El club de la realeza: amistades y rivalidades en las cortes europeas
Juan Carlos I describe sus relaciones con las monarquías europeas como una gran familia unida por lazos centenarios. Propuso crear un «club de reyes» formal para ayuda mutua. Pero detrás de la cordialidad aristocrática se esconden tensiones diplomáticas, como su ausencia en la boda del príncipe Carlos y Lady Di por Gibraltar. El funeral de Isabel II en 2022 le sirvió para reflexionar sobre el futuro precario de las monarquías: «¿Continuarán existiendo a lo largo del siglo XXI?».
«Lilibeth era una prima y una amiga a la que veía regularmente desde mi infancia. Su muerte deja un gran vacío en mi vida». Así describe Juan Carlos I el fallecimiento de Isabel II en septiembre de 2022. La llamaba Lilibeth, el apodo familiar de la reina británica. Hablaban por teléfono, se veían en Londres cuando él viajaba en privado. Eran primos —ambos descendientes de la reina Victoria— y amigos. Pero también eran dos monarcas que representaban modelos muy diferentes de monarquía constitucional.
El funeral de Isabel II fue uno de los últimos grandes acontecimientos a los que asistió Juan Carlos I. Viajó desde Abu Dabi para estar presente en Westminster Abbey. Lo que vio allí lo impresionó profundamente: «¡Mira qué unida está la Familia Real británica!», le dijo a su hijo Felipe VI. «También ellos tienen su parte de escándalos y problemas, muy mediatizados, pero pese a todo saben proyectar una imagen de unidad, dignidad y serenidad».
Es una observación significativa. Juan Carlos I miraba a los Windsor y veía lo que él no había logrado: mantener la unidad familiar pública pese a los escándalos privados. Isabel II reinó 70 años, atravesó crisis matrimoniales de tres de sus cuatro hijos, sobrevivió al escándalo de Diana Spencer, a las acusaciones contra el príncipe Andrés. Pero murió como reina, en su país, rodeada de su familia. Juan Carlos I, en cambio, abdicó tras 39 años y vive exiliado en Abu Dabi.

Una familia que gobierna media Europa
Juan Carlos I dedica páginas enteras a explicar los vínculos genealógicos que lo unen con las casas reales europeas. Todos, dice, descienden de la reina Victoria. «Mi abuela, a la que yo estaba tan apegado, la reina Victoria Eugenia, casada con Alfonso XIII, era su nieta. Se educó junto a ella en el castillo de Balmoral, en Escocia, el mismo lugar donde murió la reina Isabel».
Por parte de Sofía, los lazos son igualmente fuertes. «Su abuela paterna, Sofía de Prusia, y su bisabuelo materno, Guillermo II de Alemania, también eran nietos de la reina Victoria. El príncipe Felipe, duque de Edimburgo, marido de Lilibeth, era primo del padre de Sofi, el rey Pablo de Grecia. Nuestros destinos están entrelazados por todas partes».
Es una red de parentesco sorprendente. Prácticamente todas las monarquías europeas están emparentadas entre sí a través de la reina Victoria. Se casan entre primos, se ven en bodas y funerales, pasan vacaciones juntos. El propio Juan Carlos I recuerda vacaciones en Mallorca con el príncipe Carlos y Lady Di, cenas con Rainiero y Grace de Mónaco, encuentros con las casas reales de Dinamarca, Suecia, Noruega, Bélgica, Países Bajos.
«Al fin y al cabo, somos una gran familia, unida por alianzas centenarias, y mantenemos estrechas relaciones de amistad», escribe. «Descendemos de un linaje de reyes y reinas, y también somos camaradas que nos vemos en bodas, cumpleaños, funerales y vacaciones».
Pero esta gran familia aristocrática europea tiene un problema: cada vez es menos relevante políticamente. Y cada vez más vulnerable a los escándalos.

