La visita de la líder opositora venezolana a Madrid no abrió una crisis diplomática, pero sí dejó al descubierto la incomodidad del Gobierno español ante una figura que no acepta fotos neutras ni equilibrios ambiguos.
No fue un simple desaire. Y reducirlo a un problema de protocolo sería, en el fondo, una manera elegante de no mirar el problema de frente.
La negativa de María Corina Machado a reunirse con Pedro Sánchez durante su paso por Madrid ha irritado al Gobierno español, que por boca de José Manuel Albares la acusó de comportarse como una “líder ideológica” por haberse reunido con la derecha y la extrema derecha y no con el Ejecutivo. La frase no fue casual. Tampoco inocente. Buscaba rebajar a Machado de la categoría de referente democrático venezolano a la de figura de facción.
Pero el fondo del asunto está en otra parte. Machado no rechazó una invitación por capricho ni por mala educación política. Lo hizo porque entendió que una fotografía con Sánchez, en este momento, podía servir más para blanquear la posición del Gobierno español que para reforzar la causa de la oposición venezolana. Ella misma dejó claro que echaba de menos una denuncia pública más firme de la violación de los derechos humanos en Venezuela y una exigencia más clara de liberación de los presos políticos. También consideró un “gran error” la propuesta española en la UE de levantar sanciones a Delcy Rodríguez.
Ahí está la verdadera fractura. No entre España y Venezuela, sino entre dos maneras de leer la tragedia venezolana. Una, la del Gobierno de Sánchez, quiere presentarse como prudente, institucional y útil, recordando que España acogió a Edmundo González Urrutia, a Leopoldo López y que incluso ofreció ayuda a la propia Machado. Otra, la de la líder opositora, sospecha que esa prudencia ha rozado demasiadas veces la tibieza y que, frente a una dictadura, la ambigüedad no siempre es diplomacia: a veces es una forma de aplazamiento moral.
La escena madrileña terminó de complicarse porque la oposición española decidió apropiarse simbólicamente de la visita. Feijóo la recibió para escenificar el apoyo del PP a la oposición venezolana; Ayuso le entregó la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid; y el Ayuntamiento la agasajó también, en una operación política tan previsible como rentable. Machado fue tratada no solo como invitada internacional, sino como emblema útil en la guerra cultural española.
Eso le dio munición al Gobierno. Pero no necesariamente razón. Porque una cosa es que el PP y Ayuso intenten capitalizar a Machado, y otra muy distinta que el Ejecutivo pueda convertir su incomodidad en superioridad moral. Cuando Albares la acusa de venir como “líder ideológica”, parece olvidar que el problema no empezó con las reuniones que sí tuvo, sino con la reunión que no quiso tener. Y eso duele más porque revela una falta de confianza política, no una simple diferencia de agenda.
Ahora bien, tampoco conviene escribir una crónica hagiográfica. El acto de apoyo celebrado en Madrid se vio empañado por cánticos racistas contra Delcy Rodríguez, condenados por distintos sectores y rechazados por la propia Machado. Ese episodio recuerda que las causas justas no quedan ennoblecidas automáticamente por quienes las jalean. Y que la libertad de Venezuela no gana nada cuando la indignación degenera en insulto zoológico.
Al final, lo ocurrido en Madrid deja una conclusión incómoda para todos. El Gobierno español quiso presentarse como garante institucional, pero acabó sonando a agravio personal. La derecha quiso exhibir una medalla moral, pero rozó la instrumentalización. Y María Corina Machado, al evitar Moncloa, logró lo que seguramente buscaba: convertir una visita en mensaje.
No fue un desplante. Fue una señal. Y quizá por eso escoció tanto.