“RECONCILIACIÓN”, MEMORIAS DEL REY EMÉRITO DE ESPAÑA (V)

14 décembre 2025 - 05:39

23-F: el día que el rey ‘salvó’ la democracia (¿o la monarquía?)

 

El relato de Juan Carlos I en sus memorias sobre el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 está lleno de heroísmo personal y dramatismo. Pero también de silencios inexplicados, contradicciones inquietantes y preguntas que él mismo admite no poder responder. ¿Defendió la democracia española o salvó su propia Corona? Las horas perdidas entre las 18:23 y la 1:15, la traición de su amigo íntimo el general Armada, y su obsesiva referencia a la democracia como «mi obra» dibujan un cuadro más complejo que no encaja en la imagen del “rey salvador”.

 El 23 de febrero de 1981 es la fecha legendaria de la monarquía española contemporánea. El día en que Juan Carlos I, según la narrativa oficial, salvó la democracia con un discurso televisado de 90 segundos. Las imágenes del teniente coronel Tejero irrumpiendo en el Congreso con un tricornio y una pistola quedaron grabadas en la memoria colectiva. Y también la imagen del rey en uniforme militar, mirando a cámara, ordenando a las Fuerzas Armadas defender la Constitución. Pero el relato que Juan Carlos I hace en sus memorias, cuatro décadas después, no cierra todas las preguntas. Al contrario, abre nuevas.

«Sigo teniendo preguntas y dudas sobre la forma en que se desarrollaron los acontecimientos y el papel que asumieron algunos», admite el rey emérito. Es una confesión sorprendente. Si él, que estaba en el centro de los acontecimientos, tiene dudas, ¿qué queda para los historiadores? Lo que presenta como su momento de gloria —»algunos militares intentaron utilizar las armas para mofarse de la joven democracia española, mi obra, y yo no podía tolerarlo»— también revela fisuras, contradicciones y, sobre todo, un silencio de casi siete horas que nunca ha sido satisfactoriamente explicado.

Siete horas de silencio: el vacío inexplicado 

A las 18:23 horas del 23 de febrero, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados. Juan Carlos I está en La Zarzuela, acaba de jugar al squash con su amigo Miguel Arias. Lo primero que hace es llamar a los capitanes generales. Habla con unos, envía télex a otros. A las 22:30, según su propio relato, ya tiene intención de dirigirse al país. Pero su mensaje no se emite hasta la 1:15 de la madrugada. Casi siete horas de espera.

¿Qué pasó en ese tiempo? Juan Carlos I ofrece una explicación vaga: «pasaron varias horas incomprensibles entre el momento en que tenía intención de dirigirme al país, hacia las 22:30, y el momento en que mi mensaje se emitió realmente, a la 1:15». Incomprensibles. La palabra lo dice todo. Y añade, como si fuera una disculpa menor: «Lo sé, se me ha criticado mucho por no haber hablado antes por televisión».

Criticado mucho, sí. Porque en esas horas, España entera estaba paralizada. Los diputados secuestrados en el hemiciclo no sabían si iban a morir. Los tanques de Milans del Bosch patrullaban Valencia. Los militares indecisos esperaban una señal del rey para saber de qué lado ponerse. «De los once capitanes generales, calculo que la mitad apoyaba la rebelión, pero no se atrevían a desobedecer», reconoce Juan Carlos I. La mitad. Eso significa que cinco de los once máximos jefes militares estaban con los golpistas.

En La Zarzuela también había miedo. El rey describe la escena con Sofía: «¡Son los tanques que vienen a por nosotros!», se preocupó su mujer al oír ruido de motores a la mañana siguiente. Falsa alarma, era el tráfico. Pero el pánico era real. «Habrían podido ordenar al Ejército que tomara la Zarzuela o dejarme sin comunicación con el exterior», admite. No era un rey seguro de su victoria, era un hombre acorralado que no sabía cómo iba a terminar la noche.

Entonces, ¿por qué tardó tanto en hablar? La versión oficial es que RTVE estaba rodeada por militares, que hubo que negociar, que enviaron dos equipos de grabación por rutas separadas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que cada hora de silencio fue interpretada por algunos militares como consentimiento tácito. El propio Juan Carlos I lo reconoce: «Sigo convencido de que mi silencio habría sido tomado como consentimiento». Pues casi lo fue.

