El presidente estadounidense Donald Trump volvió a elevar el tono frente a Irán al fijar un plazo de “10, 15 días máximo” para determinar si las negociaciones bilaterales desembocarán en un acuerdo. El mensaje, pronunciado ante periodistas a bordo del Air Force One, introduce un nuevo elemento de presión en un diálogo todavía frágil y marcado por una creciente tensión militar en Oriente Medio.
Washington y Teherán retomaron las conversaciones a principios de febrero, por primera vez desde el conflicto de doce días del verano de 2025. Sin embargo, el clima no es el de una normalización progresiva, sino el de una negociación bajo amenaza. Trump dejó entrever que, si no hay avances, “pasarán cosas malas”, una fórmula ambigua que reaviva la hipótesis de acciones militares.
Diplomacia con cronómetro
La administración estadounidense insiste en que el margen de tiempo es corto. El propio presidente sugirió primero un plazo de diez días, ampliándolo luego a un máximo de quince. Paralelamente, la Casa Blanca advirtió que existen “argumentos” para justificar un eventual ataque, mientras el Pentágono refuerza su presencia militar en la región.
Irán, por su parte, mantiene una posición dual: acepta continuar negociando —con mediación de Omán— pero insiste en que el diálogo debe limitarse al programa nuclear y al levantamiento de sanciones. Las autoridades iraníes defienden su derecho al enriquecimiento de uranio con fines civiles y rechazan ampliar la agenda a su programa de misiles o a su influencia regional.
La dimensión regional
El contexto se complica por el papel de Israel, aliado estratégico de Washington y principal crítico de Teherán. El gobierno israelí lanzó advertencias directas en los últimos días, elevando el riesgo de una escalada. Rusia, por su parte, pidió moderación ante lo que considera una tensión sin precedentes.
Mientras tanto, el Organismo Internacional de Energía Atómica trata de restablecer canales de supervisión tras meses de cooperación limitada por parte iraní.
Un equilibrio inestable
La estrategia de Trump combina negociación y presión máxima. El mensaje político es claro: el acuerdo es posible, pero el reloj corre. Para Teherán, aceptar condiciones amplias equivaldría a renunciar a parte de su autonomía estratégica; para Washington, un pacto limitado podría interpretarse como insuficiente tras años de confrontación.
En este escenario, el ultimátum no solo busca acelerar un proceso diplomático, sino también redefinir las reglas del juego. Oriente Medio vuelve a situarse en una línea fina entre diálogo y confrontación.