Starmer vuelve a Pekín mientras Occidente recalcula su relación con China

29 janvier 2026 - 20:58

El primer ministro británico Keir Starmer ha marcado un punto de inflexión en la política exterior de Londres al constatar “avances muy positivos” en su reunión con el presidente chino Xi Jinping, celebrada este jueves en Pekín. No se trata solo de una visita simbólica —la primera de un jefe de Gobierno británico desde 2018— sino de un movimiento estratégico en un contexto internacional cada vez más volátil.

Starmer subrayó progresos concretos en asuntos sensibles como la exención de visados, los aranceles al whisky británico y el acceso de empresas del Reino Unido al mercado chino en sectores como las finanzas, los servicios legales y la sanidad. Downing Street confirmó además que los ciudadanos británicos podrán viajar a China sin visado para estancias inferiores a 30 días.

El encuentro se produjo en el Gran Palacio del Pueblo, escenario cuidadosamente elegido para escenificar un deshielo diplomático tras años de relaciones deterioradas por la ley de seguridad nacional impuesta por Pekín en Hong Kong, las acusaciones de espionaje y las divergencias sobre Ucrania.

Pero el viaje de Starmer no puede leerse en clave estrictamente bilateral. Forma parte de una tendencia más amplia: varios líderes occidentales están reactivando canales con China ante la imprevisibilidad de la política comercial estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump.

Trump empuja, China atrae

Analistas coinciden en que la ofensiva arancelaria de Washington ha acelerado este giro. “Estados Unidos ha dejado de ser un socio comercial fiable”, resume William Alan Reinsch, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. En paralelo, Europa intenta diversificar mercados, como demuestra el reciente acuerdo comercial entre la UE e India o la intensificación de contactos con Vietnam y Mercosur.

Sin embargo, para economías altamente dependientes de las exportaciones —como las europeas— China sigue siendo demasiado grande para ignorarla. De hecho, sigue siendo el tercer socio comercial del Reino Unido, un dato clave para un Gobierno laborista que necesita crecimiento económico.

En Pekín, Starmer habló de construir una relación “más sofisticada”, capaz de combinar cooperación económica y diálogo político incluso en áreas de desacuerdo. Xi Jinping, por su parte, defendió un acercamiento con “visión a largo plazo” en un entorno internacional que calificó de “complejo”.

¿Regreso a la “edad de oro”?

El primer ministro chino Li Qiang fue más explícito: aseguró que China y el Reino Unido pueden “reiniciar su edad de oro”. La expresión no es inocente. Evoca una etapa previa a 2020 que hoy resulta difícil de replicar en su totalidad, pero que sirve como horizonte político.

La visita dejó además anuncios económicos de peso. El gigante farmacéutico británico AstraZeneca confirmó una inversión de 15.000 millones de dólares en China hasta 2030, un gesto que refuerza la lectura pragmática del acercamiento.

Más que una reconciliación plena, el viaje de Starmer simboliza un reajuste del eje occidental: menos dependencia de Washington, más margen de maniobra frente a Pekín. Un equilibrio incómodo, pero cada vez más asumido.

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