Armada: la traición del amigo íntimo 

El episodio más turbio del 23-F, y el que Juan Carlos I aborda con más incomodidad, es el papel del general Alfonso Armada. Durante más de veinte años, Armada fue su hombre de confianza. Su secretario, su amigo íntimo, casi un hermano. Y resultó ser uno de los conspiradores.

Semanas antes del golpe, Juan Carlos I cena con Armada en Baqueira. Quiere «calibrar el estado de ánimo de las tropas». Armada le dice que todo está tranquilo. «No dijo ni una palabra sobre la comida a la que había acudido unas semanas antes con un dirigente socialista, Enrique Múgica», lamenta el rey. No sabía que Armada estaba negociando un Gobierno de unidad nacional con él mismo como presidente. Un Gobierno que surgiría del golpe.

La noche del 23-F, Armada llama insistentemente a Juan Carlos I. Quiere ir a La Zarzuela. «Si insistía tanto en estar a mi lado, era para comprometerme y, sin duda, para hacer creer que yo apoyaba el golpe», deduce el rey. Le dice que no venga. Pero Armada va al Congreso de todos modos. Habla con Tejero más de una hora. Presenta su plan de Gobierno de salvación nacional.

Al día siguiente, cuando los diputados son liberados, Adolfo Suárez abraza efusivamente a Juan Carlos I. Está convencido de que Armada les ha salvado la vida. «¡Nos ha salvado la vida! ¡Hay que condecorarlo!», exclama. El rey le responde con frialdad: «No, Adolfo, tenías razón. Armada es un traidor».

Es una confesión devastadora. «No fue fácil aceptar la traición de un amigo íntimo de quien me fiaba ciegamente. ¿Había sido demasiado confiado? Nada me había hecho dudar de él hasta aquel fatal día». Veinte años de amistad, veinte años al servicio del rey, y Juan Carlos I no vio venir nada. ¿Cómo es posible? ¿O sí vio algo pero prefirió no actuar?

Las preguntas se multiplican. ¿Por qué Juan Carlos I insistió en el ascenso militar de Armada contra la opinión de Suárez? ¿Qué conversaciones tuvieron realmente en Baqueira? «Nunca sabré lo que hablaron en aquella reunión, de la que me enteré más tarde», dice sobre el encuentro de Armada con el socialista Múgica. Pero ¿no debería haberlo sabido? ¿No era su deber vigilar a su propio jefe de seguridad?

¿Democracia o Corona? El dilema del rey 

Hay una frase en el relato de Juan Carlos I que lo dice todo: «algunos militares intentaron utilizar las armas para mofarse de la joven democracia española, mi obra». Mi obra. No «nuestra democracia», no «la democracia de los españoles». Mi obra. Es un lapsus freudiano que revela cómo el rey entiende la Transición: como su proyecto personal, su logro, su propiedad.

Y si la democracia era «su obra», ¿qué defendía realmente la noche del 23-F? ¿La Constitución o su legado? La pregunta no es caprichosa. El propio Juan Carlos I la plantea a su hijo Felipe, de trece años, a quien hace asistir a toda la crisis: «Papá, ¿qué pasa?», pregunta el niño. «He lanzado una pelota al aire. La Corona está en el aire. ¡No sé de qué lado va a caer!». La Corona está en el aire. No la democracia, no la Constitución. La Corona.

Es comprensible que Juan Carlos I temiera por su trono. Si el golpe triunfaba y él no lo apoyaba, los militares podrían haberle depuesto. Si el golpe fracasaba y él había dudado, la democracia podría haberle hecho responsable. Estaba en una posición imposible. Pero esa imposibilidad es precisamente lo que cuestiona la narrativa heroica. No era un rey valiente defendiendo principios democráticos abstractos. Era un monarca luchando por su supervivencia política.

