Mientras Barcelona acogía la cumbre de líderes progresistas en defensa de la democracia, la plaza del Duomo de Milán se convirtió en el escaparate político de la extrema derecha europea. Bajo el lema de la “defensa del hogar europeo”, Salvini, Wilders y Bardella agitaron el miedo migratorio y reactivaron la batalla ideológica por el futuro de la Unión Europea.
Europa vivió este sábado una imagen de espejo partido. En Barcelona, Pedro Sánchez, Lula, Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro hablaban de multilateralismo, paz y defensa democrática. En Milán, Matteo Salvini, Geert Wilders y Jordan Bardella levantaban otra bandera: la del repliegue identitario, el miedo migratorio y la Europa fortaleza.
La plaza del Duomo, convertida en escenario político de alta tensión, acogió a miles de simpatizantes de Patriotas por Europa, el tercer bloque más grande del Parlamento Europeo, en una manifestación presentada como una respuesta al “tsunami migratorio” y a la “burocracia de Bruselas”.
El acto, cuidadosamente bautizado como “Sin miedo: en Europa, dueños de nuestro hogar”, fue organizado por Matteo Salvini, líder de la Liga y vicepresidente del Gobierno italiano de Giorgia Meloni, que eligió el corazón simbólico de Milán —frente a la catedral del Duomo— como plataforma de combate cultural y electoral.
“Ese símbolo del cristianismo era el lugar adecuado”, vino a decir Salvini, consciente de que la batalla de la ultraderecha ya no se libra únicamente en las urnas, sino también en los símbolos. La inmigración se convierte así en una narrativa de asedio y la identidad europea en una fortaleza sitiada.
Geert Wilders, líder neerlandés y viejo referente del populismo antiislamista europeo, fue aún más explícito: “Nuestro pueblo, los habitantes originales de Europa, ha sido golpeado por un tsunami de inmigración masiva e ilegal, procedente principalmente de países islámicos”. La frase no era una advertencia: era un programa político.
Jordan Bardella, heredero natural del espacio de Marine Le Pen y favorito en los sondeos presidenciales franceses de 2027, aportó la dimensión estratégica. La extrema derecha no piensa en una protesta puntual, sino en una toma gradual del poder institucional europeo.
Francia, Italia, España y Polonia aparecen ya en su calendario como estaciones decisivas. Marine Le Pen lo había resumido días antes en Budapest: 2027 será un año “absolutamente fundamental”. No se trata de protestar contra Bruselas, sino de ocupar Bruselas desde dentro.
La ausencia más llamativa fue la de Viktor Orbán. El líder húngaro, referente ideológico del bloque conservador y cofundador de Patriotas por Europa, no estuvo presente tras su reciente derrota electoral frente al opositor proeuropeo Peter Magyar. Su caída no debilitó el discurso; al contrario, lo radicalizó.
Salvini le dedicó un mensaje casi litúrgico: “Querido Viktor, defendiste las fronteras y luchaste contra los traficantes. Continuemos juntos esa lucha”. En política, las derrotas también pueden convertirse en mitología.
A pocos metros, otra multitud de tamaño similar se concentraba bajo banderas antifascistas, separada por un amplio dispositivo policial. Milán no fue solo una manifestación: fue una radiografía del continente.
Dos Europas se miraban frente a frente. Una habla de apertura democrática; la otra, de cierre fronterizo. Una defiende instituciones; la otra, identidades. Entre ambas no hay diálogo, sino una disputa por la definición misma de Europa.
Y quizá esa sea la verdadera noticia: ya no se discute quién gobierna Europa, sino qué Europa sobrevivirá.