Mucho se habla actualmente de las expectativas irreales que generan decepción en los individuos y, por tanto, también se sugiere aprender a moderar los deseos para gestionar mejor las frustraciones a todos los niveles. Esta observación resulta útil en el actual contexto que plantea la política internacional. El realismo, el escepticismo y hasta el pesimismo pueden ser herramientas útiles para protegerse y preservarse de la ingenuidad e inocencia infantiles sobre los líderes políticos, de la ideología que sean, así como del exceso de fe y de esperanza en un mundo mejor que luce incierto y hasta improbable.
La democracia en el ‘patio trasero’ (América Latina) es para Donald Trump y su doctrina, ‘Donroe’, así la ha llamado, un asunto accesorio, secundario, circunstancial, accidental, episódico, anecdótico, prescindible. Por cierto, ‘Donroe’, es un juego de palabras que le hace bien a esa propensión megalómana y jactanciosa, mezcla de su nombre, Donald, con el apellido Monroe, por James Monroe, quinto presidente americano y quien gobernó Estados Unidos entre 1817 y 1825.
Políticos de oposición y medios de comunicación en Estados Unidos han puesto en duda la legalidad de la operación ejecutada por la administración Trump para derrocar y extraer a Nicolás Maduro de Venezuela. Estiman que el presidente Trump violó la ley al no consultar al Congreso.
Además, su aseveración respecto a que la administración republicana se hará cargo de Venezuela es improcedente, imprudente y temeraria dicen en Washington. Previamente, también han dicho que el gobierno Trump viola la ley al no consultar al Congreso y atacar embarcaciones en el Caribe, presuntamente vinculadas al narcotráfico, perpetrando ejecuciones extrajudiciales, y sin rendir cuentas a nadie por las operaciones desplegadas. Transcurridos varios meses de puesta en marcha esta campaña, no pasa nada, el gobierno siente que no tiene límites y que no debe pedir autorización o explicar nada a nadie, porque el fin último justifica los medios empleados para alcanzarlo.
¿A Donald Trump le interesa el rápido retorno de la democracia a Venezuela? Michael Shifter, profesor de la Universidad de Georgetown y ex presidente del think tank Diálogo Interamericano, ha respondido a la inquietud planteada por los periodistas que hacen el podcast de análisis político internacional del Georgetown Americas Institute. No hay muchas señales de que la democracia sea una preocupación para el presidente Trump, indica Shifter.
En el caso de Venezuela, está bastante claro que lo que motivó el ataque militar para capturar a Nicolás Maduro fue el petróleo. Las perspectivas han sido: explotar y desarrollar el sector petrolero, para su propio enriquecimiento, así como por una cuestión de poder y dominación, en Venezuela, en América Latina, y en el hemisferio occidental, también para proteger a su país de lo que él considera la criminalidad proveniente de Venezuela. Estas fueron las motivaciones. La democracia en Venezuela, el Estado de derecho, los derechos humanos, no figuran como intereses o prioridades del mandatario estadounidense, abunda el profesor.
“La manera despectiva en que habló de María Corina Machado, que sí tiene legitimidad democrática, fue muy revelador de su posición, de su mentalidad y de su pensamiento al respecto, entonces no deberíamos esperar que, en los próximos meses, la administración liderada por Trump vaya a avanzar en una transición para reestablecer la democracia en Venezuela. No hay mucho afán ni interés en moverse en esa dirección y eso refleja su política exterior en general. Muchos regímenes en el mundo no tienen democracia y Trump parece que no tiene ningún problema al respecto”, puntualiza Shifter, quien finaliza observando que algunas medidas de la administración, en el frente doméstico, generan preocupaciones y riesgos en relación con la democracia en Estados Unidos.
Por sus razonamientos y acciones está bastante claro que la democracia está lejos de ser una prioridad, interés o motivación para el presidente Donald Trump.
El éxito alcanzado, la madrugada del sábado en Venezuela, ha envalentonado al presidente americano todavía más. Ya no sólo se trata de la dictadura Venezuela o de sugerir que el régimen totalitario de La Habana caerá próximamente. La administración estadounidense ha amenazado a Colombia, a México y ha insistido en el exabrupto de que necesita Groenlandia por cuestiones de seguridad nacional. Copenhague incluso le ha exigido a Washington cesar sus amenazas y advierte que la invasión de Groenlandia supondría la desaparición de la OTAN.
Previamente, como recuerda Dori Toribio, corresponsal española en Washington, quien cubre desde hace más de una década la Casa Blanca, consultada para el podcast del Georgetown Americas Institute, Trump ha reivindicado el Canal de Panamá, deseado que Canadá sea el estado número 51 de Estados Unidos, además de cambiar el nombre del Golfo de México a Golfo de Estados Unidos.
Aunque nada puede sorprender demasiado viniendo de Donald Trump, este desquiciamiento, voracidad e insaciabilidad internacional plantea diferencias entre el Trump I y el Trump II. Hoy encaminándose hacia una era de división global en esferas de influencia, donde Trump se erige como rey del hemisferio occidental y, quizás, como algunos advierten, incluso podría facilitarle las cosas al invasor ruso en Ucrania y a China con Taiwán. Otra inquietud que está sobre la mesa es si el hemisferio occidental sólo es el principio para el mandatario americano, pero debido a su avidez, ambición y codicia buscará expandirse todavía más.