La escena del 28 de febrero, tres días después del golpe, es reveladora. Juan Carlos I debe presidir una ceremonia militar en Zaragoza. Acuden quinientos militares, incluido el hijo de Tejero. «Me temblaban las piernas. Me quedé petrificado ante aquella multitud de gorras dubitativas». No es el héroe seguro de sí mismo, es un hombre aterrorizado ante un Ejército que no sabe si le es leal.

Los héroes olvidados del 23-F

Si hay algo que el relato de Juan Carlos I minimiza sistemáticamente es el papel de otros actores que fueron decisivos aquella noche. El capitán general de Madrid, Guillermo Quintana Lacaci, detuvo la división acorazada Brunete cuando ya se dirigía a ocupar la capital. Sin él, los tanques habrían tomado Madrid. Tres años después, ETA le asesinó. Juan Carlos I apenas le dedica un párrafo.

El coronel Eduardo González-Gallarza bloqueó la base aérea de Valencia para impedir que los tanques de Milans del Bosch tuvieran apoyo aéreo. «Vamos a emplazar nuestros aviones en la entrada de la base para impedir que entren los tanques», le dijo al rey. Otro héroe anónimo.

El general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, se enfrentó físicamente a los guardias civiles armados en el Congreso. A sus 65 años, sin arma, intentó detener el golpe con su propio cuerpo. Juan Carlos I lo menciona de pasada.

Y Anna Balletbò, la diputada socialista que estaba embarazada y logró llamar por teléfono a La Zarzuela desde el Congreso secuestrado. Fue su conversación la que dio a Juan Carlos I información detallada de lo que pasaba dentro. «Hay llamadas que no se olvidan», reconoce el rey. Pero su nombre es apenas una nota al pie en la historia oficial del 23-F.

Todos ellos arriesgaron más que Juan Carlos I. El rey estaba en La Zarzuela, haciendo llamadas telefónicas. Ellos estaban en el Congreso con ametralladoras apuntándoles, o en bases militares rodeadas de tanques, o dando órdenes que podían costarles un consejo de guerra. Sin embargo, la narrativa oficial ha convertido el 23-F en la noche del rey.

Las preguntas sin respuesta

Cuarenta y cuatro años después del 23-F, quedan demasiadas preguntas sin responder. Juan Carlos I dice que no tiene nada que ocultar, que ofrece «su versión, con toda sinceridad, con mi memoria como única limitación». Pero esa memoria es selectiva. Admite dudas, reconoce zonas grises, confiesa que no sabe qué hablaron Armada y otros conspiradores. «Nunca sabré lo que hablaron en aquella reunión», dice. ¿Nunca? ¿Nunca preguntó? ¿Nunca investigó?

Lo que sí sabemos es que el 23-F no fue un golpe improvisado por un teniente coronel excéntrico. Fue una conspiración compleja con ramificaciones en la cúpula militar, complicidades políticas y, tal vez, ambigüedades en el propio entorno del rey. Armada no actuó solo. Milans del Bosch no sacó los tanques por capricho. La mitad de los capitanes generales «apoyaban la rebelión». Hubo al menos tres golpes superpuestos esa noche: el de Tejero, el de Milans del Bosch, el de Armada.

Juan Carlos I actuó finalmente del lado de la Constitución. Eso es innegable. Su mensaje televisado fue decisivo para que los militares indecisos no se sumaran al golpe. Evitó, probablemente, un baño de sangre. Pero entre «evitó lo peor» y «salvó heroicamente la democracia» hay un abismo. La diferencia es importante porque define cómo entendemos ese momento histórico.

¿Fue el 23-F el día en que Juan Carlos I salvó la democracia? ¿O fue el día en que la democracia española, frágil y recién nacida, sobrevivió a pesar de todas las conspiraciones, incluidas las que anidaban muy cerca del trono? La respuesta no está en el relato épico que el rey hace de sí mismo. Está en las siete horas de silencio, en la traición del amigo íntimo que no vio venir, en los héroes olvidados, en las preguntas que él mismo admite no poder contestar.

«La Corona está en el aire», le dijo a su hijo aquella noche. Cayó del lado de la Constitución. Pero no porque Juan Carlos I fuera un héroe democrático. Sino porque no tenía otra opción.

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