje. El 11 de abril murió a bordo. El médico del barco comunicó al capitán que no había infección. El capitán lo anunció al pasaje. La vida a bordo continuó con normalidad: conferencias, excursiones en zodiac, cenas compartidas. El cuerpo del holandés fue trasladado a la cámara frigorífica del barco, donde permanecería dos semanas.

Lo que nadie sabía entonces es que la viuda del fallecido, que a partir de ese momento pasó casi todo el tiempo en su camarote, estaba ya enferma. Otros pasajeros se reunieron a su alrededor para consolarla, con contacto estrecho y prolongado. El MV Hondius navegó hacia Tristan da Cunha —el archipiélago habitado más remoto del planeta— y los pasajeros desembarcaron, hicieron excursiones, cenaron y bebieron cerveza con los isleños y dieron charlas en la escuela local. Seis nuevos pasajeros subieron al barco antes de que zarpara. La naviera no activó ningún protocolo de aislamiento. Según el influencer Çenet, ojalá «no hubiéramos desembarcado allí tras la primera víctima, porque junto a nosotros había 100 pasajeros más interactuando con los isleños».

  1. Los 30 de Santa Elena: pasajeros perdidos en el Atlántico

El 24 de abril, el Hondius llegó a la isla de Santa Elena, primera parada con aeropuerto desde Ushuaia. Era el final del viaje para 30 pasajeros, que recogieron sus maletas y siguieron con sus vidas. Nadie les dijo nada. Nadie les recomendó vigilar síntomas. Entre ellos estaba la viuda holandesa, que según Çenet viajaba en silla de ruedas «con la cabeza caída» durante el vuelo a Johannesburgo. La imagen era elocuente, pero ninguna alarma se activó. La mujer empeoró durante el vuelo, se desmayó al embarcar en el avión que debía llevarla a Holanda y murió al llegar a urgencias el 26 de abril.

La naviera reconocería en un comunicado posterior que fue informada de su fallecimiento el 27 de abril, tres días después de que Çenet la viera en silla de ruedas. Oceanwide nunca explicó esa brecha. Y los 30 pasajeros que habían desembarcado en Santa Elena —de entre 12 y 14 nacionalidades distintas, según la propia naviera, que nunca concretó la horquilla— se distribuyeron por el mundo sin que ninguna autoridad sanitaria hubiera sido alertada. Pasarían semanas antes de que los mecanismos internacionales de rastreo lograran localizarlos a todos.

  1. El diagnóstico que llegó 21 días tarde

El 27 de abril, un pasajero británico enfermó a bordo con fiebre alta y signos de neumonía y fue evacuado desde la isla de Ascensión hasta Sudáfrica. El capitán comunicó al pasaje que le habían realizado «miles de pruebas» y que no había dado positivo en nada. Dos días después, el 28 de abril, una mujer alemana de aproximadamente 80 años comenzó a sentirse mal. El 2 de mayo murió en el barco. Ese mismo día, los análisis practicados en Sudáfrica al británico evacuado confirmaron por primera vez la infección por hantavirus: el virus de los Andes, la única cepa conocida capaz de transmitirse de persona a persona. Habían pasado 21 días desde la primera muerte a bordo.

El médico del barco y su ayudante habían enfermado también durante la travesía —ambos con hantavirus confirmado—, lo que dejó la atención sanitaria en manos del doctor Stephen Kornfeld, un oncólogo jubilado de Oregón que viajaba como observador de aves y que se ofreció a ayudar. Trabajó hasta 18 horas diarias con los recursos de una enfermería de crucero diseñada, en sus propias palabras, «para un par de días». El 2 de mayo, el Reino Unido —al que pertenecen administrativamente Santa Elena, Tristan da Cunha y Ascensión— notificó a la OMS la existencia del brote. El MV Hondius puso rumbo a Cabo Verde, donde las autoridades no autorizaron el desembarco. Comenzó entonces la información pública, más de un mes después de que zarparse el crucero.

  1. Lo que el marco normativo no cubre

La crisis del Hondius pone en tensión el Reglamento Sanitario Internacional (RSI), aprobado en 2005 como principal instrumento de la OMS para gestionar alertas transfronterizas. El RSI obliga a los países a notificar rápidamente los casos sospechosos y a cumplir las peticiones del organismo, pero carece de mecanismos coercitivos si un Estado se niega. Dos países directamente implicados —Estados Unidos, con 17 nacionales a bordo, y Argentina, desde donde zarpó el buque— habían abandonado la OMS en los meses previos a la crisis, lo que añadía una capa de incertidumbre jurídica a la gestión del brote.

El caso también expone una laguna específica: el RSI no regula el acceso a vacunas ni tratamientos en caso de emergencia, el vacío que debía cubrir el anexo de acceso a patógenos y reparto de beneficios (PABS) del tratado global contra las pandemias aprobado en 2025. Ese anexo fracasó en su negociación el 1 de mayo, el mismo día en que el Hondius fondeaba frente a Cabo Verde.

En España, los expertos consultados coinciden en que parte de los problemas de coordinación se habrían reducido si la Agencia Estatal de Salud Pública —cuyo reglamento lleva años pendiente de publicación— estuviera ya en funcionamiento. «Incluso habría permitido una portavocía técnica e independiente», señaló el profesor José Martínez Olmos, de la Escuela Andaluza de Salud Pública. La coordinación internacional fue calificada de «impecable» una vez activada la alerta, pero los tres días de retraso en la notificación al organismo mundial marcaron el alcance del brote que la evacuación de Tenerife se encargó de contener.

  1. La naviera que comunicó a cuentagotas

La naviera Oceanwide habilitó un único contacto para los medios de todo el mundo y respondió exclusivamente mediante comunicados. Las preguntas concretas no recibieron respuesta. Cuando varios medios preguntaron por los 30 pasajeros desembarcados en Santa Elena, la empresa señaló que «no estaba en posición de compartir esa información». Al día siguiente, con la noticia ya en todos los medios internacionales, Oceanwide emitió un comunicado que tampoco aclaraba cuántos de esos pasajeros seguían sin localizar. Las cifras totales de pasajeros a bordo cambiaron varias veces a lo largo de la crisis.

La brecha entre lo que vieron los pasajeros y lo que reconoció la empresa plantea preguntas jurídicas. Çenet vio a la viuda en silla de ruedas el 24 de abril; Oceanwide afirma que supo de su muerte tres días después. Lawrence Gostin, asesor de la OMS y fundador de la cátedra O’Neill de Derecho Sanitario Internacional, señaló que la naviera «podría haber incurrido en un incumplimiento del Reglamento Sanitario Internacional», que exige notificación rápida y transparente. Para el asesor de comunicación de crisis Nicolas Luc, no hubo un plan premeditado: la empresa fue «respondiendo a los acontecimientos, tropezando y viendo lo que ocurre».

 

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