Los archivos del 23-F retratan al rey en la noche más larga de la democracia española

26 février 2026 - 10:55

os documentos desclasificados este miércoles incluyen conversaciones telefónicas del rey Juan Carlos I con los generales golpistas, órdenes directas para sofocar la asonada y croquis manuscritos de los propios conspiradores que lo señalaban como «objetivo a batir y anular». Los papeles revelan también rumores, recogidos por los servicios de inteligencia, sobre supuestos contactos del monarca con los procesados antes del juicio.

Entre los 153 documentos desclasificados este miércoles sobre el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, los que más atención han concitado son los que afectan directamente a la figura del entonces rey Juan Carlos I. Los archivos permiten reconstruir, con mayor precisión que hasta ahora, la actuación del jefe del Estado durante las horas críticas del asalto al Congreso de los Diputados y arrojan luz sobre la relación del monarca con los generales que protagonizaron la asonada. Al mismo tiempo, incluyen documentación de origen incierto —informes de fuentes anónimas, rumores elevados a conocimiento de los servicios de inteligencia— que no puede equipararse a hechos probados, pero que forma parte del registro histórico oficial.

La lectura de conjunto que ofrecen los documentos es la de un rey que aquella noche rechazó con firmeza el golpe y transmitió órdenes explícitas a los mandos sublevados, al tiempo que mantuvo una comunicación activa con los distintos actores militares en un escenario de extrema incertidumbre. Sin embargo, algunos documentos posteriores al golpe recogen, sin confirmarlos, rumores sobre contactos del monarca con los generales procesados antes del juicio, con el propósito declarado de proteger a la institución monárquica.

La conversación tensa con Armada

Uno de los documentos más relevantes es el titulado Relato de los sucesos de los días 23 y 24 de febrero, procedente del archivo del CNI y desclasificado por el Ministerio de Defensa. El texto recoge una conversación «muy tensa» entre el rey y el general Alfonso Armada —segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y uno de los principales cabecillas del golpe— entre las 20:00 y las 21:00 horas del 23 de febrero. Durante ese periodo, el rey recibió también una llamada del entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras. Tras dialogar con ambos, Juan Carlos I pasó el teléfono a su secretario general, Sabino Fernández Campo, quien continuó las gestiones con los mandos militares.

El mismo documento registra que el rey denegó explícitamente que Armada se desplazara al Palacio de la Zarzuela en los minutos posteriores al asalto al Congreso. Este detalle resulta significativo: Armada había intentado presentarse como mediador, y su acceso a la residencia oficial del jefe del Estado habría reforzado la apariencia de que el golpe contaba con el respaldo de la Corona. La negativa del rey eliminó esa posibilidad. También consta que, a las 20:20, el secretario general de la Casa Real llamó directamente a Tejero al Congreso para exigirle que «depusiera su actitud inmediatamente». Tejero respondió que solo obedecía órdenes del general Milans del Bosch.

Las órdenes a Milans y el télex decisivo

La secuencia más conocida del papel del rey durante el 23-F queda también documentada en los archivos desclasificados. Tras su mensaje televisado a la 01:14 horas del 24 de febrero —emitido con uniforme de capitán general de los tres ejércitos y destinado a desautorizar el golpe ante la opinión pública—, Juan Carlos I transmitió al general Jaime Milans del Bosch, jefe de la III Capitanía General con sede en Valencia, su «rotunda decisión» de mantener el orden constitucional. Milans había desplegado tanques en las calles de Valencia y emitido un bando en el que asumía el poder en su demarcación.

En la conversación, el rey fue taxativo: «Juro que ni abdicaré la Corona, ni abandonaré España. Quien se subleve está dispuesto a provocar una nueva guerra civil». Le ordenó también que trasladara a Tejero la instrucción de «deponer inmediatamente su actitud». Milans aseguró que cumpliría, pero advirtió que Tejero «ya no le obedecía». El télex con las órdenes del rey a los capitanes generales salió a las 22:35, hora oficial española, y fue determinante para que los mandos militares que aún dudaban optaran por no secundar el golpe. Catorce minutos después de la emisión del mensaje televisado, Armada abandonó el Congreso. Milans del Bosch ordenó poco después la retirada de los tanques.

Los golpistas lo veían como un obstáculo

Un elemento de los documentos desclasificados ha llamado especialmente la atención por su carácter revelador: un croquis manuscrito, atribuido a los propios golpistas y fechado en octubre de 1980, señala al rey como «objetivo a batir y anular» y especifica que el monarca «no puede ser considerado ni como un símbolo a respetar». La anotación figura en el apartado dedicado a los factores que los conspiradores consideraban adversos para el éxito del golpe. Este documento, de origen y autoría inciertos más allá de su atribución a un militar golpista del 27 de octubre, contradice directamente las teorías que apuntaban a una complicidad previa del rey con los conspiradores.

La desclasificación incluye también un informe del CESID fechado el 5 de febrero de 1982 —casi un año después del golpe— en el que una fuente anónima identificada como «S6» alertaba de rumores que circulaban en «núcleos cualificados de opinión cántabra» y «ambientes castrenses de la capital» sobre supuestas reuniones confidenciales del rey con el general Milans del Bosch antes del juicio. Según esos rumores, recogidos sin que el CESID los verificara, «por encima de todo se pretende que la Corona no salga lesionada del proceso». El propio informante advertía que si los hechos no eran ciertos, la gravedad estaba en que el rumor circulara, y que si eran ciertos, la gravedad residía en la ligereza de quienes lo habían filtrado. Se trata, en cualquier caso, de información no acreditada que los servicios de inteligencia elevaron a «conocimiento superior» por la procedencia de las fuentes, no por su verificación.

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