Senilidad y voracidad de poder

15 décembre 2025 - 17:57

 

George Bush tenía 54 años cuando asumió la presidencia de Estados Unidos. Barack Obama tenía 47 años cuando llegó a la Casa Blanca. Donald Trump, de 79 años, es la persona de más edad que ha sido elegida para ocupar la presidencia estadounidense. El líder republicano suele anticiparse a cualquier crítica sobre su edad, exaltando su vitalidad y comparándose con el expresidente Joe Biden, quien dejó la presidencia a los 82 años y a quien Trump ha ridiculizado llamándolo ‘Sleepy Joe’ (‘Joe, el dormilón’) en diferentes ocasiones.

En ambos casos, los de Trump y Biden, sus respectivos equipos han hecho todo lo posible para ocultar la senilidad de sus jefes y los estragos de la edad. Han sabido gestionar hábilmente las apariciones en público, a modo de estrategia de contención. Sin embargo, algunas realidades de la ancianidad saltan a la vista. Trump divaga en sus discursos e incluso ha narrado historias cargadas de falsedades. Además, en su vuelta al poder en 2025, aparece menos, tiene menos actos públicos, viaja menos dentro del país, aunque sí se ha desplazado bastante más al extranjero en comparación con el primer año de su primer mandato.

El presidente Donald Trump ha resentido el informe del Times publicado semanas atrás (“Trump se enfrenta a la realidad de envejecer en el cargo”), pero este no es menos cierto porque no sea de su agrado. Ahora, cuando avanza diciembre, Frank Bruni, profesor de periodismo y política pública en la Universidad de Duke, analiza en el mismo diario la disminución de la aprobación presidencial y, también, el vigor del presidente de Estados Unidos. A medida que disminuye su energía, sube la atención pública sobre el mandatario.

“¿Las desconcertantes incongruencias de Trump, su sintaxis irregular y sus fantásticas tergiversaciones de los hechos son una versión totalmente desatada y envalentonada de quien ha sido siempre, o se está desdibujando su concentración? ¿Qué pasa con sus tobillos hinchados y la decoloración, en parte disimulada por el maquillaje, del dorso de una de sus manos? ¿Y cómo resolver el misterio de la resonancia magnética a la que se sometió en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed en octubre?”, pregunta el profesor de Duke, en consonancia con el informe previo del Times, sin que haya habido, hasta ahora, respuesta clara del equipo de Trump, tan solo vaguedades de sus funcionarios en las que aseguran que todo está bien y que a diferencia del anterior gobierno ellos sí son transparentes sobre el estado de salud del presidente.

El jefe de la Casa Blanca ha reiterado en diferentes ocasiones sentirse en perfecta forma, pero su estado de ancianidad se hace cada vez más evidente, tal y como sucedió con su antecesor, el demócrata Joe Biden. La situación no deja de ser paradójica habida cuenta de las burlas y mofas que dedicó Trump al expresidente Biden, por esa condición, cuando este último apenas le lleva cuatro años.

“¿Qué tan agotado debe estar un narcisista furioso como para dormitar durante los homenajes a su propia grandeza?”, se pregunta el profesor Frank Bruni. Bruni recuerda que en una reunión reciente el presidente Trump durmió una siesta y la escena evoca episodios acaecidos con el expresidente demócrata Joe Biden a quien Trump ha ridiculizado llamándolo ‘Sleepy Joe’ (‘Joe, el dormilón’) en diferentes ocasiones.

El paralelismo entre ambos solo tiene lugar, para el analista, en los signos de agotamiento propios de la edad, no en aspectos del carácter o la personalidad. “No estoy sugiriendo alguna equivalencia o algo cercano a una equivalencia en sus caracteres. Biden tenía buenas intenciones, consideraba que gobernar era un asunto serio e irradiaba decencia. Trump quiere ser temido o adorado, considera que gobernar es un espectáculo y se deleita con la crueldad y la burla, que son muestras de su poder”, afirma.

El académico de la Universidad de Duke observa que a la vez que disminuye la vitalidad del presidente y, en consecuencia, aumenta la atención pública sobre este asunto, Trump también está fracasando en disipar la ansiedad de los votantes respecto a la economía.

“La crítica a Biden durante la segunda mitad de su mandato fue que no comprendía plenamente lo estresados que estaban financieramente muchos estadounidenses y que se aferraba a una insistencia insensible en que las condiciones eran mejores de lo que la gente percibía. Trump, en el primer año de su actual mandato, ha alcanzado una indiferencia con la que Biden solo podía soñar”, agrega Bruni, y señala que Trump ahora minimiza la cuestión de la “asequibilidad” que criticaba vivamente cuando Biden gobernaba.

De hecho, el presidente Trump, tan habituado a la exageración, le dijo a Laura Ingraham de Fox News, semanas atrás, que “tenemos la mejor economía que hemos tenido nunca”. Biden también desestimó las percepciones de los ciudadanos y las encuestas, a la vez que mostró, al inicio de su mandato, tanto una gran ambición legislativa, como una avalancha de órdenes ejecutivas. El ímpetu presidencial fue cediendo paso al agotamiento y a los rasgos propios de la senilidad.

La secretaria de prensa de la Casa Blanca dirigida por Trump, Karoline Leavitt, niega la fatiga presidencial. Para Leavitt, Trump “escuchaba atentamente” en lugar de dormitar furtivamente, precisa Bruni, quien ironiza si acaso “la xenofobia es ahora un sustituto de la energía”.

“Biden tenía 82 años al final de su presidencia. Trump tiene ahora 79, e innegablemente se mueve con más fluidez, habla más alto y se mezcla con los periodistas con más frecuencia que su predecesor. Pero abundan los indicios de que está perdiendo ritmo”, tal y como indicó el informe de The New York Times semanas atrás. Puntualiza Bruni, mientras avanza diciembre, que “los estadounidenses están, una vez más, en una especie de vigilancia del estado físico presidencial, analizando las señales de moretones, manchas y desatinos”.

La ancianidad o la senilidad, sus signos y huellas, son el curso natural de la vida. Por mucho empeño que se ponga en disimularlos se hacen inocultables en cierto punto. Ese es el destino inevitable de cada individuo. El problema surge cuando se hace imposible gestionar y, principalmente, aceptar dicha realidad por la voracidad de poder y la pretensión de omnipotencia al saberse un líder poderoso que, no obstante, no es Dios.

 

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