Las mujeres jóvenes no huyen de la extrema derecha, sino que se acercan a ella a paso más lento que los hombres. Un informe del laboratorio de ideas European Policy Centre analiza las causas de ese desplazamiento en España y Europa: la insatisfacción laboral, el rechazo al feminismo institucional y la capacidad de la ultraderecha para canalizar el malestar de una generación.
Las mujeres jóvenes no se alejan de la ultraderecha, sino que se aproximan a ella con más cautela que sus pares masculinos. Esta es la conclusión central del último informe del investigador especializado en desigualdad, extrema derecha y juventud Javier Carbonell, elaborado para el European Policy Centre (EPC), un laboratorio de ideas con sede en Bruselas. El análisis, basado en datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), de Eurostat y del Estudio de Elecciones Europeas, documenta una tendencia que está erosionando lo que alguna vez fue una división de género pronunciada en los electorados de los partidos de extrema derecha en todo el continente.
El fenómeno no es exclusivamente español. En toda Europa, los partidos de la ultraderecha están captando un porcentaje creciente de votantes jóvenes, y la proporción de mujeres entre ese segmento crece de forma sostenida. Lo específico del momento actual es que ese crecimiento ya no responde únicamente a factores económicos, sino también a un proceso de reposicionamiento cultural en el que el feminismo y los valores de género juegan un papel determinante. Carbonell identifica una «minoría significativa» de mujeres jóvenes que se desplaza hacia estos partidos rechazando el feminismo y adoptando las normas tradicionales de género.
Tres motivos para el giro conservador entre las jóvenes
El informe distingue tres causas principales para explicar este desplazamiento. La primera es el giro social-conservador que abarca a todas las edades y se expresa en una valoración creciente de los roles de género tradicionales entre sectores de la población joven que perciben las políticas de igualdad como impuestas desde arriba. La segunda es la insatisfacción con el mercado laboral, que afecta con especial intensidad a las mujeres jóvenes con empleos precarios o sin perspectivas de promoción, y que la extrema derecha ha sabido capitalizar con un discurso de agravio dirigido a quienes sienten que el sistema no cumple sus promesas.
La tercera causa es la capacidad de la extrema derecha para politizar esa insatisfacción con una narrativa coherente y emocionalmente eficaz. «La extrema derecha ha idealizado un pasado ficticio», señala Carbonell, advirtiendo de que ninguna mujer querría volver a un tiempo en el que no podía votar ni abrir una cuenta bancaria sin autorización de su marido. «Pero la nostalgia es poderosa no porque describa el pasado con precisión, sino porque enfatiza lo que está mal en el presente», añade el investigador, subrayando el mecanismo de seducción política que sustenta ese relato.
La ultraderecha y su estrategia hacia las mujeres
La presencia de mujeres en posiciones visibles de los partidos de extrema derecha forma parte de una estrategia deliberada. Carbonell cita entre las figuras que estos partidos promueven a la primera ministra italiana Giorgia Meloni y a la política alemana Alice Weidel, «líderes que también culpan a las poblaciones migrantes de la violencia contra las mujeres». El investigador subraya que la fórmula exitosa de la ultraderecha combina el ideario de la feminidad tradicional con la libertad y la igualdad, en un arquetipo de mujeres «simultáneamente femeninas, profesionales y aparentemente capaces de compaginar las tareas domésticas con una carrera profesional».
Este modelo también es visible en las actitudes hacia el movimiento feminista. Carbonell explica que en España hay «una crítica al sistema económico, pero esa crítica al sistema político lleva para muchísima gente a considerar que el feminismo es parte del sistema». Considera que la igualdad es aceptada entre las jóvenes, pero que el movimiento está en un ciclo de desmovilización comparable al que atravesó tras la marcha masiva de 2018 y el auge del movimiento #MeToo, cuando la movilización feminista alcanzó su punto máximo de visibilidad en España.
Lo que el feminismo debería revisar, según los expertos
Carbonell no considera que los partidos mayoritarios deban moderar sus compromisos feministas para recuperar a las jóvenes que se desplazan hacia la ultraderecha. Para él sería «no solo un error moral, sino estratégico», porque esos partidos dejarían de movilizar a sus simpatizantes sin atraer a nuevos votantes. La solución, en cambio, pasaría por articular alternativas sociales y económicas concretas que respondan a las necesidades reales de las mujeres jóvenes, sin abandonar los marcos de igualdad que han sustentado las políticas de género durante décadas.
El investigador propone que la agenda feminista «articule alternativas sociales y económicas tangibles» mientras incorpora a los hombres jóvenes como parte de la solución, en lugar de situarlos únicamente como parte del problema. La insatisfacción de las jóvenes con el mercado laboral, la vivienda y las perspectivas de futuro es real y compartida con sus pares masculinos; ignorar esa dimensión en favor de un discurso exclusivamente identitario, advierte el informe, es el terreno más fértil para que la ultraderecha siga ampliando su base electoral entre una generación que aún no ha decidido dónde anclar su voto.