“RECONCILIACIÓN”, MEMORIAS DEL REY EMÉRITO DE ESPAÑA (X)

21 décembre 2025 - 16:05

Hermanos del desierto: la relación especial con las monarquías árabes

 Juan Carlos I dedicó décadas a cultivar relaciones privilegiadas con los monarcas del mundo árabe. Desde Hasán II de Marruecos hasta el jeque Zayed de Abu Dabi, pasando por los reyes de Jordania y Arabia Saudí, construyó una red de «hermandad» que resultó muy útil para España. Esa misma red acabó siendo su refugio cuando tuvo que huir del país y las «donaciones generosas» de 100 millones de dólares se convirtieron en el escándalo que aceleró su caída. El libro justifica todo con argumentos culturalistas que confunden amistad con corrupción, regalo con soborno, diplomacia con enriquecimiento personal.

«En la cultura árabe, el término ‘hermano’ se utiliza a menudo en exceso, pero en mi boca plasmaba una realidad». Así describe Juan Carlos I su relación con los monarcas árabes. Durante décadas, cultivó amistades con reyes, jeques y príncipes de Marruecos, Jordania, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Los llama hermanos. Dice que lo tratan como familia. Y cuando necesitó refugio en 2020, fue precisamente a Abu Dabi donde huyó, protegido por esos mismos «hermanos» con quienes había compartido cuatro décadas de relaciones.

El relato que hace de esas relaciones está diseñado para presentarlas como amistad genuina, basada en respeto mutuo y afinidad personal. Pero cuando se leen con atención, emerge un patrón muy diferente: relaciones que servían intereses económicos muy concretos, que generaron contratos millonarios para empresas españolas, y que acabaron produciendo «regalos» de cientos de millones que Juan Carlos I guardó en cuentas opacas en Suiza.

La Marcha Verde: cuando nació una amistad

El primer contacto importante con el mundo árabe llegó en 1975, durante la crisis del Sáhara Occidental. El rey Hasán II de Marruecos lanzó la Marcha Verde, movilizando a miles de civiles para reclamar el territorio que España administraba desde 1884. Juan Carlos I, recién nombrado sucesor de Franco y con poderes interinos mientras el dictador agonizaba, decidió viajar personalmente a El Aaiún.

«Los ministros intentaron disuadirme, pero sabía que, en caso de peligro, el jefe del Ejército debía estar al lado de sus tropas», escribe. Pilotó el avión él mismo, llegó a la zona de conflicto y dirigió a las tropas: «Vamos a retirarnos del Sáhara, pero en orden y con dignidad. No porque nos hayan vencido, sino porque el Ejército español no puede disparar sobre una multitud de mujeres desarmadas».

Lo que ocurrió después es sintomático de cómo Juan Carlos I entiende la diplomacia con los monarcas árabes: «A mi regreso de El Aaiún, anuncié al Consejo de Ministros que Hasán II iba a llamarme para anunciarme que detenía la Marcha Verde. Yo no lo conocía personalmente, pero había aprendido, durante mis viajes por los países árabes, a comprender su mentalidad. Les encantan los ‘gestos'».

Les encantan los gestos. Es una frase clave para entender toda la relación posterior. Juan Carlos I creía que con los monarcas árabes todo funcionaba mediante gestos simbólicos, demostraciones de valentía, actos de generosidad recíproca. Media hora después de su predicción, Hasán II efectivamente llamó. «Te felicito por haber acudido junto a tus soldados», le dijo. «Luego llegamos a ser amigos íntimos», concluye Juan Carlos I.

La anécdota la usa para demostrar su capacidad para entender «la mentalidad árabe». Pero lo que realmente muestra es que desde el principio, estas relaciones se basaban en intereses muy concretos: Marruecos quería el Sáhara, España quería una retirada sin humillación militar. El «gesto» de Juan Carlos I permitió a ambos conseguir lo que buscaban. Y de paso, estableció un patrón: relaciones personales entre monarcas como canal para resolver problemas que los gobiernos no podían solucionar directamente.

Huséin de Jordania: el hermano que murió

De todas las relaciones con monarcas árabes, la más emotiva que describe es con el rey Huséin de Jordania. «Murió el 23 de julio de 1999. Perdí a un amigo», escribe. «Yo mantenía con él una relación muy familiar. Mis hijos son amigos de sus hijos, y mi mujer tiene una gran complicidad con la reina Noor. En su funeral, toda mi familia viajó a Ammán para asistir a su entierro, lo que aún hoy sigue siendo un acontecimiento excepcional. Y lo dije públicamente: ‘Acaba de morir un hermano'».

Es uno de los pocos momentos del libro donde Juan Carlos I suena genuinamente afectado. Huséin de Jordania era, según todos los testimonios, un hombre íntegro, moderado, que navegó las complejidades de Oriente Medio con dignidad y pragmatismo. Que Juan Carlos I lo considerara amigo es creíble.