El club que nunca existió
Una de las revelaciones más curiosas del libro es que Juan Carlos I propuso formalizar esta red de apoyo mutuo. «Yo le había propuesto al gran duque Juan de Luxemburgo que formalizáramos un ‘club de reyes’, para reunirnos en privado con regularidad», escribe. «Se mostró entusiasmado y me propuso hablar con los demás para hacerlo realidad».
La idea era simple: las monarquías europeas enfrentan los mismos dilemas, los mismos cuestionamientos. ¿Por qué no crear un foro formal donde pudieran compartir problemas y soluciones? Juan Carlos I explica la justificación: «Esta relación de cooperación es transfronteriza, porque existe un sentimiento de precariedad y fragilidad: si una monarquía europea cae, podría arrastrar a otras con ella. Así que todos debemos permanecer unidos».
El club nunca se formalizó. «Me temo que ese ‘club de reyes’ nunca vio la luz de manera formal, pero existe de facto», admite. Ya existen reuniones anuales de jefes de casas reales europeas, no hacía falta crear otra organización. Pero la frase revela algo importante: Juan Carlos I era consciente de la fragilidad de la institución monárquica. Sabía que las monarquías europeas sobreviven no por derecho divino, sino por consenso ciudadano. Y ese consenso es cada vez más difícil de mantener.
Gibraltar: cuando la diplomacia rompe la familia
El relato más extenso sobre sus relaciones con la realeza británica gira en torno a un conflicto que dice mucho sobre los límites de la amistad aristocrática. En 1981, Juan Carlos I fue invitado a la boda del siglo: el príncipe Carlos con Lady Diana Spencer. Isabel II los alojaría en uno de sus castillos. Toda la familia estaba invitada. Pero semanas antes de la boda, la Casa Real británica anunció que la luna de miel comenzaría en Gibraltar.
Para España, Gibraltar es un asunto espinoso. Territorio británico desde 1713, reclamado por España, con frontera cerrada durante décadas. Juan Carlos I llamó a Isabel II para proponer una solución: que recibiera a los príncipes de Gales en Algeciras, ciudad española frente a Gibraltar, antes de que hicieran escala técnica en el peñón. «El hecho de que un rey recibiera a una pareja de herederos me pareció un gesto lo suficientemente importante como para llegar a un compromiso».
La respuesta de Isabel II fue tajante: «Juanito, no puedo cambiar la ruta de mi yate». Cuando insistió, añadió inflexible: «No puedo en absoluto, no depende solamente de mí». Juan Carlos I decidió no asistir a la boda. «Me dio pena tener que renunciar a ello, pero, antes que primo, era jefe de Estado».
Es un relato que revela la verdadera naturaleza de estas relaciones. La amistad existe, sí. Pero está subordinada a la razón de Estado. Isabel II no movió su yate un metro por su primo español. Y Juan Carlos I tuvo que tragarse la humillación de no asistir a la boda del siglo por una cuestión de soberanía territorial.
El libro cuenta que volvió a ocurrir en 2012: no pudo asistir al jubileo de diamante de Isabel II porque el príncipe Eduardo había visitado Gibraltar y había tensiones con patrulleras británicas. «Lo hice a regañadientes, pero no tenía elección. El Gobierno siempre tiene la última palabra».
Lady Di: la princesa que no le gustaba
El retrato que Juan Carlos I hace de Lady Diana es particularmente sorprendente. «Con Lady Di la relación fue menos armoniosa», escribe. Cuenta que cuando llegaba al yate Fortuna para vacaciones en Mallorca, Diana «corría a cambiarse en uno de los camarotes para aparecer en bañador ante los fotógrafos. Su imagen era su única preocupación. No hablaba mucho».
El rey emérito intentó hacerla hablar durante un paseo en coche: «Intenté hacerla hablar, le pregunté qué le parecía Palma de Mallorca, la comida española y la navegación. Apenas respondió». Concluye que quizá «estuviera atravesando dificultades personales». La descripción resume bien la actitud de Juan Carlos I hacia alguien que no encajaba en los códigos aristocráticos: Diana no jugaba el juego, no fingía que todo estaba bien, no mantenía la compostura en privado. Por eso le parecía «fría, taciturna y distante, salvo en presencia de los paparazzi».
