Un estudio realizado en el Reino Unido en 2023 documenta que tres de cada diez jóvenes reconocen haber tenido conductas de control o manipulación en sus relaciones afectivas. Los psicólogos advierten de que el amor romántico posesivo vuelve a instalarse entre las nuevas generaciones pese al avance del feminismo. La incertidumbre vital, los modelos culturales que romantizan los celos y el auge de comunidades digitales radicales confluyen en el fenómeno.
Tres de cada diez jóvenes reconocen haber tenido comportamientos de control o manipulación en sus relaciones afectivas, según un estudio realizado en el Reino Unido en 2023. De ese grupo, el 41% sitúa esas conductas en el ámbito de la pareja y el 47% en el familiar. El dato llama la atención porque se produce en una generación que ha crecido con el feminismo como referente cultural y con el movimiento #MeToo como telón de fondo. Las conductas documentadas incluyen el control activo —revisar el móvil, exigir contraseñas, imponer distancia de amigos y familia— y la manipulación más sutil, como las amenazas de autolesión, el chantaje emocional o los castigos de frialdad intermitente.
Ester tiene hoy treinta años y lleva ocho sin saber nada del chico con el que salió a los diecisiete. Lo conoció en el instituto y, en los primeros meses, tuvo que lidiar con sus celos y un control que avanzó de manera gradual pero sistemática. Primero fueron las contraseñas y el móvil. Después, los amigos y los contactos en redes. Cuando fue a vivir con él a los diecinueve, la situación empeoró: él decidía qué ropa podía llevar, con quién se relacionaba y adónde iba. Sus padres le recomendaban que lo dejara. La violencia fue sobre todo psicológica. «Intenté que mi mundo fuera él y lo logró», reconoce. Aun así, se quedó un año más.
Celos, Hollywood y la manosfera
Los jóvenes entrevistados en aquel estudio normalizaban insultos o empujones por parte de su pareja. Los psicólogos señalan que el desconocimiento de lo que es una relación sana actúa como obstáculo tanto para quienes los sufren como para quienes los causan. El contexto cultural refuerza el problema. Mientras el feminismo mainstream ha tratado de deconstruir el modelo de amor romántico heredado de las producciones de Hollywood, ese amor vuelve a triunfar en la pantalla. La nueva adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas, la novela de Emily Brontë de 1847, retoma el amor obsesivo y posesivo de Heathcliff como objeto de deseo antes que como advertencia. La literatura recoge el mismo fenómeno: el libro Comeras flores, de la gallega Lucía Solla Sobral, narra la historia de una mujer deslumbrada por un hombre veinte años mayor cuyo amor acaba consumiendo su autoestima; ha alcanzado más de veinte ediciones en sus primeros seis meses.
En paralelo, las redes sociales amplifican comunidades digitales en las que los celos se presentan como prueba de amor y el control como expresión de compromiso. Destacan por su crecimiento dos fenómenos: la manosfera, conjunto de comunidades que desprecian a las mujeres o reivindican la supremacía masculina, y el movimiento trad wife, integrado por mujeres que defienden los roles de género tradicionales y la sumisión hacia el marido. Pedro Altungy, profesor de Psicología en la Universidad Europea de Madrid (UEM) y experto en procesos de radicalización, señala que estas comunidades funcionan como grupos de referencia para muchos jóvenes que han perdido otros referentes colectivos.
Confundir intensidad con amor
La psicóloga sanitaria Elena Daprá, experta en bienestar psicológico, sitúa el origen del problema en un malentendido fundamental. «Confundimos intensidad con vínculo y control con amor», afirma. Las dinámicas disfuncionales se alimentan de la inseguridad emocional, del miedo al abandono y de los modelos de pareja poco elaborados que se han interiorizado desde la infancia. «El amor no debería doler más de lo que sostiene», añade. Un vínculo que limita la autonomía de la otra persona, que la aísla o la hace sentir culpable por sus decisiones no responde a una expresión de afecto sino a una necesidad de posesión. «Una relación sana te expande; una insana te reduce», concluye.
Sara tenía diecisiete años cuando conoció a Javier, su primer novio. «Desde que nos dimos el primer beso fue todo muy intenso», recuerda; pensaban que aquello era muy bonito. Cuando empezó la universidad, él comenzó a exigirle más atención, a hacerla sentir culpable por salir con sus amigas y a controlar su vestuario. Romper no fue sencillo, con chantajes emocionales y promesas de cambio. «No sé de dónde saqué la frialdad, pero lo hice», dice. Daprá explica que la dificultad de romper no reside solo en la persona amada, sino en todo lo que se proyecta en ella. «No solo estamos enganchados a la persona, sino a la esperanza», señala.
La incertidumbre como acelerador
Altungy introduce una dimensión sociológica que completa el análisis. La generación joven actual afronta una acumulación de incertidumbres que no tiene precedente inmediato: la crisis de acceso a la vivienda, la precariedad laboral, el cambio climático y el peso psicológico de los conflictos armados en tiempo real. Cuando alguien carece de referentes colectivos sólidos y cuenta al mismo tiempo con un modelo de amor romántico totalizador, puede terminar depositando en la pareja toda su identidad y su sentido de pertenencia. El amor se convierte entonces en algo absorbente, en el único grupo de referencia disponible. Las consecuencias, señala el psicólogo, afectan a la salud mental de quienes lo viven.
Ester salió de la relación porque Manu le fue infiel. No fue el control sistemático, ni el aislamiento de sus amigos, ni el daño económico. «Me fui porque me puso los cuernos», dice con una mezcla de ironía y lucidez. Daprá recoge ese tipo de resolución sin sorpresa. Muchas personas permanecen en relaciones que saben que les hacen daño porque la razón por sí sola no basta para romperlas. El vínculo emocional es más antiguo que el razonamiento adulto, y está enraizado en los modelos de apego aprendidos desde la infancia. Aprender a desear lo que uno sabe que le conviene es, concluye Daprá, el verdadero trabajo terapéutico.