¿Por qué Italia es más pobre hoy que hace 25 años? Un reportaje publicado por el periodista Alberto De Filippis, este sábado, da cuenta de cómo su país, Italia, paso de ser una potencia industrial que, en los años 90, superaba a Francia y a Reino Unido, a convertirse en ‘el enfermo de Europa’. De Filippis permite comparar y entender, tanto a los locales como a los extranjeros, cómo se llegó a tal nivel de decadencia.
Si bien las crisis se han sentido con más fuerza en el siglo XXI, en realidad estas han estado preparándose en procesos de cocción lenta y prolongada, exceden cuestiones coyunturales y, más bien, develan que en Italia se hicieron las cosas bastante mal en las últimas décadas del siglo XX. El país vivió en “una burbuja perfecta, una ilusión colectiva de prosperidad”. “Italia sigue sirviendo pasta pero ya no cocina su propio futuro, son otros los que deciden el menú”. Las conclusiones en el análisis de De Filippis son demoledoras, pero certeras y muy pertinentes: “Italia no tiene las herramientas culturales para defenderse”.
Italia vivió décadas enteras en una burbuja económica e inflada, con devaluaciones sucesivas, tuvo a un magnate de la televisión gobernando durante años y hoy es un país que está tan endeudado que potencias extranjeras se lo están repartiendo, comienza diciendo De Filippis. El colapso económico todavía no termina, pero para entender lo que sucede hoy hay que volver a las décadas precedentes, a las décadas de 1980 y 1990, agrega el periodista.
De Filippis vuelve a ese punto del pasado para contar que Italia era, en esa época, “la fábrica barata de Europa, la China del siglo XX”. Italia sobrevivía porque cada vez que su economía experimentaba crisis, el Banco Central devaluaba la lira, la moneda nacional y este era el mecanismo de corto plazo que les permitía salir a flote y evitar el naufragio. La devaluación resolvía la coyuntura porque los productos italianos se abarataban en los mercados internacionales y las exportaciones se disparaban, tal y como reflejan las estadísticas de la década de 1980.
El periodista observa que “en 1980, por un marco, la moneda de Alemania, te daban 450 liras, 15 años después, en 1995, ese mismo marco valía 1300 liras. Una devaluación de casi 200 % de la moneda italiana, en década y media. Esta era una adicción pura por la impresión de dinero”. Era un momento en el que Italia inundaba el mundo de productos de bajo costo, no de marcas de lujo: exportaba ropa, muebles, automóviles, juguetes de plástico. “El famoso made in italy de esa época no era lujo era producción en masa a precio de ganga. Los italianos no ganaban fortunas pero vivían bien”.
“Un trabajador promedio ganaba el equivalente a 800 USD al mes, pero con eso se compraba su Fiat (coche), se iba de vacaciones a la costa, comía bien todos los días y hasta le sobraba para el vino, porque dentro de Italia también todo era barato gracias a la lira débil. Era una burbuja perfecta, una ilusión colectiva de prosperidad. Los datos lo confirman: Italia alcanzó un PIB per cápita de 20.123 USD en 1992, superando a Reino Unido que tenía un PIB per cápita de 19.360 USD. Los italianos llegaron a ser más ricos que los británicos, pero aquí viene el golpe más duro: todo ese modelo dependía de seguir devaluando eternamente, era vivir con todas las tarjetas de crédito al límite y cuando no pudieron seguir haciéndolo el castillo de naipes se vino abajo”, explica De Filippis.
Adicionalmente, en el mismo periodo, emerge en la escena italiana un personaje que sería determinante, poderoso e influyente para el futuro del país y de la Italia moderna: Silvio Berlusconi. “Este tipo pasó de cantar en cruceros a convertirse en el amo absoluto de un país”. La sentencia no resulta exagerada cuando, seguidamente, el periodista contextualiza y documenta como fue que Berlusconi llegó a controlar los medios de comunicación, el dinero y el poder político del país. Lo hizo con tal habilidad y sagacidad que posiblemente nadie fue consciente en su día de sus alcances y ambiciones desmedidas.
