La noche del domingo circularon las imágenes y las palabras del presidente chileno, Gabriel Boric, político de izquierda, felicitando al vencedor de los comicios en segunda vuelta, José Antonio Kast, un político de extrema derecha. Todo ocurrió en perfecta normalidad y cordialidad. Se celebraron la tradición y las formas republicanas, se acordó la disposición para la entrega de mando en orden y con la máxima responsabilidad y mutua colaboración entre quienes se van y aquellos que llegan.
Kast agradeció a Boric y le dijo que espera oír su voz, su experiencia como presidente y mantener el diálogo una vez que haya dejado el poder. Este lunes continuaron los actos protocolarios en La Moneda, una señal inequívoca de que las formas, en una democracia representativa, desde luego, importan. Este lunes, en horas de la tarde, el gobierno chileno se ha visto forzado a enviar una nota de protesta al gobierno colombiano. El gobierno Boric protesta por la inaceptable intromisión e injerencia del presidente de Colombia, Gustavo Petro, en los asuntos internos de Chile.
Las diatribas expresadas en redes sociales por el presidente de Colombia, Gustavo Petro, al conocer el triunfo en segunda vuelta de José Antonio Kast en Chile, develan, una vez más, la verdadera cara de la izquierda populista en América Latina. La democracia sirve a la izquierda populista si son ellos, sus exponentes, quienes se imponen. De lo contrario, la injerencia en asuntos internos de otros Estados, cuando el proceso es legítimo y los resultados confiables, no tarda en llegar. Viene cargada de insultos, descalificaciones y, naturalmente, el no reconocimiento de la legítima voluntad popular expresada en las urnas.
En las últimas horas, Petro se ha permitido llamar nazi a un presidente electo con amplia mayoría, en un proceso que ha sido ejemplar y cuya legitimidad no está en discusión. ¡Es la democracia, estúpido! [‘the economy, stupid’, parafraseando la célebre frase de la era Clinton]. Todo ello contrasta con las afecciones del presidente colombiano. La expresión vale para tanto para sus afectos y debilidades como para sus enfermedades. El gobierno Petro no ha sido capaz de llamar dictador a Nicolás Maduro, tras el descarado fraude de 2024. Ha negado la represión y las tácticas de terrorismo de Estado que aplica la dictadura de Caracas desde hace años. Pero sí ha mascullado, entre dientes, su rabia por el Nobel de Paz otorgado a María Corina Machado y, acto seguido, se ha volcado hacia el régimen chavista e incluso considera darle asilo al dictador si se ve forzado a dejar el poder.
Petro se ha convertido ya en el máximo exponente del repugnante maridaje entre ignorancia y fanatismo ideológico y a este le añade su estilo con pretendidas habilidades de poeta e intelectual. Cada una de las acciones ridículas del presidente colombiano solo es superada por un nuevo acto o declaración suya.
Su impúdica exhibición lo hace peor que muchos otros de sus homólogos, quienes por lo menos son más mesurados en su discurso público internacional y no tienen absurdas pretensiones de liderazgo global porque son conscientes del lugar que ocupan y de las posibilidades que tienen. En cambio, el delirio y la megalomanía de Petro son sus peores armas y una vergüenza para los colombianos. Petro, legitimador serial de la combinación de todas las formas de lucha, no termina de entender qué es la democracia y en qué consiste.
El problema con las palabras de Petro es que estas no son pronunciadas o escritas por cualquier individuo ebrio y bajo el efecto de sustancias psicotrópicas en alguna verbena de pueblo. Cuando Petro habla lo hace como jefe de Estado y presidente de la república de Colombia, no sólo hace el ridículo él mismo, está humillando a la nación, a la república, sus formas, reglas e instituciones, pisotea la dignidad del cargo que ocupa y la representación que ejerce. Esto en cuanto a las formas.
En lo que respecta al fondo, al contenido de sus palabras, evidencia que para él como para los otros populistas que son como él, la democracia solo tiene un valor instrumental: para ellos es buena, es válida, es valiosa cuando llegan al poder, pero la aborrecen cuando otro signo o ideología los desplaza en esa denostable práctica, para ellos, que es la alternancia en el poder. Ahí no hay pueblo y voluntad popular que valgan. Porque en Chile es el pueblo quien ha votado en un proceso transparente, cuidadoso y respetuoso de las reglas de juego democrático.
De momento, las victorias alcanzadas por la derecha, derechas con graduaciones diversas, permitirá que 11 gobiernos de este signo gestionen los asuntos de 11 países en América Latina durante 2026. El triunfo de la derecha en Chile, este domingo, constituye la tercera victoria de la derecha en América Latina en 2025 y ya genera grandes expectativas de cara a 2026. La elección presidencial en Colombia será clave.
Pensando un poco con el deseo, quizá dentro de unos meses sea Petro quien deba admitir, con ira e intenso dolor probablemente, primero, entregar el poder y, segundo, hacer el traspaso de mando a un político de signo contrario. Entonces, desde su retiro, quizá el expresidente tenga tiempo de ‘la autocrítica’ y logre reflexionar, por una vez en silencio, sobre el castigo ciudadano de las Américas, a los gobernantes de turno. ¿Por qué el pueblo les ha dado la espalda?, ¿Por qué la derecha ha ganado terreno nuevamente en América Latina?, ¿Qué fue eso que hicieron mal o tan mal aquellos izquierdistas que, como él, se erigieron con promesas de cambio?
Colombia todavía no es Venezuela. Si Chile se ha decantado por las consignas de seguridad y orden, no es imposible que Colombia trate de restablecer “libertad y orden”, como enuncia su escudo, y sume también la cuestión de la seguridad, severamente afectada y desestimada durante la gestión Petro.
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