Es curioso que acuse a Diana de obsesión por la imagen cuando él mismo dedicó décadas a cultivar una imagen pública que ocultaba su doble vida. Pero en el universo moral de Juan Carlos I, Diana cometió el pecado imperdonable: hacer visibles sus problemas privados, romper la fachada.

Carlos III: ¿el último rey británico?
Sobre Carlos III, ahora rey del Reino Unido, Juan Carlos I es amable pero no puede evitar una puñalada generacional: «No dudo que Carlos será un buen rey. ¡Pero ha heredado la Corona a los setenta y tres años, cuando la edad de jubilación es a los sesenta y cinco!». Es una observación pertinente: Carlos esperó más de 70 años para reinar. ¿Tendrá tiempo de consolidar la monarquía británica?
Juan Carlos I lo describe como alguien con «ingenio agudo y vivaz, marcado por ese humor tan británico; sus intereses y su actitud siempre elegante». Recuerda vacaciones juntos en Mallorca. «Desde entonces hemos mantenido una sincera amistad». Pero no puede evitar mencionar que cuando él abdicó a los 76 años, Carlos aún esperaba.
Sobre Felipe de Edimburgo, el duque consorte, es más ambivalente. «Con su marido, Felipe, me mantenía en alerta porque podía tener un sentido del humor tan provocador que a veces me hacía sentir incómodo». Lo describe como alguien con «personalidad propia» que «nunca se andaba con rodeos». Cuenta que en una cena de bodas en 1966, cuando los camareros pidieron autógrafos, todos los royals firmaron con dedicatorias amables. Felipe de Edimburgo puso la huella de su pulgar. «Él era así, original, inesperado. A veces metía la pata, lo que nos hacía reír».
La pregunta que nadie quiere responder
Hacia el final del capítulo, Juan Carlos I plantea la cuestión que obsesiona a todas las monarquías europeas: «Me interrogo sobre la longevidad de nuestras monarquías europeas. ¿Continuarán existiendo a lo largo del siglo XXI? No soy el único que se hace esta pregunta».
Es una pregunta pertinente viniendo de un rey exiliado. Las monarquías sobreviven mientras cumplen una función: representar la unidad nacional, encarnar la estabilidad, mantener la continuidad institucional. Pero cuando un monarca se convierte en fuente de división, de escándalo, de inestabilidad, pierde su razón de ser.
Juan Carlos I cree que la Corona es necesaria porque «se eleva por encima de las reyertas de los partidos políticos, y al trascender a las divisiones internas, constituye una entidad de estabilidad y permanencia, un símbolo que encarna la identidad de una nación». Pero esa es precisamente la función que él traicionó. Durante décadas, la Corona española no estuvo por encima de los intereses personales del rey. Estuvo al servicio de sus cacerías, sus amantes, sus cuentas en Suiza, sus 100 millones del rey saudí.
El funeral de Isabel II le sirvió para reflexionar sobre lo que podría haber sido. Una monarquía que sobrevive a los escándalos porque proyecta unidad, dignidad, continuidad. Algo que él nunca logró. Y ahora, desde Abu Dabi, mira a las monarquías europeas y se pregunta cuánto tiempo más sobrevivirán.
Es una pregunta legítima. Pero la respuesta depende de si aprenden de sus errores o los repiten. Si las monarquías europeas quieren sobrevivir en el siglo XXI, tendrán que hacer exactamente lo contrario de lo que hizo Juan Carlos I: anteponer la institución a los privilegios personales, respetar las normas que exigen a los demás, mantener la dignidad que proclaman representar.
El club de los reyes existe, sí. Pero es un club cada vez más pequeño, más frágil, más cuestionado. Y si desaparece, será porque sus miembros —como Juan Carlos I— olvidaron que las monarquías constitucionales no son un derecho, sino un privilegio que hay que ganarse cada día. Con trabajo, dignidad y servicio público. Tres cosas que, por cierto, Juan Carlos I menciona mucho en su libro.