En la década de 1970, la televisión en Italia era monopolio total del Estado. Sólo existían los canales de la RAI, la corporación pública, y estaba prohibido por ley crear cadenas privadas nacionales. “Berlusconi encontró el resquicio legal perfecto: primero, construyó una urbanización de 4.000 viviendas en Milán, con conexión de cable incluida, luego creó televisiones locales de barrio, algo que la ley permitía. Lo que no permitía eran cadenas nacionales. Berlusconi hizo algo brillante o perverso, según como se mire, compró todas las televisiones locales que iban apareciendo en cada región italiana y las unificó bajo un mismo logo (Canal 5), técnicamente seguían siendo canales locales, pero emitían exactamente el mismo contenido al mismo tiempo. Era una cadena nacional disfrazada, un truco legal magistral. La estrategia fue demoledora: fichó a los presentadores estrellas de la televisión pública, compró los derechos de las series americanas más exitosas, trajo el anime japonés. Entre 1.980 y 1.981, Canal 5 multiplicó su facturación por seis, pasando de 13.000 millones de liras a 75.000 millones en un solo año. Para 1987, Berlusconi tenía el 48% de la audiencia en Italia. La mitad del país estaba pegada a los canales de Berlusconi”.
El magnate televisivo usó los medios para construir visibilidad, reputación y poder económico. Pero construir su imperio en tiempo récord costó mucho dinero y este era dinero prestado. Para 1994, el holding familiar fundado por Berlusconi, Fininvest, era la segunda empresa más endeudada de toda Italia. “Lo que pasó después no lo vio venir nadie. Berlusconi cedió la gestión de sus empresas y se metió de lleno en la política, porque cuando tienes ese nivel de deudas la mejor manera de protegerte es controlar también el gobierno”, observa De Filippis.
“Ese año, 1994, fue el año perfecto para Berlusconi porque la Democracia Cristiana, el partido que había dominado la vida política durante todo el periodo de la Guerra Fría, se desintegró por escándalos de corrupción monumentales. La derecha italiana no tenía líder y Berlusconi creó su propio partido político. El nombre: Forza Italia. Ese es exactamente el grito que usan los italianos para animar a su selección de fútbol. Un partido sin ideología clara, puro marketing emocional y le funcionó. Ese mismo año, Berlusconi ganó las elecciones y controlaba la televisión más vista del país. Los otros partidos estaban destruyéndose entre ellos”.
Berlusconi encarna en la historia de Italia a un magnate de los medios que llegó al poder y lo usó para proteger sus intereses. Pudo y supo aprovechar el momento, “era un vendedor nato”, y logró la combinación perfecta para él: gobernaba Italia, controlaba la televisión pública como primer ministro, y como empresario era dueño de las principales cadenas privadas de televisión. The Economist indicó en 2001 que Berlusconi controlaba el 91% de la cuota de pantalla televisiva italiana. Hecho que en cualquier país democrático sería un escándalo de vastas proporciones: “un solo tipo controlando prácticamente toda la información que ve la población y presidiendo el gobierno representa una obscena concentración de poder. Con ese poder absoluto, Berlusconi convirtió el Parlamento en su oficina personal, otorgó amnistías fiscales que beneficiaban sus deudas y avanzó en regulaciones financieras hechas a medida. Durante años, Italia fue básicamente una democracia con un solo dueño”.
De potencia industrial a territorio de conquista extranjera
En 2002, Italia entró a la comunidad del euro y abandonó la lira, su moneda nacional. Este es un hecho que muchos italianos resienten todavía hoy, por el impacto que han soportado y por cómo ha redundado negativamente ese cambio, de la política económica, en su bienestar y calidad de vida. Si bien la medida ha tenido un efecto que ha sido adverso para muchos, el análisis de De Filippis permite inferir que esa transición económica ha obligado al Estado italiano a modernizarse en alguna medida, a organizarse y a regularizarse más, un poco más, para dejar de ser esa suerte de feudo o para ir superando su condición feudal. “Ya no pueden hacer su truco favorito que era devaluar cada vez que la economía se complica. El euro lo controla el Banco Central Europeo no Roma”, dice el periodista.
Por otra parte, Italia tiene un Estado gigantesco que hay que mantener: más de tres millones de funcionarios públicos están entre los mejor pagados de Europa. Los ingresos fiscales han ido cayendo, mientras que los gastos públicos no solo se han mantenido, sino que han ido creciendo. Italia tiene hoy una deuda pública enorme, de más de 135% de su PIB y es el cuarto país más endeudado del mundo en términos relativos. Esto no es sostenible. Y, por si fuera poco, la burocracia italiana es lenta y disfuncional. Explica De Filippis que para resolver un conflicto comercial, los tribunales italianos se tardan en promedio más de tres años, mientras que en Francia se toman dos meses y medio para resolverlo. “Es una diferencia que mata cualquier intento de hacer negocios eficientemente”.
