Sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas revelan un perfil del electorado de Vox que desafía los estereotipos: un elector que se declara más optimista que la media pero percibe el presente con mayor angustia, que se cree menos recompensado por la sociedad de lo que este aporta, y que en su intimidad resulta más convencional de lo que su voto sugiere. Retrato sociológico con implicaciones directas para el ciclo electoral que atraviesa España.
El elector de la ultraderecha española lleva años siendo objeto de análisis e interpretaciones, pero rara vez de datos sistemáticos. Los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ofrecen ahora una radiografía detallada del votante de Vox que obliga a revisar algunas lecturas apresuradas. El resultado es un perfil cargado de contradicciones internas: un ciudadano que combina el optimismo declarado con la percepción angustiosa del entorno, la queja estructural con la satisfacción personal, y el discurso identitario con una vida privada que no siempre se corresponde con los valores que proclama en las urnas. Lo que sigue son cinco claves para entender a ese votante.
Con el telón de fondo del ciclo electoral que tiene a Castilla y León como próxima cita, y con Vox consolidado como tercera fuerza en múltiples territorios, comprender la sociología de su electorado no es un ejercicio académico sino una necesidad política de primer orden para el conjunto del sistema de partidos.
- El optimismo como identidad, el pesimismo como percepción
El rasgo más llamativo del votante ultra es la brecha entre cómo se autodefine y cómo percibe la realidad que le rodea. Según los datos del CIS, el 81,1% de los votantes de Vox se describe a sí mismo como «más bien optimista», frente al 76,9% del conjunto del electorado. Son, en términos de autopresentación, los más optimistas del espectro político. Sin embargo, esa imagen contrasta frontalmente con su evaluación del entorno: su percepción del presente es entre 17 puntos más negativa que la del ciudadano medio, y el 73,2% cree que en el futuro se vivirá «peor o mucho peor», frente al 54,6% del total de encuestados.
Esta disociación entre la imagen propia y la lectura del mundo no es un error de medición sino un rasgo estructural del votante ultra. El optimismo funciona como marca identitaria —«yo estoy bien, España está mal»— mientras el pesimismo sobre el entorno actúa como combustible de la movilización electoral. Es, en cierta medida, la gramática emocional de la protesta: el votante se siente personalmente competente y satisfecho, pero convencido de que las instituciones, la sociedad o el Gobierno le han fallado.
- Los miedos que movilizan: inseguridad y ocupación ilegal
Si hay dos palancas que el electorado de Vox identifica de forma masiva como fuente de temor, son la delincuencia y la ocupación ilegal de viviendas. El 73,2% de los votantes de la formación declara sentir miedo o temor relacionado con la delincuencia o la inseguridad, diez puntos por encima de la media general. Pero es el miedo a la ocupación ilegal el que alcanza niveles más extremos: un 84,5% de los electores de Vox lo señala como una de sus principales preocupaciones, frente al 55% del conjunto del electorado, una diferencia de casi treinta puntos que no tiene parangón en ningún otro indicador de la encuesta.
Estos datos explican por qué la agenda de Vox ha pivotado de forma tan consistente sobre la seguridad ciudadana y la propiedad privada. No se trata de construcciones artificiales del relato político sino de miedos reales, arraigados y estadísticamente verificables en su electorado. Lo significativo es que esos miedos conviven con una preocupación casi inexistente por el cambio climático: solo el 3,5% de los votantes ultra lo señala como fuente de temor, frente al 53,2% del total, la mayor divergencia registrada entre este electorado y el conjunto de la ciudadanía.
- Un electorado que se siente infracompensado
Otro rasgo definitorio del votante de Vox es la percepción de que recibe de la sociedad menos de lo que aporta. El 67,3% de los encuestados en este segmento cree haber recibido menos de lo que ha contribuido con sus impuestos y su trabajo, frente al 35,8% del conjunto de los ciudadanos. Esta brecha —de casi treinta puntos— configura un perfil de agravio estructural que trasciende la coyuntura política y apunta a una desafección más profunda con el contrato social vigente.
Esa sensación de infracompensación se combina, paradójicamente, con un elevado sentido de la empatía declarada: el 42,1% de los votantes de Vox afirma que le resulta «completamente» fácil ponerse en el lugar de los demás, cuatro puntos por encima de la media. La paradoja es solo aparente: el votante ultra no se percibe como un individuo sin capacidad empática, sino como alguien que, pese a esa capacidad, siente que el sistema no le devuelve lo que merece. La queja no es emocional sino distributiva.
- El perfil socioeconómico: ingresos medios y formación limitada
Contra la imagen del votante ultra como un ciudadano de renta baja y escasa formación, los datos del CIS ofrecen un cuadro más matizado. En términos de ingresos, el mayor grupo de votantes de Vox se concentra en la franja de entre 1.801 y 2.700 euros mensuales, con un peso ligeramente superior al del conjunto del electorado en las rentas medias. No es, por tanto, un voto de la precariedad extrema, sino de las clases medias que se perciben amenazadas.
En cuanto a la formación, el porcentaje de votantes de Vox sin estudios o con solo educación primaria es más del doble de la media nacional, y la representación de titulados superiores queda claramente por debajo del conjunto del electorado. La formación profesional, en cambio, tiene un peso similar al del resto. Este perfil educativo —que combina la sobrerrepresentación de los menos formados con la presencia notable de clases medias con ingresos intermedios— es coherente con el tipo de agravios que moviliza al electorado ultra: no la pobreza absoluta, sino la sensación de quedar atrás en un sistema que recompensa a otros.
- La paradoja íntima: convencionalismo frente al imaginario ultra
La última clave es quizás la más sorprendente. En un partido cuyo discurso público está marcado por la reivindicación de los valores tradicionales y la familia convencional, los datos sobre preferencias sexuales de su electorado revelan una realidad más compleja. El porcentaje de votantes de Vox que declara practicar sexo anal es once puntos superior a la media del conjunto del electorado y hasta diecisiete puntos más alto que entre los votantes de la izquierda, según los datos del CIS.
Este dato, que el propio diario califica de «apunte íntimo» con margen de error incluido, apunta a una disociación entre el voto como acto de afirmación identitaria y la vida privada como espacio de conducta real. El votante ultra se mostraría, en este sentido, más convencional en su discurso público que en su práctica íntima. Es, en definitiva, un retrato coherente con el resto del perfil: un ciudadano que proyecta hacia el exterior una imagen sólida y definida, pero cuya realidad interior resulta bastante más contradictoria de lo que su papeleta sugiere.