Pero esa amistad también tenía una dimensión política muy concreta. En 1985, cuando Felipe González le pidió que informara a sus «amigos árabes» de que España iba a reconocer a Israel, Huséin fue el primero al que llamó. «Muy a regañadientes, se mostró comprensivo, asegurándome que no iniciaría una crisis diplomática». España necesitaba normalizar relaciones con Israel para entrar en la Comunidad Económica Europea, pero no podía permitirse enemistarse con los países árabes de donde venía casi todo su petróleo. Juan Carlos I sirvió de intermediario personal, usando sus contactos para suavizar una decisión que políticamente era inevitable.

La pregunta es: ¿dónde termina la diplomacia legítima y dónde empieza el conflicto de intereses? Porque esas mismas monarquías árabes que Juan Carlos I contactaba en nombre de España eran las que después le hacían «donaciones» de cientos de millones en sus cuentas personales, o en las de sus testaferros.

El jeque Zayed: consejos de un sabio del desierto

Una de las relaciones más significativas —y la que acabaría siendo más relevante para su exilio— fue con el fundador de los Emiratos Árabes Unidos. «A finales de los años sesenta, a petición de Franco, ofrecí un almuerzo en la Zarzuela al fundador de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Zayed Al Nahayan, que llegó en visita oficial. Me causó una honda impresión».

Juan Carlos I lo describe en términos casi místicos: «Tenía una mirada penetrante, como la de un águila; tuve la sensación de que me traspasaba, como si mirara a alguien detrás de mí. Se decía que no sabía leer ni escribir, que había pasado su infancia en el desierto. Hablaba con gran sabiduría».

Zayed le dio consejos sobre el comportamiento adecuado de un jefe de Estado: cómo actuar con prudencia, cómo obtener ayuda de quienes te rodean, cómo saber escuchar, cómo evitar ofender a alguien. «Son este tipo de encuentros los que marcan toda una vida», escribe Juan Carlos I.

Cincuenta años después, cuando necesitó huir de España, fue precisamente a los Emiratos donde se refugió. El hijo de Zayed, el jeque Mohamed bin Zayed, le ofreció protección total. «Esta es tu casa y tienes toda mi protección. Puedes vivir en paz en los Emiratos todo el tiempo que quieras. Eras amigo de mi padre y eres como un hermano para mí».

¿Coincidencia? ¿O el resultado de décadas de relaciones cultivadas precisamente para momentos como ese? Los Emiratos no tienen tratado de extradición con España. Su sistema judicial es opaco. La privacidad financiera está garantizada. Es, literalmente, uno de los mejores lugares del mundo para refugiarse cuando tienes problemas legales en Europa. 

Arabia Saudí: petróleo, trenes y 100 millones

Las relaciones con Arabia Saudí fueron las más complejas y, al final, las más dañinas para Juan Carlos I. Comenzaron durante la crisis del petróleo de los años 70. Franco lo envió a pedir un «envío rápido de petróleo» al rey Faisal. «A diferencia del resto de Europa, España nunca ha tenido problemas de abastecimiento de petróleo y se libró del embargo durante la guerra del Yom Kipur», escribe con orgullo.

Después vino el contrato del tren de alta velocidad (AVE) a La Meca, adjudicado a empresas españolas por 6.700 millones de euros. Juan Carlos I cuenta que fue en un viaje privado a Riad en 2009 cuando vio una carpa de Siemens presentando trenes. Preguntó qué era, se enteró del proyecto, inmediatamente pensó en «posicionar a España». Llamó a Talgo, consiguió documentación, se la envió al ministro de Transportes saudí con una nota personal, y luego cenó con el rey Abdalá para insistir en que Talgo era pionera.

«Un consorcio de doce empresas españolas se puso manos a la obra para responder a esta licitación de más de 6.000 millones de euros. Una bendición para el país, que atravesaba una grave crisis económica». España ganó frente a Francia y Alemania. Juan Carlos I se sintió «el padrino de esta aventura, que había iniciado por casualidad».

Casualidad. Esa palabra reaparece constantemente cuando habla de los negocios con Arabia Saudí. Como si su intervención personal en contratos de miles de millones fuera accidental, no parte de un patrón establecido.

Lo que el libro no menciona es que poco después de ese contrato, el rey Abdalá hizo una «donación» de 100 millones de dólares a Juan Carlos I, depositada en una cuenta en Suiza. Cuando se reveló años después, fue uno de los escándalos que forzaron su exilio.

La cultura del regalo o justificar lo injustificable

Un pasaje problemático es cuando Juan Carlos I intenta justificar los «regalos» millonarios que recibió de las monarquías árabes. Y para ello utiliza un argumento culturalista: en la cultura árabe, los regalos son normales, rechazarlos es ofensivo, las normas occidentales no se aplican.

«Muchas Coronas se benefician de la generosidad de las familias reales árabes, por no hablar de los políticos europeos», escribe. «Incluso un beduino en medio del desierto recibe a un forastero con prodigalidad y comparte su pan con el visitante. Rechazar un regalo se consideraría una ofensa, una declaración pública de hostilidad».

Compara 100 millones de dólares con un beduino compartiendo pan. Es un argumento absurdo. Y continúa: «Nuestras normas occidentales, que recientemente han evolucionado hasta convertirse en códigos estrictos, no pueden compararse con las suyas».

