El ministro de Asuntos Exteriores rechazó en una entrevista televisiva que Rabat pueda aliarse con Washington para presionar sobre Ceuta y Melilla, calificó la hipótesis de «completamente absurda» y subrayó que la relación bilateral se encuentra en «máximos históricos». El pronunciamiento se produce en el contexto del distanciamiento entre Madrid y la administración Trump por la negativa española a facilitar operaciones militares vinculadas a la guerra de Irán.
El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, descartó este martes con contundencia el escenario que algunos medios y analistas han planteado en las últimas semanas: que Marruecos pudiera aprovechar la buena sintonía del reino alauí con Washington y el deterioro de las relaciones entre España y la administración de Donald Trump para solicitar apoyo estadounidense en su histórica reivindicación sobre las ciudades autónomas españolas en el norte de África. En una entrevista en el programa Al Rojo Vivo de La Sexta, Albares fue rotundo: «Estamos aquí realmente en cosas que son completamente absurdas».
La pregunta al ministro llegaba en un momento de máxima tensión diplomática entre Madrid y Washington. El Gobierno de Pedro Sánchez ha vedado el uso de sus bases militares y su espacio aéreo a los aviones estadounidenses vinculados a la Operación Furia Épica, la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán que supera ya el mes de duración. La negativa ha generado fricciones con la administración Trump y ha alimentado la especulación sobre posibles represalias, entre ellas el traslado de las instalaciones militares norteamericanas de suelo español a Marruecos, una posibilidad que el propio senador republicano Lindsey Graham llegó a sugerir públicamente.
La hipótesis que Albares descartó
La tesis circuló con distinta intensidad según los medios: desde versiones moderadas que hablaban de un posible aprovechamiento diplomático marroquí hasta afirmaciones que daban por sentado un entendimiento entre Rabat y Washington a espaldas de Madrid. El punto de partida compartido era la confluencia de dos factores: la calidez de las relaciones entre el reino alauí y la administración Trump, que reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara en 2020, y el enfriamiento entre España y la Casa Blanca derivado del conflicto iraní. La hipótesis, en síntesis, sugería que Marruecos podría utilizar ese margen para presionar sobre una reivindicación territorial que Rabat mantiene formalmente activa desde hace décadas.
Albares disipó esa lectura desde el primer momento de su intervención televisiva. El ministro señaló que su relación con el titular de Exteriores marroquí, Nasser Burita, es «extraordinaria» y que sus encuentros tienen siempre un contenido idéntico: «seguir profundizando» en la amistad bilateral y en una relación «mutuamente beneficiosa». Lejos de percibir señales de tensión o de oportunismo político por parte de Rabat, Albares describió la asociación entre ambos países como un modelo de referencia en la esfera internacional.
Una relación bilateral en máximos
El ministro situó la cooperación España-Marruecos en un plano que va más allá de la retórica diplomática. Mencionó ámbitos concretos en los que la colaboración entre los dos países produce resultados verificables: la «lucha contra las mafias que trafican con seres humanos», la coordinación policial y la cooperación judicial. Estos tres ejes constituyen el núcleo operativo de una relación que, según Albares, se ha traducido en avances tangibles en el control de los flujos migratorios irregulares en el Estrecho de Gibraltar y en las costas del Mediterráneo occidental.
La caracterización que el ministro hizo del vínculo bilateral fue la más enfática que ha empleado en sus declaraciones públicas sobre Marruecos en los últimos meses: «Una amistad como no han tenido España y Marruecos nunca en su historia, que es un ejemplo para muchos países en el mundo en cuanto a relación». La afirmación inscribe la asociación bilateral en el capítulo de los logros diplomáticos de la legislatura, en un momento en que el Gobierno acumula presiones en el frente transatlántico y busca consolidar sus alianzas regionales. Albares añadió que la relación avanza «cada vez hacia mayor sintonía y mayor amistad».
Las bases y el vínculo transatlántico
Sobre el escenario concreto planteado por el senador Graham —el traslado de las bases de Rota y Morón de la Frontera a Marruecos como represalia por la posición española en la guerra de Irán—, Albares fue igualmente tajante. El ministro señaló que «no hay ningún indicio de ningún replanteamiento por parte de ninguno de los dos, ni de España ni de Estados Unidos, de la situación actual de las bases». La formulación descarta tanto una iniciativa unilateral de Washington como cualquier disposición española a negociar el estatus de esas instalaciones como moneda de cambio en la actual crisis diplomática.
Para sostener esa posición, Albares desplegó dos argumentos de naturaleza diferente. El primero es de carácter estratégico: España es un aliado y socio «de primer orden» dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con un despliegue de casi 4.000 militares en misiones de la Alianza. El segundo es económico: España se ha consolidado como un «gran comprador» de gas natural licuado de origen estadounidense, con un «fuerte superávit» favorable a Washington en la balanza comercial bilateral. Ambos argumentos apuntan a que el coste de una ruptura con Madrid excedería ampliamente los beneficios de cualquier represalia.
La entrevista en La Sexta también incluyó un pronunciamiento de Albares sobre el ultimátum lanzado por Donald Trump a Irán, que exigió la reapertura del Estrecho de Ormuz antes de las dos de la madrugada de este miércoles, hora española, bajo amenaza de bombardear infraestructuras del país persa. El ministro evitó calificar directamente esa amenaza como un crimen de guerra, aunque aceptó que atacar instalaciones civiles de manera indiscriminada encajaría en esa definición según el Derecho internacional: «Así lo definen, desde luego», deslizó. Albares expresó su deseo de que «no se cumpla ningún ultimátum» y advirtió de que las consecuencias serían «incalculables» en términos económicos y humanitarios, al tiempo que admitió que las posturas de Teherán y Washington «siguen estando muy alejadas».