Otros eventos han afectado el presente y el futuro de Italia. Cuando Italia adoptó el euro como moneda, China entró en la Organización Mundial del Comercio e Italia recibió un golpe demoledor. “Resulta que los chinos hacen exactamente lo mismo que hacían los italianos: producir cosas baratas, en cantidades industriales, sólo que los chinos lo hacen todavía más barato porque los salarios son infinitamente menores o lo eran. Los números son brutales: Fiat vendía 1.300.000 autos en Europa, en 1990, y hoy apenas llega a 700.000 y no es sólo Fiat, es toda la industria italiana de bajo valor la que se desploma”.
Lo siguiente, aunque previsible, no deja de ser preocupante para los italianos: “cuando estás tan endeudado alguien más empieza a ser dueño de tus activos”, agrega De Filippis al explicar que China compró puertos estratégicos de Italia e hizo inversiones tomando el control de empresas italianas claves, además de inversiones en sectores tecnológicos. La inversión China directa creció 300% entre 2010 y 2019, pero no sólo China entró a Italia, también lo hizo Rusia, especialmente antes de iniciar la guerra con su invasión a Ucrania.
De hecho, el gobierno del Movimiento 5 estrellas mantuvo una vergonzosa afinidad hacia Moscú: “Matteo Salvini era tan pro Putin que daba pena ajena y, todavía, sigue haciéndolo”, recuerda De Filippis. Los acuerdos energéticos celebrados con Moscú dejaron a Italia totalmente dependiente del gas ruso. Y ello también tiene impacto en temas políticos. En 2018, Italia fue el único país del G7 que votó contra las sanciones a Rusia. En 2022, cuando empezó la guerra en Ucrania, el mismo Berlusconi defendió públicamente a Putin diciendo que eran muy buenos amigos, subraya el periodista.
¿Por qué los italianos permitieron todo esto?
La conclusión de De Filippis es demoledora pero certera y pertinente. “Italia no tiene las herramientas culturales para defenderse”. El periodismo italiano, dice, es débil comparado con otros países europeos. “La mayoría de los periodistas necesitan licencias estatales para trabajar, hay colegios profesionales obligatorios, los medios están mayormente controlados por políticos o empresarios con intereses muy concretos. El nivel de investigación periodística es bajo, es medieval, pero hay algo peor: Italia es un país que envejece sin freno. La edad promedio es 47 años, una de las más altas del mundo, no de Europa, del mundo. Solo el 13.8% de la población tiene menos de 15 años. La tasa de natalidad es 1.2 hijos por mujer, una de la más bajas del planeta”.
¿Qué significa esto? “Que la mayoría de los italianos consume medios tradicionales especialmente televisión. Son personas mayores que crecieron con Berlusconi y que no manejan redes sociales y que votan con miedo al cambio. Esa es la trampa perfecta: población vieja consumiendo medios controlados, periodismo sin dientes y burocracia medieval que ahoga la innovación. Italia no tiene anticuerpos para defenderse de la manipulación”, analiza el periodista.
Los italianos vivieron durante décadas en una burbuja sostenida por devaluaciones sucesivas, le vendieron barato al mundo mientras su gente vivía de prestado, tuvieron a un magnate de la televisión que concentró tanto poder y tan obscenamente que gobernó el país como si fuera su empresa privada. La cultura se hizo espectáculo sin sustancia y los italianos han terminado endeudados hasta el cuello mientras que algunas potencias extranjeras se reparten sus puertos, sus empresas y sus recursos estratégicos. Tienen un periodismo débil, una población envejecida y una burocracia diseñada en otra época. Es un país viejo mirando al pasado, todavía hacia 1.992 cuando fueron más más ricos que los franceses, pero la realidad es que hoy son 18% más pobres que hace 25 años. Pueden salir del hoyo, tal vez, pero necesitan cambios que por ahora no se ven venir. Italia sigue sirviendo pasta pero ya no cocina su propio futuro, son otros los que deciden el menú, concluye De Filippis.