El presidente Donald Trump, quien había negado en 2018 la utilización del término ‘países de mierda’ para hablar de la procedencia de ciertos inmigrantes, en su edición 2025, no sólo llegó recargado, sino que viene sin filtros: “¿Por qué solo aceptamos gente de países de mierda?”. ¿Exacerbar la retórica xenófoba y antiinmigración rendirá frutos para distraer lo suficiente a los estadounidenses frente a los desaciertos económicos de sus políticas?
Observadores de la política estadounidense sugieren que la Casa Blanca está exacerbando su retórica sobre la cuestión migratoria para desviar la atención y la preocupación general de los estadounidenses por el impacto económico que están teniendo muchas de las medidas de la administración.
Este miércoles, durante un mitin en el estado de Pensilvania, el presidente estadounidense se ha desviado del tema central, su política económica, para abundar en su razonamiento sobre la inmigración. “Tuvimos una reunión y dije: ‘¿Por qué solo aceptamos gente de países de mierda? ¿Por qué no podemos aceptar gente de Noruega o Suecia?’”. “Pero siempre aceptamos gente de Somalia”. “Lugares que son un desastre. Sucios, asquerosos, repugnantes, plagados de delincuencia”.
Los comentarios presidenciales agregan fondo a la designación de ‘basura’ que hizo últimamente sobre los inmigrantes somalíes. Una expresión, por cierto, que deshumaniza al receptor y que implica ya no solo el asco del emisor sino su imperiosa necesidad de limpiar la suciedad, aquel rastro excremental, la inmundicia de los residuos, deshechos, despojos, desperdicios. Pero, con las implicaciones y significados que todo esto encierra, hay fervientes entusiastas que defienden el ‘estilo directo’ del mandatario, como Randy Fine, legislador republicano de Florida: “No todas las culturas son iguales ni todos los países son iguales”. Para Fine, todo está bien, “el presidente habla en un lenguaje que los estadounidenses entienden; es directo”, ha dicho a CNN.
Aunque el discurso de la extrema derecha no es nuevo y sus posiciones en contra de la inmigración tampoco, sí es cierto que este experimenta una vasta amplificación con el presidente Trump y sus funcionarios. Adicionalmente, el trumpismo, empezando por el presidente, parece sentirse más libre de expresar sus juicios de valor, a viva voz, tras el 28 de noviembre, luego de que un ciudadano afgano atacara a dos soldados de la Guardia Nacional en Washington. Para los demócratas las recientes declaraciones de Trump constituyen “una prueba más de su agenda racista y antiinmigración”.
La administración estadounidense actualmente desarrolla una campaña de deportación generalizada, ha suspendido los procesos de solicitud de residencia y ciudadanía de inmigrantes de 19 países y espera ampliar la lista a 32 o 33 países, según han dicho fuentes del gobierno a los medios estadounidenses. Además, planea imponer nuevas condiciones a los visitantes procedentes de 42 países con exención de visas.
Las palabras recientes del jefe de la Casa Blanca merecen comentarios. Y es que Trump deja de lado que no se tiene la opción de elegir dónde se nace. Más allá de esa procedencia fortuita y accidental que implica nacer en el ‘tercer mundo’, algunos procuran desafiar la denominación de origen que se carga como una suerte de estigma. (¡Si supieran lo humillante que es como colombiana que Colombia sea un país reconocido en el mundo por un narcotraficante, por un alcaloide adictivo y tóxico y ahora por un presidente delirante que hace y dice estupideces!).
Miles de inmigrantes se han integrado exitosamente a sus países de acogida, rechazan y han renunciado a muchos de esos aspectos culturales, religiosos y sociológicos que pesan negativamente sobre sus países de origen, ya no sólo porque son inaceptables en el siglo XXI, sino porque son inviables para la convivencia. Por desgracia, ciertos elementos perviven y se han convertido en definiciones generalizadas, fáciles y simplistas, para descalificar a un inmigrante por su procedencia.
Es posible que muchos inmigrantes, desde su individualidad, traten de ser ciudadanos constitucionales en el sentido cabal del término, crean vivamente en los principios y valores occidentales, defiendan y promuevan las libertades en todos los ámbitos, lo cual les permite estar en consonancia con los valores de la Constitución estadounidense y alineados con la nación americana. Incluso sí hoy se pretende, desde el discurso y la política oficial estadounidense, que el gobierno y la nación o el país son lo mismo, con un fin claramente instrumental que consiste en cerrar la puerta a la inmigración que no desea recibir, esa versión y lectura no se corresponde con la realidad.
Es perfectamente posible amar y admirar a Estados Unidos, muchos de los aspectos de su gente, cultura, principios y valores, y es aceptable y razonable disentir o criticar al gobierno del signo que sea. Esta es una acción normal, corriente y cotidiana en los países libres y democráticos. No hacerlo sería rendirse, aceptar la imposición y la pretensión desde el poder, renunciar a la capacidad de pensar y dudar, así como a expresarse sin temor a la coacción, a la censura o a la expulsión. Una renuncia que por otra parte significaría reinsertarse a las formas de vida que imponen las autocracias, esas de las que muchos ciudadanos de ese tercer mundo tan despreciado han huido para salvar sus vidas y vivir en libertad.
Renunciar al valor y al principio fundamental de la libre expresión (pensar, dudar, opinar, cuestionar, preguntar, criticar) no es negociable. El señalamiento de enemigo a quien emite una opinión crítica hacia alguna medida o política del gobierno de turno devela, ya sin edulcorante, el carácter autoritario del régimen, cualquiera que este sea en cualquier país del mundo.
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