Nuestras normas occidentales. Como si la prohibición de que un jefe de Estado reciba cientos de millones de un monarca extranjero fuera una peculiaridad cultural europea, no un principio básico contra la corrupción. Como si el problema fuera que Occidente no entiende la generosidad árabe, no que Juan Carlos I guardó el dinero en secreto durante años.

El ejemplo que da es todavía más elocuente: en 2011, el jeque Mohamed bin Zayed regaló dos Ferraris a Juan Carlos I y a Felipe VI. «Patrimonio Nacional se opuso y los sacó a la venta, prácticamente nuevos». Juan Carlos I describe esto como una afrenta: «El príncipe heredero emiratí vivió esa operación como una afrenta, pues no entendía que un Estado pudiera revender un regalo personal. Era una forma de rechazar su obsequio y, por tanto, su amistad».

La lógica es perversa: si un Estado democrático tiene normas que prohíben a sus representantes aceptar regalos millonarios, cumplir esas normas es una ofensa a quien intenta dar el regalo. Es exactamente la misma lógica que usan los corruptos en todas partes: «es la cultura», «así se hacen las cosas aquí», «rechazarlo sería un insulto».

El doble rasero: lo que es inaceptable en Europa

Lo más hipócrita del argumento culturalista es el doble rasero. Juan Carlos I exige que se respeten «las particularidades» de la cultura árabe cuando le benefician, pero no aplicó el mismo criterio en sentido inverso. ¿Alguna vez pensó que para un ciudadano español, saber que su rey tiene 100 millones en Suiza sin declarar es una ofensa? ¿Que para la democracia española, un monarca que recibe «regalos» millonarios de gobiernos extranjeros es inaceptable?

«Yo tenía una carta oficial del Ministerio de Finanzas saudí que indicaba claramente la procedencia de esa donación», escribe, como si tener documentación oficial hiciera legítimo recibir 100 millones. «Puedo asegurar que se realizó sin contraprestación alguna, en nombre de una amistad de cuarenta años, de la solidaridad entre realezas, de la prodigalidad desinteresada que caracteriza a los dirigentes árabes».

Sin contraprestación. Pero España acababa de conseguir el contrato del AVE a La Meca. Juan Carlos I había pasado décadas facilitando negocios españoles en Arabia Saudí. ¿Cómo puede afirmar que no hubo contraprestación?

«Admito que cien millones de dólares son una suma considerable. Es un regalo que no podía rechazar. Un grave error». Grave error. Esas son las únicas dos palabras de autocrítica real en todo el pasaje. Y luego justifica por qué aceptó el dinero: para atender las necesidades de su esposa, sus hijas, sus nietos excluidos de la Familia Real, su jubilación. Como si un rey que vivió 40 años en palacios mantenidos por el Estado necesitara 100 millones para su jubilación.

Amistad o intereses: una distinción que se difumina

Juan Carlos I insiste en que sus relaciones con las monarquías árabes eran genuinas, basadas en amistad y respeto mutuo. «Desarrollamos una relación muy estrecha, alejada del protocolo, una relación privilegiada que otros reyes europeos no mantienen con ellos», escribe. «Siempre les he tratado de igual a igual, cosa que otros probablemente no hacen. He respetado sus diferencias y sus valores, muy alejados de nuestras normas europeas».

Es posible que haya algo de verdad en esto. Quizá Juan Carlos I genuinamente se sentía cómodo en ese mundo de monarquías absolutas, donde los reyes se tratan como familia, donde la diplomacia se hace mediante gestos personales, donde los regalos millonarios se consideran normales.

Pero el problema es que esa comodidad personal se confundía constantemente con los intereses de España. Cuando Juan Carlos I llamaba a Huséin de Jordania para pedirle que no protestara por el reconocimiento de Israel, ¿hablaba como amigo o como rey de España? Cuando cenaba con el rey Abdalá para promover Talgo, ¿era amistad o diplomacia comercial? Cuando aceptaba 100 millones de dólares, ¿era un regalo entre hermanos o algo que en cualquier democracia se llamaría soborno?

La respuesta es que las tres cosas se mezclaban. Y precisamente por eso es tan problemático. Porque Juan Carlos I nunca supo —o nunca quiso— distinguir entre lo personal y lo institucional, entre la amistad privada y la representación pública, entre un regalo diplomático y un enriquecimiento personal.

El resultado salta a la vista: cuando necesitó huir de España por escándalos de corrupción, fue a refugiarse precisamente con esos «hermanos» del desierto. Y desde Abu Dabi, protegido por una monarquía absoluta rica en petróleo, escribe un libro donde justifica todo como diferencias culturales.

Es la prueba final de que esas relaciones nunca fueron solo amistad. Fueron, desde el principio, una red de intereses mutuos donde la línea entre diplomacia y corrupción se difuminó hasta desaparecer. Y donde Juan Carlos I, al final, acabó siendo el principal beneficiario y la principal víctima de su propia estrategia.

 

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