Contra Trump la izquierda vive mejor

28 mars 2026 - 08:15

La fórmula que definió el desencanto de la izquierda española en los años ochenta —«contra Franco vivíamos mejor»— circula ahora, con nuevo protagonista, en la política latinoamericana. «Contra Trump vivimos mejor» resume un estado de ánimo que, con distintas intensidades, recorre Colombia, Brasil y México, los tres países más poblados de la región, gobernados por fuerzas progresistas que afrontan —o acaban de afrontar— citas electorales decisivas. El fenómeno no pasa inadvertido en España, donde la confrontación de Pedro Sánchez con Washington por el bombardeo a Irán ha reabierto un debate sobre si esa misma dinámica puede reproducirse a este lado del Atlántico, en un Occidente que empieza a acumular sus propios ejemplos.

Cómo Petro hizo de Trump un activo electoral

El caso más inmediato es el de Colombia, cuyas presidenciales están fijadas para el 31 de mayo. El senador Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y aliado de Gustavo Petro, encabeza los sondeos con ventaja clara. Según la medición del Centro Nacional de Consultoría (CNC) para Cambio, del 22 de marzo, obtiene el 34,5% de la intención de voto; la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, queda segunda con el 22,2% tras su triunfo en la Gran Consulta de centroderecha, y Abelardo de la Espriella tercero con el 15,4%. La aprobación del propio Petro oscila entre el 50,9% que le otorga el CNC y el 37,5% de Atlas-Intel, lo que revela la marcada disparidad entre casas demoscópicas.

En casi todas las conversaciones en Bogotá, el ascenso de Cepeda se atribuye a la habilidad del presidente para transformar la tensión con Washington en argumento electoral. Petro reunió decenas de miles de simpatizantes en la plaza Bolívar, invocando las gestas del libertador, y sus denuncias sobre el genocidio en Gaza, los malos tratos a los colombianos deportados desde Estados Unidos y su condena al bombardeo de Irán generaron un rédito que, según el analista Ricardo Vargas, el equipo de Trump comprendió tarde. «La llegada de los asesores estadounidenses a Bogotá llegó justo cuando se acercaba la plaza, repleta de gente», señaló. La derecha colombiana, a su juicio, no ha articulado aún una réplica eficaz.

Lula se hace con el votante moderado

Brasil afronta sus comicios el 4 de octubre con un escenario favorable para la izquierda. Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, aspira a un cuarto mandato con el Partido de los Trabajadores (PT) y lidera todos los escenarios de primera vuelta según la encuestadora Quaest. El campo opositor llega dividido: Jair Bolsonaro, condenado a más de 27 años de prisión por orquestar un golpe de Estado, no puede presentarse, y su base no ha logrado cohesionarse en torno a un relevo creíble. El gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, es el rival más mencionado, aunque sus cifras fluctúan entre sondeos y la oposición sigue sin candidato capaz de vertebrar una coalición amplia.

El episodio que transformó la imagen de Lula fue su respuesta a las amenazas de Washington en el verano de 2025. Al imponer un arancel punitivo del 50% a las exportaciones brasileñas, argumentando una supuesta persecución judicial contra Bolsonaro, Trump desencadenó un movimiento de rechazo que el presidente supo capitalizar. «No será un gringo el que le dé órdenes a Brasil», declaró. Quaest registró que su popularidad subió del 40% al 43% en pocas semanas, con la mejora concentrada en votantes moderados del sureste, ajenos habitualmente a sus bases petistas. Según Datafolha, su aprobación ronda hoy el 49%, y la narrativa de soberanía y dignidad nacional sigue siendo el principal activo de su campaña hacia octubre.

De Sheinbaum a Carney y Frederiksen

México sentó el precedente que muchos analistas consideran el origen del fenómeno. La presidenta Claudia Sheinbaum, recién elegida cuando la presión de Washington sobre la región se intensificó, adoptó una postura autónoma que consolidó su liderazgo y la proyectó como referencia continental. Los tres casos comparten una misma estructura: dirigentes progresistas que convierten la hostilidad de Trump en combustible político, articulando un discurso de resistencia que trasciende su base natural y conecta con votantes de centro. La eficacia del mecanismo no parece ligada a la ideología sino a un reflejo: cuando una potencia externa percibida como agresiva presiona, la opinión pública tiende a cohesionarse en torno a quien se niega a doblegarse, sea cual sea su tradición política de partida.

El fenómeno, de hecho, ya ha desbordado América Latina. En Canadá, Mark Carney ganó las elecciones impulsado en buena medida por su rechazo frontal a Donald Trump, quien llegó a insinuar que el país podría convertirse en el 51.º estado de la Unión. El contraste con su rival, que adoptó posiciones más conciliadoras con Washington, resultó determinante en el resultado. El pasado 24 de marzo, en el corazón de Europa, la primera ministra danesa Mette Frederiksen ha reforzado su posición electoral en unos comicios donde la pretensión de Trump de hacerse con Groenlandia —territorio autónomo bajo soberanía danesa— actuó como catalizador de una reacción transversal que cruzó las fronteras ideológicas habituales.

 ¿Puede funcionar en España?

En España, la pregunta planea con distinta textura. El Gobierno de Sánchez ha adoptado una postura de censura frente a la guerra de Irán, distanciándose de París y Berlín, más alineados con Washington, y esa posición ha generado ya un debate interno sobre si el rédito antitrumpista puede traducirse en capital electoral doméstico. Eva Ferrer Galcerón, asesora catalana del Ejecutivo colombiano, lo formuló durante una charla en Bogotá, según recoge el diario La Vanguardia: «Cuando Gustavo se posiciona contra Trump, este muestra claramente quién es y la sociedad se aleja de la derecha. Creo que pasa algo parecido en España». Los datos de intención de voto, de momento, apuntan en esa dirección, aunque con una cautela que los casos latinoamericanos no exigen.

La diferencia estructural es, sin embargo, real. En Colombia, Brasil, Canadá o Dinamarca, la amenaza de Trump adopta formas concretas y verificables —aranceles, deportaciones, presiones territoriales— que se traducen con facilidad en términos de soberanía herida y agresión exterior comprensible para cualquier ciudadano. En España, la conexión pasa por la mediación de un conflicto bélico lejano y de una fractura dentro de la Unión Europea cuya lectura no es tan inmediata para el electorado medio. Que el efecto «contra Trump viven mejor» opere también en el país ibérico con la misma eficacia es, de momento, una hipótesis. Pero la acumulación de precedentes —en tres continentes, en sistemas de partidos distintos, con electorados de naturaleza diferente— hace que descartarla resulte cada vez más difícil.

 

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